Una característica esencial de la comunicación verbal es la posibilidad del hablante o del escritor de proyectar sobre el texto una actitud o una finalidad: un propósito. Dicha actitud determina el mensaje y su utilidad, dependiendo de las distintas alternativas funcionales. Distinguiremos, pues, cuándo el emisor pretende informar, cuándo ordenar o cuándo expresar sentimientos. Tal distinción será posible, porque en el texto aparecerán rasgos lingüísticos que actúan como indicadores o huellas de las funciones del lenguaje.
1. Las principales funciones del lenguaje
Entender el lenguaje desde el punto de vista de la intención comunicativa implica no plantearse cómo es éste sino para qué sirve. De entre las múltiples posibilidades de uso que el lenguaje ofrece (pensar, expresar pensamientos, mentir...) los lingüistas se han afanado en aislar las funciones básicas para reducirlas a un esquema elemental.
En este contexto, se entiende por función del lenguaje la que determina en el mensaje la intención comunicativa del hablante. El esquema básico designa tres funciones primordiales que se corresponden con los principales elementos de la comunicación:
- Función referencial (o representativa): se advierte cuando el mensaje transmite información objetiva sin traslucir los sentimientos del emisor. Ejemplo: El sol se pondrá hoy a las siete y media. En el texto, la función referencial suele estar caracterizada por determinados rasgos: uso en las oraciones de la entonación enunciativa, predominio de las formas verbales del modo indicativo, ausencia de elementos ornamentales o emotivos que entorpezcan la información, etc.
- Función expresiva (o emotiva): actúa cuando el mensaje indica los sentimientos, las emociones y las experiencias del emisor. Los rasgos lingüísticos que manifiestan esta función en el texto pueden ser de distinta índole:
~ Uso de entonaciones exclamativas o interrogativas que sirven para expresar emociones (alegría, duda...). Ejemplo: ¡Qué suerte!, ¿Debo aceptar?
~ Uso de diminutivos con valor afectivo. Ejemplo: Esta noche me quedo en casita.
~ Uso de pronombres de interés. Ejemplo: El niño no me come.
- Función apelativa (o conativa): actúa cuando el emisor emplea el mensaje para provocar una reacción en el receptor. Ejemplo: ¡Camarero, un café!, ¡Sal de ahí!
Los rasgos que en los textos muestran esta función son, nuevamente, los enunciados exclamativos. Pero el indicador característico es el empleo de las formas verbales del modo imperativo (¡Cállate!, ¡Esperad, por favor!).
Debe entenderse que una función del lenguaje no actúa en el texto excluyendo a las otras. Por su carácter básico, funcionan simultáneamente, y sólo podrá determinarse el predominio de una sobre las otras en una determinada parte del discurso. Resulta fácil suponer que en una conversación, por ejemplo, un hablante exponga los hechos de un suceso (función referencial); a continuación, exprese su opinión (función expresiva); y, finalmente, intente persuadir al oyente (función apelativa).
2. Otras funciones del lenguaje
A las tres funciones primordiales del lenguaje suelen añadírseles otras tres, también básicas, que intentan subrayar otras intenciones comunicativas:
- Función fática (o de contacto): aparecen en el texto cuando el emisor comprueba que el receptor recibe adecuadamente el mensaje. Los rasgos que denuncian dicha función son muy variados. Quizás sean los más abundantes determinadas interrogaciones (¿entiendes?, ¿me sigues?, ¿eh?) que se introducen en los enunciados para reclamar la atención del oyente y asegurar el contacto entre emisor y receptor. Ejemplo: Esto lo entregas en mano, ¿eh?, y esto lo mandas certificado. ¿De acuerdo?
- Función metalingüística: es la que interviene cuando el emisor usa la lengua para hablar sobre la lengua misma. Se trata de una característica exclusiva del lenguaje verbal. Así, cuando producimos mensajes del tipo: ¿Qué significa la palabra "cilicio"?, estamos empleando el código para hablar sobre el código. Por tanto, en un libro o en una clase de lengua, los mensajes que aparecen ejercen esta función.
- Función poética (o estética): predomina en aquellos mensajes cuyos recursos expresivos llaman la atención sobre el propio mensaje. En cualquier texto con propósito estético o chocante aparece esta función. Así pues, la función poética caracteriza la totalidad de los textos literarios, cualquiera que sea la forma que adopten (poema, novela, comedia...). Pero no exclusivamente: otros muchos textos, como los anuncios publicitarios, los piropos u otras expresiones coloquiales presentan elementos lingüísticos llamativos que ponen de manifiesto la función poética. Ejemplos: No me comas el coco; Es más corto que las mangas de un chaleco; Patés La Piara: tapa negra.
Desde la antigüedad clásica existen tratados sobre el arte de escribir, que también reciben el nombre de Poéticas. En estos compendios se recogen los recursos o trucos de que se valen los escritores y los hablantes en general. Estos recursos responden generalmente al nombre de figuras retóricas y se suelen clasificar en figuras del lenguaje y figuras de pensamiento.
martes, 26 de agosto de 2014
martes, 12 de agosto de 2014
Los recuerdos
El pasado día 16 de julio, para celebrar el santo de mi hija, me fui con ella a pasar el día juntos a Sevilla, para comer, dar un paseo y visitar las librerías. Tengo la suerte de compartir con mi hija el gusto por la lectura. Un regalo para su santo era un libro, así que ella miraba y miraba, y claro está, yo terminé también curioseando. Cada vez me voy más convencido a los libros de bolsillo, ya no sólo por cuestión económica, sino también por ser más manejables, más ligeros.
Y encontré Los recuerdos, de David Foenkinos. Ya lo tenía yo en lista desde hacía tiempo, no sé bien por qué. Imagino que habría leído su reseña en alguna parte.
Hoy lo he terminado de leer. Lo recomiendo, indiscutiblemente. Es emotivo, divertido, escrito de modo muy bonito. La historia es sencilla y tan cercana a la vida cotidiana, que enseguida te reconoces en lo que cuenta. Hay tantos detalles entrañables de la cotidianeidad de los personajes, que te mueves permanentemente entre la melancolía y la añoranza de tus propios recuerdos, y la ficción de lo que lees. Por otro lado, me ha encantado la metáfora de la huida para encontrar la felicidad y la vuelta al pasado para revivir la felicidad de los recuerdos.
Y me quedo con la visita de Denise, la abuela del protagonista, a su escuela de cuando era niña, para terminar la clase que dejó interrumpida.
Y encontré Los recuerdos, de David Foenkinos. Ya lo tenía yo en lista desde hacía tiempo, no sé bien por qué. Imagino que habría leído su reseña en alguna parte.
Hoy lo he terminado de leer. Lo recomiendo, indiscutiblemente. Es emotivo, divertido, escrito de modo muy bonito. La historia es sencilla y tan cercana a la vida cotidiana, que enseguida te reconoces en lo que cuenta. Hay tantos detalles entrañables de la cotidianeidad de los personajes, que te mueves permanentemente entre la melancolía y la añoranza de tus propios recuerdos, y la ficción de lo que lees. Por otro lado, me ha encantado la metáfora de la huida para encontrar la felicidad y la vuelta al pasado para revivir la felicidad de los recuerdos.
Y me quedo con la visita de Denise, la abuela del protagonista, a su escuela de cuando era niña, para terminar la clase que dejó interrumpida.
miércoles, 23 de julio de 2014
El aire que respiras
La novela tiene múltiples historias entrelazadas y diferentes protagonistas, y al mismo tiempo varios hilos conductores: una colección de libros antiguos subidos de tono, la remodelación de la ciudad de Barcelona y la historia imposible de Carlota Guillot. Todo esto la convierte en una obra ambiciosa y compleja, que merece la lectura detenida y apasionada de todos los amantes de los buenos libros y de la buena literatura.
Dice Care Santos que escribir esta novela ha sido un trabajo duro, minucioso, pero que es lo propio para cautivar a los lectores.
Pues bien, para mí ha sido genial: cuando un escritor te gusta, pues te gusta y ya está. La he disfrutado mucho, y como hago con mis puzzles, la voy a deshacer y otra vez la recompondré.
domingo, 20 de julio de 2014
Las grandes corrientes de la literatura española en el siglo XX
1. El marco histórico y social
Graves crisis sociales y hondos enfrentamientos ideológicos -en parte heredados del siglo XIX- urdirán la trama de nuestra historia contemporánea. Tendremos ocasión de ver en qué medida se hacen eco los escritores de las circunstancias históricas. Demos ahora un repaso a las grandes etapas por que atraviesa la España del siglo XX.
a) De principios de siglo a 1923: Es punto de arranque la crisis de fin de siglo con el Desastre del 98, que señala el ápice de la decadencia española. Sin embargo, durante los primeros años del siglo (Alfonso XIII alcanza la mayoría de edad en 1902) se perpetúa la política habitual de la etapa anterior: turno de partidos dinásticos (conservadores y liberales), juegos parlamentarios, etc.
Es el sistema que corresponde a una sociedad dominada por una oligarquía de nobles terratenientes y alta burguesía financiera, bloque social netamente conservador y que no sólo controla la economía, sino también las elecciones (caciquismo). Por debajo se halla la pequeña burguesía, que se siente marginada por el bloque dominante, pero a la vez teme al proletariado. La mentalidad de estas clases medias suele ser reformista; de ella surgen intelectuales y escritores disconformes, a veces revolucionarios (ello es síntoma de la llamada crisis de la conciencia burguesa, cuya primera manifestación podría verse en los "jóvenes del 98"). En último término, encontramos a la clase obrera: proletariado de las zonas industrializadas y masas de campesinos (los 2/3 de la población vive en el campo), unos y otros en durísimas condiciones de vida. En ellos prenden las ideologías revolucionarias, con sus organizaciones sindicales de creciente empuje: el socialismo y la UGT (1888), el anarquismo y la CNT (1911).
Dos grandes convulsiones sociales jolonan este período: la "Semana trágica" de Barcelona (1909) y la huelga general revolucionaria de 1917. El alcance de esta última es decisivo, pues significa el fin del régimen de partidos turnantes y el acceso de nuevas fuerzas al primer término de la escena política.
Mientras tanto, la guerra europea (1914-1918) ha ahondado el foso ideológico entre los españoles: progresistas y conservadores coinciden con "aliadófilos" y "germanófilos", respectivamente. Además, si la neutralidad española ha sido beneficiosa para los industriales (que suministran sus productos a las potencias beligerantes), empeora la condición de las clases bajas, víctimas del desequilibrio entre precios y salarios; de ahí la citada inestabilidad social.
Tras la guerra europea, la situación española se agrava: recesión económica, agitación campesina...; la crisis llega a ser total. A ello se añaden los reveses de la guerra de Marruecos (Desastre de Annual, 1921), nuevo motivo de malestar, especialmente en los militares.
b) De la Dictadura a la República (1923-1931): La gravedad de la situación condujo al general Primo de Rivera a concentrar en su mano, por concesión real, los máximos poderes. Pero, aparte de las victoriosas campañas de Marruecos, poco es lo que pudo resolverse. Durante algún tiempo se logra aliviar la situación económica y garantizar el orden público; pero no se buscan soluciones para los problemas de fondo. La oposición creciente de las clases medias y de los intelectuales y una nueva crisis (consecuencia de la depresión mundial de 1929) hacen inviable la continuidad de Primo de Rivera, quien dimite en enero de 1930.
La misma institución monárquica está debilitada. La oposición republicana se une (Pacto de San Sebastián, agosto de 1930). Al año siguiente, las elecciones municipales dan un amplio triunfo a los republicanos en las principales ciudades. El rey, deseando evitar enfrentamientos, deja el trono. Y el 14 de abril se proclama la Segunda República, acogida con júbilo popular. Era un triunfo de las clases medias, transitoriamente aliadas con los sectores obreros frente a la vieja oligarquía.
c) La República y la Guerra Civil: El historiador Pierre Vilar ha dicho: "La Dictadura había gobernado sin transformar; la República intentará transformar y gobernará difícilmente". En efecto, de una parte, el nuevo régimen surge en medio de una crisis mundial. De otra, sus contradicciones internas son demasiado fuertes y pronto estallan los enfrentamientos entre ideologías y grupos sociales, haciendo estériles los esfuerzos y frustrando las esperanzas. Así, a una primera etapa de ambiciosas reformas (1931-1933) sucede un bienio contrarreformador, que ha de reprimir fuertes movimientos revolucionarios (Asturias, octubre de 1934). Cada vez más, las masas populares desbordan a los gobernantes (incluidos, naturalmente, los representantes de una pequeña burguesía reformista) y en febrero de 1936 se constituye el Frente Popular. Mientras tanto, el comunismo, hasta entonces limitado, ha adquirido una fuerza notable. Y ha surgido, con la Falange (1933), un nacionalismo inspirado en el fascismo europeo.
España es un volcán que estalla el 18 de julio de 1936. La Guerra Civil es el máximo y trágico enfrentamiento de los bloques sociales e ideológicos que hemos visto en tensión durante la historia precedente. La victoria será de las clases conservadoras y de la ideología tradicional.
d) La "era de Franco" (1939-1975): Los años que siguen a la guerra están marcados, ante todo, por las secuelas del conflicto: destrucción, hambre, aislamiento internacional, huellas del drama en las conciencias, odios, represiones, censura severísima... Durante los años cincuenta se inicia una tímida liberalización, que aprovecharán los escritores, paralela a la apertura hacia el exterior (España en la ONU, 1955). Se producen los primeros movimientos universitarios y obreros. Y los problemas económicos imponen en 1959 un Plan de Estabilización, cuyas primeras consecuencias son el paro y la emigración masiva.
En los años sesenta, una política tecnocrática inicia el proceso de desarrollo, con el que España se incorporará, por vez primera, a la Europa industrial. El auge del turismo incide notablemente en la economía, en las costumbres, en las mentalidades. A la vez, crece la oposición al régimen, incluso desde sectores católicos (influencia del Concilio Vaticano II), y se imponen nuevos márgenes de liberalización.
Y llegan los años finales del franquismo. España, que ha pasado a ser la décima potencia industrial del mundo, ingresa en la órbita del neocapitalismo y de la "civilización del consumo". Ello hace cada vez más potente el desfase entre el régimen político y el desarrollo económico, con el cual se han ampliado considerablemente ciertos sectores sociales que incrementan la fuerza de la oposición (cuyos partidos y organizaciones sindicales son cada vez menos "clandestinos"). Tal es el panorama cuando muere Franco el 20 de noviembre de 1975.
e) La transición a la democracia: Proclamado rey Juan Carlos I, y con el posterior gobierno de Adolfo Suárea (junio de 1976), se suceden, con una rapidez cuando menos inesperada, los pasos que apuntan hacia una democracia: referéndum para la reforma política (diciembre de 1976), legalizaciones de los partidos, retorno de los exiliados, amnistías, progresiva supresión de la censura, elecciones a Cortes del 15 de junio de 1977, elaboración de una nueva Constitución... Europa asiste con asombro a este proceso sin precedentes: la transición pacífica de una dictadura a una democracia.
Con todo, no deja de haber sombras en el horizonte: de nuevo este cambio político se produce en el marco desfavorable de una crisis mundial (crisis energética de 1973). Y la situación económica española va alcanzando una gravedad extremada, a la que resultará muy difícil combatir los vaivenes internacionales posteriores (nuevos momentos de crisis en 1993, 2001 ó 2008).
2. La evolución de la literatura: generaciones, grupos, movimientos
Las disciplinas históricas necesitan establecer con claridad las etapas o períodos que enmarcarán los acontecimientos estudiados. La historia literaria, al afrontar el siglo XX, suele tomar como base de periodización el concepto de generaciones; así, se habla de "generación del 98", "del 14", "del 27", "del 36", etc. Parece oportuno examinar los conceptos de generación histórica y de generación literaria para juzgar sobre su validez.
En el campo de la Historia, el método de las generaciones fue iniciado entre nosotros por Ortega. Según él, una generación es el conjunto de hombres que han nacido en una determinada "zona de fechas" (no superior a quince años) y que comparten un mismo "mundo de creencias colectivas". La concepción del mundo cambiaría con cada generación.
Tal concepción presenta, en la práctica, junto a una indudable utilidad expositiva, no pocas dificultades. ¿Por dónde trazar el corte entre una y otra generación, si "todos los días nacen hombres"? Sería preciso atender a los cambios de mentalidad, debidos a múltiples circunstancias históricas. De todas formas, es evidente que no todos los hombres que tienen aproximadamente la misma edad comparten una misma concepción del mundo: los hay que aparecen vinculados con la mentalidad de los más viejos, o con la de los más jóvenes.
Tales reservas parecen haberse tenido en cuenta al establecer el concepto de generación literaria. No basta con que unos escritores sean coetáneos para que formen un grupo coherente en ideas y estética: se requieren, además, unos requisitos para poder hablar de generación "literaria". Y así, el crítico alemán Julius Petersen señalaba en 1930 los siguientes:
a) Nacimiento en años poco distantes.
b) Formación intelectual semejante.
c) Relaciones personales entre ellos.
d) Participación en actos colectivos propios.
e) Existencia de un acontecimiento generacional que aglutine sus voluntades.
f) Presencia de un "guía".
g) Rasgos comunes de estilo (un lenguaje generacional).
h) Anquilosamiento de la generación anterior.
Ante tal concepción se impone una observación importante, por elemental que parezca: los escritores que puedan agruparse para reunir todos esos requisitos (cosa no muy frecuente), no serán nunca toda su generación (histórica), sino solamente una fracción de ella, un grupo. Constituirán, pues, en todo caso, un grupo generacional.
Es decir, el uso de la palabra "generación", en el sentido que Petersen le da, es una impropiedad léxica. Y conviene tener conciencia de ello, a pesar de que la crítica haya extendido tal uso y aunque, por comodidad, se siga empleando tal denominación en el sentido de "grupo", "escuela", "movimiento literario", etc.
Así pues, la llamada "generación del 98" no es sino un grupo de una generación histórica a la que también pertenecen los "modernistas"; y lo que se conoce por "generación del 27" es un extraordinario grupo de poetas en medio de otros escritores de las mismas edades y de orientaciones diversas. Por lo demás, ¿qué hacer con aquellos que no pueden agruparse de acuerdo con los requisitos señalados? ¿Y con escritores como Valle-Inclán o Juan Ramón Jiménez, cuya trayectoria es cambiante? ¿Y con un poeta como Miguel Hernández, unido por afinidades y convivencia a los poetas del 27, pese a que debería considerarse de la generación siguiente?
En suma, el método de las generaciones no parece un procedimiento de periodización muy adecuado, y su rigidez ha obligado no pocas veces a forzar y a deformar las realidades para hacerlas entrar en su marco. Lo importante será atender, sin esquemas preconcebidos, a la evolución de la creación literaria, señalando las afinidades y las diferencias que se nos impongan a medida que examinemos las figuras y las obras.
3. La literatura española en los primeros años del siglo
Desde fines del siglo XIX, como en Europa, se observan en España e Hispanoamérica corrientes de ideas de tipo inconformista o disidente, fruto de la mencionada "crisis de la conciencia burguesa": nacen en el seno de la pequeña burguesía, pero poseen un signo preferentemente antiburgués (en su propio seno, en efecto, la burguesía ha generado siempre fuerzas que ponen en tela de juicio sus valores). En la literatura cunden los impulsos renovadores, agresivamente opuestos a las tendencias vigentes (realismo y naturalismo, prosaísmo poético, retoricismo...).
Pronto se designó con el término de modernistas a los jóvenes escritores animados de tales impulsos innovadores. Con el tiempo, tal denominación se fue reservando para designar a aquellos autores, especialmente poetas, que se despegan de un mundo del que abominan y, con ademán desafiante, encauzan su inconformismo hacia la búsqueda de la belleza, de lo raro, de lo exquisito; es decir, se proponen ante todo una renovación estética.
Pero junto a ellos hay en España otros escritores (especialmente prosistas) que, aunque animados del mismo afán renovador, dan especial entrada en su temática a los problemas del momento histórico: decadencia, marasmo interno, miseria social, atonía espiritual... Llamados también al principio "modernistas", para ellos se creó más tarde la etiqueta de generación del 98.
Durante los quince primeros años del siglo, se asiste a los máximos éxitos de Rubén Darío y a la proliferación de sus seguidores; a las obras más decisivas de Unamuno, Azorín, Baroja, Antonio Machado; a las primeras etapas de Valle-Inclán o de Juan Ramón Jiménez. Multitud de revistas, entre las que sobresalen Juventud, Alma española o la Revista nueva animan la creación literaria del momento.
4. De 1914 a la guerra civil
En 1914, Azorín escribe estas palabras: "Otra generación ha llegado... Dejémosles paso." Son muy visibles, en efecto, las novedades en el ambiente ideológico y literario. En esa misma línea, Ortega y Gasset pronuncia un sonado discurso sobre "Vieja y nueva política". Una nueva mentalidad, el reformismo pequeño-burgués, encuentra su expresión en la revista España (1915). El mismo año se funda en Madrid la tertulia del café Pombo, a la que concurren los escritores y artistas jóvenes. Alcanzan notoriedad nuevos novelistas como Gabriel Miró o Pérez de Ayala. La poesía de Juan Ramón Jiménez se despega del posmodernismo e inaugura, entre nosotros, el ideal de una "poesía pura". Un gran ensayista coetáneo, Eugenio D'Ors, bautiza las nuevas tendencias: es el Novecentismo.
A la vez, un genial escritor, Ramón Gómez de la Serna ha abierto las ventanas del país a los movimientos de vanguardia que nacían en Europa. La literatura de vanguardia gana terreno en los años siguientes y alcanza su máximo ímpetu en torno a 1925. Dos años antes ha aparecido la Revista de Occidente, fundada por Ortega, que acoge en sus páginas no pocas de las nuevas tendencias. Y en 1927 aparece La Gaceta Literaria, revista orientada decididamente por los caminos del vanguardismo. Es el año del centenario de Góngora, cuya creación sintoniza ahora con la intensa búsqueda de nuevas formas.
Íntimamente enlazado con la poesía de vanguardia, pero depurándola e integrándola con otras tendencias (poesía pura, clasicismo, neopopularismo), se halla el grupo poético del 27, "nueve o diez poetas", como decía Salinas, que han comenzado a publicar entre 1920 y 1928. Con ellos alcanza su máximo esplendor el prodigioso florecer literario iniciado con el siglo y que ha permitido hablar de "un segundo siglo de oro" o, en expresión más consagrada, de la Edad de Plata de la literatura española.
Novecentismo, vanguardismo, grupo del 27... son tres ondas que se suceden, con amplias zonas de coincidencia, en poco más de quince años, y que suponen un nuevo haz de esfuerzos por una renovación estética. Pero hacia 1930, al hilo de las circunstancias políticas, aparecerá, junto a las inquietudes estéticas, una literatura preocupada o comprometida. Se hablará entonces de una "poesía impura", que se haga eco de los problemas humanos y cívicos; y surgen las primeras manifestaciones de una novela social. Pronto la guerra civil obligará a muchos escritores a tomar partido; la muerte, la cárcel o el exilio aguarda a no pocos de ellos.
5. De la guerra civil a la década de los 70
Tras la guerra se produce un vacío inicial: son los "años de convalecencia", en palabras de Martínez Cachero. Luego la literatura vive unos años de búsqueda de posibles caminos tras la trágica convulsión. Se ha hablado de una "generación escindida". Doblemente escindida: por una parte, entre el exilio y el interior del país; por otra, dentro de éste, entre una literatura arraigada y una literatura desarraigada. Comprendían la primera quienes parecen sentirse serenamente instalados en su mundo (Rosales, Panero). La segunda es una literatura angustiada, transida de malestar; así, las novelas iniciales de Cela (La familia de Pascual Duarte, 1942) y de Carmen Laforet (Nada, 1945), o los primeros poemas de Blas de Otero (1950-51), o los dramas iniciales de Buero Vallejo. Un poeta de la generación anterior, Dámaso Alonso, da la mejor medida de esta desazón con un libro estremecedor: Hijos de la ira (1944).
En torno a 1955, un buen número de escritores parece haber encontrado un camino: se consolida un realismo social, aprovechando la leve relajación de la censura para la creación literaria. Es -se dice- una "literatura de urgencia", que intenta denunciar situaciones de las que no se podía hablar en la prensa o en otras tribunas. El escritor pretende contribuir a "transformar el mundo en que vivimos", según una tesis marxista. Así, la poesía (Otero, Celaya) quiere ser "un arma cargada de futuro". Por el mismo camino discurren novelistas como Delibes, Goytisolo, Aldecoa, Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, Ana Mª Matute..., y dramaturgos como Buero y Sastre. En todos los terrenos, un tema obsesivo: España, la sociedad española del momento.
Sin embargo, el realismo social -tan importante en su momento- parece anquilosarse pronto: en obras mediocres, se convierte en un repertorio de fórmulas fáciles. Una serie de poetas notables, como José Hierro, Gil de Biedma, Valente o Claudio Rodríguez, se resisten a encerrarse en los cauces de la poesía social. La novela busca pronto nuevas formas, y en 1962, Luis Martín-Santos, con Tiempo de silencio, inicia una renovación de las técnicas narrativas, que será continuada por novelistas como Juan Marsé o Juan Benet. Son, además, los años en que se produce el llamado "boom" o irrupción en España de la nueva novela hispanoamericana, que será un modelo y un vigoroso acicate para nuestros narradores. En el teatro, la renovación apunta en algunas obras de Antonio Gala, Carlos Muñiz... Una renovación más profunda había sido iniciada -y continuada en el exilio- por Fernando Arrabal.
En 1970, el realismo social ha quedado superado. El escritor se ha desengañado de que la literatura pueda transformar el mundo: intenta, eso sí, transformar la literatura misma. De ahí las nuevas corrientes de experimentación. Y asistiremos a un nuevo vanguardismo. En poesía está representado por los poetas llamados "novísimos" (Gimferrer, Carnero). En novela continúan las innovaciones de Marsé y Benet, a las que se suman novelistas de más edad, como Cela, Delibes o Torrente Ballester, a la vez que van apareciendo autores nuevos y más audaces, como Eduardo Mendoza. La experimentación alcanza también al teatro: propuestas de los grupos independientes y obras de autores como Ruibal o Nieva. Debe advertirse que la búsqueda de nuevas formas de expresión no supone necesariamente el abandono de los propósitos de denuncia -que a veces es incluso más ácida-, pero tales propósitos se persiguen por caminos muy distintos al realismo.
Graves crisis sociales y hondos enfrentamientos ideológicos -en parte heredados del siglo XIX- urdirán la trama de nuestra historia contemporánea. Tendremos ocasión de ver en qué medida se hacen eco los escritores de las circunstancias históricas. Demos ahora un repaso a las grandes etapas por que atraviesa la España del siglo XX.
a) De principios de siglo a 1923: Es punto de arranque la crisis de fin de siglo con el Desastre del 98, que señala el ápice de la decadencia española. Sin embargo, durante los primeros años del siglo (Alfonso XIII alcanza la mayoría de edad en 1902) se perpetúa la política habitual de la etapa anterior: turno de partidos dinásticos (conservadores y liberales), juegos parlamentarios, etc.
Es el sistema que corresponde a una sociedad dominada por una oligarquía de nobles terratenientes y alta burguesía financiera, bloque social netamente conservador y que no sólo controla la economía, sino también las elecciones (caciquismo). Por debajo se halla la pequeña burguesía, que se siente marginada por el bloque dominante, pero a la vez teme al proletariado. La mentalidad de estas clases medias suele ser reformista; de ella surgen intelectuales y escritores disconformes, a veces revolucionarios (ello es síntoma de la llamada crisis de la conciencia burguesa, cuya primera manifestación podría verse en los "jóvenes del 98"). En último término, encontramos a la clase obrera: proletariado de las zonas industrializadas y masas de campesinos (los 2/3 de la población vive en el campo), unos y otros en durísimas condiciones de vida. En ellos prenden las ideologías revolucionarias, con sus organizaciones sindicales de creciente empuje: el socialismo y la UGT (1888), el anarquismo y la CNT (1911).
Dos grandes convulsiones sociales jolonan este período: la "Semana trágica" de Barcelona (1909) y la huelga general revolucionaria de 1917. El alcance de esta última es decisivo, pues significa el fin del régimen de partidos turnantes y el acceso de nuevas fuerzas al primer término de la escena política.
Mientras tanto, la guerra europea (1914-1918) ha ahondado el foso ideológico entre los españoles: progresistas y conservadores coinciden con "aliadófilos" y "germanófilos", respectivamente. Además, si la neutralidad española ha sido beneficiosa para los industriales (que suministran sus productos a las potencias beligerantes), empeora la condición de las clases bajas, víctimas del desequilibrio entre precios y salarios; de ahí la citada inestabilidad social.
Tras la guerra europea, la situación española se agrava: recesión económica, agitación campesina...; la crisis llega a ser total. A ello se añaden los reveses de la guerra de Marruecos (Desastre de Annual, 1921), nuevo motivo de malestar, especialmente en los militares.
b) De la Dictadura a la República (1923-1931): La gravedad de la situación condujo al general Primo de Rivera a concentrar en su mano, por concesión real, los máximos poderes. Pero, aparte de las victoriosas campañas de Marruecos, poco es lo que pudo resolverse. Durante algún tiempo se logra aliviar la situación económica y garantizar el orden público; pero no se buscan soluciones para los problemas de fondo. La oposición creciente de las clases medias y de los intelectuales y una nueva crisis (consecuencia de la depresión mundial de 1929) hacen inviable la continuidad de Primo de Rivera, quien dimite en enero de 1930.
La misma institución monárquica está debilitada. La oposición republicana se une (Pacto de San Sebastián, agosto de 1930). Al año siguiente, las elecciones municipales dan un amplio triunfo a los republicanos en las principales ciudades. El rey, deseando evitar enfrentamientos, deja el trono. Y el 14 de abril se proclama la Segunda República, acogida con júbilo popular. Era un triunfo de las clases medias, transitoriamente aliadas con los sectores obreros frente a la vieja oligarquía.
c) La República y la Guerra Civil: El historiador Pierre Vilar ha dicho: "La Dictadura había gobernado sin transformar; la República intentará transformar y gobernará difícilmente". En efecto, de una parte, el nuevo régimen surge en medio de una crisis mundial. De otra, sus contradicciones internas son demasiado fuertes y pronto estallan los enfrentamientos entre ideologías y grupos sociales, haciendo estériles los esfuerzos y frustrando las esperanzas. Así, a una primera etapa de ambiciosas reformas (1931-1933) sucede un bienio contrarreformador, que ha de reprimir fuertes movimientos revolucionarios (Asturias, octubre de 1934). Cada vez más, las masas populares desbordan a los gobernantes (incluidos, naturalmente, los representantes de una pequeña burguesía reformista) y en febrero de 1936 se constituye el Frente Popular. Mientras tanto, el comunismo, hasta entonces limitado, ha adquirido una fuerza notable. Y ha surgido, con la Falange (1933), un nacionalismo inspirado en el fascismo europeo.España es un volcán que estalla el 18 de julio de 1936. La Guerra Civil es el máximo y trágico enfrentamiento de los bloques sociales e ideológicos que hemos visto en tensión durante la historia precedente. La victoria será de las clases conservadoras y de la ideología tradicional.
d) La "era de Franco" (1939-1975): Los años que siguen a la guerra están marcados, ante todo, por las secuelas del conflicto: destrucción, hambre, aislamiento internacional, huellas del drama en las conciencias, odios, represiones, censura severísima... Durante los años cincuenta se inicia una tímida liberalización, que aprovecharán los escritores, paralela a la apertura hacia el exterior (España en la ONU, 1955). Se producen los primeros movimientos universitarios y obreros. Y los problemas económicos imponen en 1959 un Plan de Estabilización, cuyas primeras consecuencias son el paro y la emigración masiva.
En los años sesenta, una política tecnocrática inicia el proceso de desarrollo, con el que España se incorporará, por vez primera, a la Europa industrial. El auge del turismo incide notablemente en la economía, en las costumbres, en las mentalidades. A la vez, crece la oposición al régimen, incluso desde sectores católicos (influencia del Concilio Vaticano II), y se imponen nuevos márgenes de liberalización.
Y llegan los años finales del franquismo. España, que ha pasado a ser la décima potencia industrial del mundo, ingresa en la órbita del neocapitalismo y de la "civilización del consumo". Ello hace cada vez más potente el desfase entre el régimen político y el desarrollo económico, con el cual se han ampliado considerablemente ciertos sectores sociales que incrementan la fuerza de la oposición (cuyos partidos y organizaciones sindicales son cada vez menos "clandestinos"). Tal es el panorama cuando muere Franco el 20 de noviembre de 1975.
e) La transición a la democracia: Proclamado rey Juan Carlos I, y con el posterior gobierno de Adolfo Suárea (junio de 1976), se suceden, con una rapidez cuando menos inesperada, los pasos que apuntan hacia una democracia: referéndum para la reforma política (diciembre de 1976), legalizaciones de los partidos, retorno de los exiliados, amnistías, progresiva supresión de la censura, elecciones a Cortes del 15 de junio de 1977, elaboración de una nueva Constitución... Europa asiste con asombro a este proceso sin precedentes: la transición pacífica de una dictadura a una democracia.
Con todo, no deja de haber sombras en el horizonte: de nuevo este cambio político se produce en el marco desfavorable de una crisis mundial (crisis energética de 1973). Y la situación económica española va alcanzando una gravedad extremada, a la que resultará muy difícil combatir los vaivenes internacionales posteriores (nuevos momentos de crisis en 1993, 2001 ó 2008).
2. La evolución de la literatura: generaciones, grupos, movimientos
Las disciplinas históricas necesitan establecer con claridad las etapas o períodos que enmarcarán los acontecimientos estudiados. La historia literaria, al afrontar el siglo XX, suele tomar como base de periodización el concepto de generaciones; así, se habla de "generación del 98", "del 14", "del 27", "del 36", etc. Parece oportuno examinar los conceptos de generación histórica y de generación literaria para juzgar sobre su validez.
En el campo de la Historia, el método de las generaciones fue iniciado entre nosotros por Ortega. Según él, una generación es el conjunto de hombres que han nacido en una determinada "zona de fechas" (no superior a quince años) y que comparten un mismo "mundo de creencias colectivas". La concepción del mundo cambiaría con cada generación.
Tal concepción presenta, en la práctica, junto a una indudable utilidad expositiva, no pocas dificultades. ¿Por dónde trazar el corte entre una y otra generación, si "todos los días nacen hombres"? Sería preciso atender a los cambios de mentalidad, debidos a múltiples circunstancias históricas. De todas formas, es evidente que no todos los hombres que tienen aproximadamente la misma edad comparten una misma concepción del mundo: los hay que aparecen vinculados con la mentalidad de los más viejos, o con la de los más jóvenes.
Tales reservas parecen haberse tenido en cuenta al establecer el concepto de generación literaria. No basta con que unos escritores sean coetáneos para que formen un grupo coherente en ideas y estética: se requieren, además, unos requisitos para poder hablar de generación "literaria". Y así, el crítico alemán Julius Petersen señalaba en 1930 los siguientes:
a) Nacimiento en años poco distantes.
b) Formación intelectual semejante.
c) Relaciones personales entre ellos.
d) Participación en actos colectivos propios.
e) Existencia de un acontecimiento generacional que aglutine sus voluntades.
f) Presencia de un "guía".
g) Rasgos comunes de estilo (un lenguaje generacional).
h) Anquilosamiento de la generación anterior.
Ante tal concepción se impone una observación importante, por elemental que parezca: los escritores que puedan agruparse para reunir todos esos requisitos (cosa no muy frecuente), no serán nunca toda su generación (histórica), sino solamente una fracción de ella, un grupo. Constituirán, pues, en todo caso, un grupo generacional.
Es decir, el uso de la palabra "generación", en el sentido que Petersen le da, es una impropiedad léxica. Y conviene tener conciencia de ello, a pesar de que la crítica haya extendido tal uso y aunque, por comodidad, se siga empleando tal denominación en el sentido de "grupo", "escuela", "movimiento literario", etc.
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| Generación del 27 |
En suma, el método de las generaciones no parece un procedimiento de periodización muy adecuado, y su rigidez ha obligado no pocas veces a forzar y a deformar las realidades para hacerlas entrar en su marco. Lo importante será atender, sin esquemas preconcebidos, a la evolución de la creación literaria, señalando las afinidades y las diferencias que se nos impongan a medida que examinemos las figuras y las obras.
3. La literatura española en los primeros años del siglo
Desde fines del siglo XIX, como en Europa, se observan en España e Hispanoamérica corrientes de ideas de tipo inconformista o disidente, fruto de la mencionada "crisis de la conciencia burguesa": nacen en el seno de la pequeña burguesía, pero poseen un signo preferentemente antiburgués (en su propio seno, en efecto, la burguesía ha generado siempre fuerzas que ponen en tela de juicio sus valores). En la literatura cunden los impulsos renovadores, agresivamente opuestos a las tendencias vigentes (realismo y naturalismo, prosaísmo poético, retoricismo...).
Pronto se designó con el término de modernistas a los jóvenes escritores animados de tales impulsos innovadores. Con el tiempo, tal denominación se fue reservando para designar a aquellos autores, especialmente poetas, que se despegan de un mundo del que abominan y, con ademán desafiante, encauzan su inconformismo hacia la búsqueda de la belleza, de lo raro, de lo exquisito; es decir, se proponen ante todo una renovación estética.
Pero junto a ellos hay en España otros escritores (especialmente prosistas) que, aunque animados del mismo afán renovador, dan especial entrada en su temática a los problemas del momento histórico: decadencia, marasmo interno, miseria social, atonía espiritual... Llamados también al principio "modernistas", para ellos se creó más tarde la etiqueta de generación del 98.
Durante los quince primeros años del siglo, se asiste a los máximos éxitos de Rubén Darío y a la proliferación de sus seguidores; a las obras más decisivas de Unamuno, Azorín, Baroja, Antonio Machado; a las primeras etapas de Valle-Inclán o de Juan Ramón Jiménez. Multitud de revistas, entre las que sobresalen Juventud, Alma española o la Revista nueva animan la creación literaria del momento.
4. De 1914 a la guerra civil
En 1914, Azorín escribe estas palabras: "Otra generación ha llegado... Dejémosles paso." Son muy visibles, en efecto, las novedades en el ambiente ideológico y literario. En esa misma línea, Ortega y Gasset pronuncia un sonado discurso sobre "Vieja y nueva política". Una nueva mentalidad, el reformismo pequeño-burgués, encuentra su expresión en la revista España (1915). El mismo año se funda en Madrid la tertulia del café Pombo, a la que concurren los escritores y artistas jóvenes. Alcanzan notoriedad nuevos novelistas como Gabriel Miró o Pérez de Ayala. La poesía de Juan Ramón Jiménez se despega del posmodernismo e inaugura, entre nosotros, el ideal de una "poesía pura". Un gran ensayista coetáneo, Eugenio D'Ors, bautiza las nuevas tendencias: es el Novecentismo.
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| Ramón Gómez de la Serna 1888 - 1963 |
Íntimamente enlazado con la poesía de vanguardia, pero depurándola e integrándola con otras tendencias (poesía pura, clasicismo, neopopularismo), se halla el grupo poético del 27, "nueve o diez poetas", como decía Salinas, que han comenzado a publicar entre 1920 y 1928. Con ellos alcanza su máximo esplendor el prodigioso florecer literario iniciado con el siglo y que ha permitido hablar de "un segundo siglo de oro" o, en expresión más consagrada, de la Edad de Plata de la literatura española.
Novecentismo, vanguardismo, grupo del 27... son tres ondas que se suceden, con amplias zonas de coincidencia, en poco más de quince años, y que suponen un nuevo haz de esfuerzos por una renovación estética. Pero hacia 1930, al hilo de las circunstancias políticas, aparecerá, junto a las inquietudes estéticas, una literatura preocupada o comprometida. Se hablará entonces de una "poesía impura", que se haga eco de los problemas humanos y cívicos; y surgen las primeras manifestaciones de una novela social. Pronto la guerra civil obligará a muchos escritores a tomar partido; la muerte, la cárcel o el exilio aguarda a no pocos de ellos.
5. De la guerra civil a la década de los 70
Tras la guerra se produce un vacío inicial: son los "años de convalecencia", en palabras de Martínez Cachero. Luego la literatura vive unos años de búsqueda de posibles caminos tras la trágica convulsión. Se ha hablado de una "generación escindida". Doblemente escindida: por una parte, entre el exilio y el interior del país; por otra, dentro de éste, entre una literatura arraigada y una literatura desarraigada. Comprendían la primera quienes parecen sentirse serenamente instalados en su mundo (Rosales, Panero). La segunda es una literatura angustiada, transida de malestar; así, las novelas iniciales de Cela (La familia de Pascual Duarte, 1942) y de Carmen Laforet (Nada, 1945), o los primeros poemas de Blas de Otero (1950-51), o los dramas iniciales de Buero Vallejo. Un poeta de la generación anterior, Dámaso Alonso, da la mejor medida de esta desazón con un libro estremecedor: Hijos de la ira (1944).
En torno a 1955, un buen número de escritores parece haber encontrado un camino: se consolida un realismo social, aprovechando la leve relajación de la censura para la creación literaria. Es -se dice- una "literatura de urgencia", que intenta denunciar situaciones de las que no se podía hablar en la prensa o en otras tribunas. El escritor pretende contribuir a "transformar el mundo en que vivimos", según una tesis marxista. Así, la poesía (Otero, Celaya) quiere ser "un arma cargada de futuro". Por el mismo camino discurren novelistas como Delibes, Goytisolo, Aldecoa, Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, Ana Mª Matute..., y dramaturgos como Buero y Sastre. En todos los terrenos, un tema obsesivo: España, la sociedad española del momento.
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| Edición de 1962 (censurada) La primera edición completa es de 1981. |
En 1970, el realismo social ha quedado superado. El escritor se ha desengañado de que la literatura pueda transformar el mundo: intenta, eso sí, transformar la literatura misma. De ahí las nuevas corrientes de experimentación. Y asistiremos a un nuevo vanguardismo. En poesía está representado por los poetas llamados "novísimos" (Gimferrer, Carnero). En novela continúan las innovaciones de Marsé y Benet, a las que se suman novelistas de más edad, como Cela, Delibes o Torrente Ballester, a la vez que van apareciendo autores nuevos y más audaces, como Eduardo Mendoza. La experimentación alcanza también al teatro: propuestas de los grupos independientes y obras de autores como Ruibal o Nieva. Debe advertirse que la búsqueda de nuevas formas de expresión no supone necesariamente el abandono de los propósitos de denuncia -que a veces es incluso más ácida-, pero tales propósitos se persiguen por caminos muy distintos al realismo.
martes, 8 de julio de 2014
La situación comunicativa
Los lingüistas suelen aceptar que la utilidad más notoria del lenguaje es permitir el intercambio de información entre los usuarios. Este análisis da preferencia al mensaje, a su capacidad referencial, sobre los otros elementos que aparecen en un acto comunicativo.
Pero, a menudo, el lenguaje se usa simplemente para establecer y mantener relaciones sociales: cuando dos desconocidos tiritan de frío en una parada de autobús y el uno le dice al otro: "¡Qué frío hace!", parece claro que el hablante no informa sobre el clima a su oyente. Se deduce, más bien, una invitación amable a iniciar la charla. En esta ocasión, sobre el mensaje inciden abundantes rasgos situacionales (el clima, el lugar, el momento, la imagen que el hablante tiene del oyente, la intención del hablante...). Estos elementos alcanzan más relieve que el puro valor informativo del mensaje.
La situación debe entenderse como el ámbito en el que se desarrolla la comunicación. Conviene subrayar que la situación resulta esencial para que se produzca el proceso comunicativo, ya que una variación situacional puede implicar un cambio radical en el significado del mensaje.
Si en un taller de carpintería el maestro dice al aprendiz: "¡Un clavo!", este mensaje posee un significado claro: el carpintero solicita un clavo para realizar su trabajo. Sin embargo, el mismo mensaje significa de forma diferente si lo emite una persona que observa la rueda desinflada de un automóvil o si lo dice el hablante cuando le presentan la cuenta en un restaurante.
El mismo enunciado cambia de significado en cada situación, lo que demuestra que ésta influye directamente en la interpretación de los mensajes verbales. Dentro de la lingüística, la pragmática se ocupa de estudiar las relaciones existentes entre los signos y los usuarios, y la influencia de la situación en los mensajes.
1. Rasgos de la situación
Hemos definido la situación como el ámbito en el que sucede la comunicación. Pero por ámbito no debe entenderse tan solo el espacio físico en el que se desenvuelven la emisión y la recepción de un mensaje. Veamos un ejemplo: un timbre señala el inicio o el final del tiempo de clase. En este caso, el aula es un espacio físico donde se desarrolla la comunicación, pero no es toda la situación. Si el timbre sonara en la mitad del tiempo de clase, variaría la situación; sin embargo, el espacio físico seguiría siendo el aula. La situación está constituida por el conjunto de circunstancias relevantes que enmarcan el acto comunicativo. Tales circunstancias son abundantísimas, pues abarcan desde las propiamente físicas hasta el entorno social, político y cultural al que pertenecen el emisor y el receptor. Así pues, si se pretende determinar la influencia de esas circunstancias situacionales en la comunicación, habrá que aislar, de entre el vasto conjunto, sólo aquellas que resulten básicas para identificar el tipo de acto comunicativo.
2. Otros elementos de la comunicación
Si se contempla el fenómeno de la comunicación lingüística desde el punto de vista de estas circunstancias situacionales, se observará que todos los factores que intervienen se interrelacionan mediante una tupida red de conexiones, de relaciones, que constituyen propiamente la situación comunicativa. Veamos cómo se producen.
Partiendo del esquema tradicional, podemos ajustar los elementos que actúan en la comunicación de la siguiente manera:
La relación hablante/escritor - oyente/lector
Cuando un hablante o un escritor inician un proceso comunicativo, producen un mensaje cuyos recursos lingüísticos están al servicio de la intención (persuadir, informar, ordenar...). Pero, entre otros muchos factores de la situación, la emisión del mensaje se basa en el conocimiento que el hablante o el escritor obtienen de su oyente o de su lector. Los datos que el emisor posee del receptor los usa para su propósito; aumenta así la eficacia del mensaje.
Si, por ejemplo, un hablante le dice a su interlocutor al hilo de la conversación: "Como usted y yo bien sabemos...", resultaría fácil suponer que el emisor busca el acuerdo o el apoyo del receptor a sus afirmaciones. El receptor, sin embargo, puede interpretar este enunciado como una adulación. El hablante debe observar por tanto al receptor, ya que un fallo en sus cálculos conseguiría el efecto contrario del que pretende.
El hablante o el escritor suelen ser emisores individuales, aunque en determinadas situaciones (una manifestación multitudinaria o cualquier otra situación coral) puede hablarse de emisor colectivo.
El receptor también suele ser individual, bien como oyente, bien como lector. Es al que se destina exclusivamente el mensaje. Sin embargo, puede ocurrir que el receptor no sea un único individuo, sino varios. Se distinguen los siguientes tipos de receptor múltiple:
- La audiencia: Es un caso intermedio entre el receptor único y el receptor múltiple, y se da cuando están presentes en el acto comunicativo oyentes casuales y pasivos. Éstos propician una suerte de doble recepción -la del receptor y la de la audiencia-, que exige mayor esfuerzo por parte del emisor para captar la atención de los que escuchan.
- El receptor colectivo: Está constituido por los oyentes o los lectores de actos comunicativos de diversa naturaleza, desde los oyentes de un conferenciante o de un mensaje televisado hasta los lectores de diarios, novelas o de cualquier tipo de mensaje público. Pese a la amplitud casi ilimitada del receptor colectivo, el emisor suele dirigir sus mensajes a un sector social determinado (los aficionados a las setas, la burguesía urbana...), restringiendo así la extensión comunicativa del mensaje.
- El receptor universal: Es una modalidad de receptor colectivo que se aplica a los receptores de mensajes literarios, generalmente lectores. Este concepto explica tanto la comunicación que un escritor entabla con los individuos de su tiempo como la que establece con aquellos lectores que reciben el texto cientos de años después de su creación y publicación. Cuando crea, el autor siempre se dirige al lector colectivo como si se tratara de un lector ideal, entendiendo éste como el modelo de receptor imaginado que mejor se ajusta a la intención comunicativa del autor.
El mensaje como texto
El mensaje es una unidad comunicativa compleja en la que inciden tanto los rasgos cinésicos o proxémicos como los estrictamente lingüísticos. Sin embargo, nos centraremos en el mensaje como texto, y nos referiremos a las circunstancias verbales que en él se observan. Consideraremos textos tanto un anuncio televisivo como un chiste, una conversación, una conferencia, un poema, una obra de teatro o una novela.
Tradicionalmente, se ha tomado la oración como unidad superior de descripción gramatical. En la actualidad, en cambio, se prefiere el texto como unidad global, estructural y de sentido. La gramática textual ha definido el texto como una unidad lingüística compleja, cerrada y de sentido completo: se entiende que el texto es complejo porque está constituido por unidades inferiores (oraciones, proposiciones, sintagmas...) que se organizan según reglas gramaticales y lógicas; es cerrado, porque se inicia y se concluye siguiendo un tema, y siempre de acuerdo con la intención del emisor y del receptor; y posee sentido completo porque su extensión, casi ilimitada, garantiza la recepción de múltiples matices significativos.
El canal del texto
En sentido amplio se entiende por canal el vehículo que transporta el mensaje desde el emisor hasta el receptor. El texto, por tanto, sólo tiene dos posibilidades de transmisión: mediante un sistema acústico, con la lengua oral, o mediante un sistema visual, con la lengua escrita, de forma que se distingue entre texto oral (el que emite el hablante y recibe el oyente) y texto escrito (el que produce el escritor y llega al lector).
Desde el punto de vista de la producción, el hablante y el escritor disponen respectivamente de ventajas e inconvenientes que condicionan la realización de los textos, por ejemplo:
- El hablante goza de señales paralingüísticas (tono de voz, gestos) que le son negadas al escritor. El hablante procesa su emisión de mensajes bajo circunstancias de presión que lo condicionan. Así, ha de controlar lo que acaba de decir y comprobar si concuerda con su intención. Además, debe planear el siguiente enunciado y, simultáneamente, vigilar la recepción como oyente.
- El escritor, por el contrario, dispone de facilidades para redactar, ya que puede repasar lo escrito y puede realizar pausas para reflexionar, sin preocuparse de que le interrumpan. Por añadidura, dispone de tiempo para seleccionar el léxico y la forma de su discurso.
Finalmente, el hablante disfruta de otros beneficios como la posibilidad de observar a su interlocutor para modificar lo que dice, para adaptarlo al oyente. El escritor no tiene acceso a la reacción de sus receptores y ha de imaginarla.
El código
Al hablar de lenguaje verbal, se suele entender por código el conjunto de signos lingüísticos y de reglas que los relacionan. El acuerdo del emisor y el receptor sobre el uso de un determinado código asegura la correcta construcción del mensaje y su adecuada interpretación. Las distintas lenguas naturales que se conocen en el mundo son códigos lingüísticos con sus propios signos y sus propias normas.
La utilización de un código lingüístico, de una lengua, exige determinadas destrezas que no todos los hablantes desarrollan por igual. El dominio de la lengua requiere un complejo proceso de aprendizaje. La asimilación que permite usar un idioma está determinada por las capacidades individuales del hablante y, sobre todo, por sus posibilidades sociales. Así, atendiendo a estas condiciones, hablaremos de dos tipos de códigos:
Pero, a menudo, el lenguaje se usa simplemente para establecer y mantener relaciones sociales: cuando dos desconocidos tiritan de frío en una parada de autobús y el uno le dice al otro: "¡Qué frío hace!", parece claro que el hablante no informa sobre el clima a su oyente. Se deduce, más bien, una invitación amable a iniciar la charla. En esta ocasión, sobre el mensaje inciden abundantes rasgos situacionales (el clima, el lugar, el momento, la imagen que el hablante tiene del oyente, la intención del hablante...). Estos elementos alcanzan más relieve que el puro valor informativo del mensaje.
La situación debe entenderse como el ámbito en el que se desarrolla la comunicación. Conviene subrayar que la situación resulta esencial para que se produzca el proceso comunicativo, ya que una variación situacional puede implicar un cambio radical en el significado del mensaje.
Si en un taller de carpintería el maestro dice al aprendiz: "¡Un clavo!", este mensaje posee un significado claro: el carpintero solicita un clavo para realizar su trabajo. Sin embargo, el mismo mensaje significa de forma diferente si lo emite una persona que observa la rueda desinflada de un automóvil o si lo dice el hablante cuando le presentan la cuenta en un restaurante.
El mismo enunciado cambia de significado en cada situación, lo que demuestra que ésta influye directamente en la interpretación de los mensajes verbales. Dentro de la lingüística, la pragmática se ocupa de estudiar las relaciones existentes entre los signos y los usuarios, y la influencia de la situación en los mensajes.
1. Rasgos de la situación
Hemos definido la situación como el ámbito en el que sucede la comunicación. Pero por ámbito no debe entenderse tan solo el espacio físico en el que se desenvuelven la emisión y la recepción de un mensaje. Veamos un ejemplo: un timbre señala el inicio o el final del tiempo de clase. En este caso, el aula es un espacio físico donde se desarrolla la comunicación, pero no es toda la situación. Si el timbre sonara en la mitad del tiempo de clase, variaría la situación; sin embargo, el espacio físico seguiría siendo el aula. La situación está constituida por el conjunto de circunstancias relevantes que enmarcan el acto comunicativo. Tales circunstancias son abundantísimas, pues abarcan desde las propiamente físicas hasta el entorno social, político y cultural al que pertenecen el emisor y el receptor. Así pues, si se pretende determinar la influencia de esas circunstancias situacionales en la comunicación, habrá que aislar, de entre el vasto conjunto, sólo aquellas que resulten básicas para identificar el tipo de acto comunicativo.
2. Otros elementos de la comunicación
Si se contempla el fenómeno de la comunicación lingüística desde el punto de vista de estas circunstancias situacionales, se observará que todos los factores que intervienen se interrelacionan mediante una tupida red de conexiones, de relaciones, que constituyen propiamente la situación comunicativa. Veamos cómo se producen.
Partiendo del esquema tradicional, podemos ajustar los elementos que actúan en la comunicación de la siguiente manera:
La relación hablante/escritor - oyente/lector
Cuando un hablante o un escritor inician un proceso comunicativo, producen un mensaje cuyos recursos lingüísticos están al servicio de la intención (persuadir, informar, ordenar...). Pero, entre otros muchos factores de la situación, la emisión del mensaje se basa en el conocimiento que el hablante o el escritor obtienen de su oyente o de su lector. Los datos que el emisor posee del receptor los usa para su propósito; aumenta así la eficacia del mensaje.
Si, por ejemplo, un hablante le dice a su interlocutor al hilo de la conversación: "Como usted y yo bien sabemos...", resultaría fácil suponer que el emisor busca el acuerdo o el apoyo del receptor a sus afirmaciones. El receptor, sin embargo, puede interpretar este enunciado como una adulación. El hablante debe observar por tanto al receptor, ya que un fallo en sus cálculos conseguiría el efecto contrario del que pretende.
El hablante o el escritor suelen ser emisores individuales, aunque en determinadas situaciones (una manifestación multitudinaria o cualquier otra situación coral) puede hablarse de emisor colectivo.
El receptor también suele ser individual, bien como oyente, bien como lector. Es al que se destina exclusivamente el mensaje. Sin embargo, puede ocurrir que el receptor no sea un único individuo, sino varios. Se distinguen los siguientes tipos de receptor múltiple:
- La audiencia: Es un caso intermedio entre el receptor único y el receptor múltiple, y se da cuando están presentes en el acto comunicativo oyentes casuales y pasivos. Éstos propician una suerte de doble recepción -la del receptor y la de la audiencia-, que exige mayor esfuerzo por parte del emisor para captar la atención de los que escuchan.
- El receptor colectivo: Está constituido por los oyentes o los lectores de actos comunicativos de diversa naturaleza, desde los oyentes de un conferenciante o de un mensaje televisado hasta los lectores de diarios, novelas o de cualquier tipo de mensaje público. Pese a la amplitud casi ilimitada del receptor colectivo, el emisor suele dirigir sus mensajes a un sector social determinado (los aficionados a las setas, la burguesía urbana...), restringiendo así la extensión comunicativa del mensaje.
- El receptor universal: Es una modalidad de receptor colectivo que se aplica a los receptores de mensajes literarios, generalmente lectores. Este concepto explica tanto la comunicación que un escritor entabla con los individuos de su tiempo como la que establece con aquellos lectores que reciben el texto cientos de años después de su creación y publicación. Cuando crea, el autor siempre se dirige al lector colectivo como si se tratara de un lector ideal, entendiendo éste como el modelo de receptor imaginado que mejor se ajusta a la intención comunicativa del autor.
El mensaje como texto
El mensaje es una unidad comunicativa compleja en la que inciden tanto los rasgos cinésicos o proxémicos como los estrictamente lingüísticos. Sin embargo, nos centraremos en el mensaje como texto, y nos referiremos a las circunstancias verbales que en él se observan. Consideraremos textos tanto un anuncio televisivo como un chiste, una conversación, una conferencia, un poema, una obra de teatro o una novela.
Tradicionalmente, se ha tomado la oración como unidad superior de descripción gramatical. En la actualidad, en cambio, se prefiere el texto como unidad global, estructural y de sentido. La gramática textual ha definido el texto como una unidad lingüística compleja, cerrada y de sentido completo: se entiende que el texto es complejo porque está constituido por unidades inferiores (oraciones, proposiciones, sintagmas...) que se organizan según reglas gramaticales y lógicas; es cerrado, porque se inicia y se concluye siguiendo un tema, y siempre de acuerdo con la intención del emisor y del receptor; y posee sentido completo porque su extensión, casi ilimitada, garantiza la recepción de múltiples matices significativos.
El canal del texto
En sentido amplio se entiende por canal el vehículo que transporta el mensaje desde el emisor hasta el receptor. El texto, por tanto, sólo tiene dos posibilidades de transmisión: mediante un sistema acústico, con la lengua oral, o mediante un sistema visual, con la lengua escrita, de forma que se distingue entre texto oral (el que emite el hablante y recibe el oyente) y texto escrito (el que produce el escritor y llega al lector).
Desde el punto de vista de la producción, el hablante y el escritor disponen respectivamente de ventajas e inconvenientes que condicionan la realización de los textos, por ejemplo:
- El hablante goza de señales paralingüísticas (tono de voz, gestos) que le son negadas al escritor. El hablante procesa su emisión de mensajes bajo circunstancias de presión que lo condicionan. Así, ha de controlar lo que acaba de decir y comprobar si concuerda con su intención. Además, debe planear el siguiente enunciado y, simultáneamente, vigilar la recepción como oyente.
- El escritor, por el contrario, dispone de facilidades para redactar, ya que puede repasar lo escrito y puede realizar pausas para reflexionar, sin preocuparse de que le interrumpan. Por añadidura, dispone de tiempo para seleccionar el léxico y la forma de su discurso.
Finalmente, el hablante disfruta de otros beneficios como la posibilidad de observar a su interlocutor para modificar lo que dice, para adaptarlo al oyente. El escritor no tiene acceso a la reacción de sus receptores y ha de imaginarla.
El código
Al hablar de lenguaje verbal, se suele entender por código el conjunto de signos lingüísticos y de reglas que los relacionan. El acuerdo del emisor y el receptor sobre el uso de un determinado código asegura la correcta construcción del mensaje y su adecuada interpretación. Las distintas lenguas naturales que se conocen en el mundo son códigos lingüísticos con sus propios signos y sus propias normas.
La utilización de un código lingüístico, de una lengua, exige determinadas destrezas que no todos los hablantes desarrollan por igual. El dominio de la lengua requiere un complejo proceso de aprendizaje. La asimilación que permite usar un idioma está determinada por las capacidades individuales del hablante y, sobre todo, por sus posibilidades sociales. Así, atendiendo a estas condiciones, hablaremos de dos tipos de códigos:
- Código restringido: se aplica a los mensajes que emplean un reducido número de recursos expresivos de los muchos que ofrece la lengua. Estos mensajes suelen producirse entre hablantes de escasa formación cultural y de estratos sociales deprimidos.
- Código elaborado: se aplica a aquellos mensajes que emplean la lengua con variedad, corrección, propiedad y elegancia.
Las distinciones entre código restringido y código elaborado sirven para establecer las diferencias de empleo de la lengua en sus distintos niveles de uso. Es decir, ayudan a diferenciar los estratos de uso lingüístico del hablante, según sus capacidades (nivel culto o nivel vulgar), o dependiendo de otros rasgos situacionales (nivel familiar o nivel coloquial).
viernes, 20 de junio de 2014
El contexto social, ideológico y estético de la literatura del siglo XX
1. Las transformaciones sociales e ideológicas
La llamada "aceleración de la historia" da al siglo XX un ritmo vertiginoso. De fines del siglo XIX a la década de los ochenta del XX, el mundo sufrió las más profundas transformaciones: dos guerras mundiales, modificación de los mapas, fuertes convulsiones sociales, ebullición de ideologías, desarrollo fulgurante de las ciencias y de la tecnología, vertiginoso sucesión de "ismos " artísticos y literarios... Comenzaremos por atender a la evolución social e ideológica (dos procesos íntimamente enlazados entre sí y con el acontecer económico y político), distinguiendo tres etapas:
a) Hasta la Primera Guerra Mundial: Los años que median entre 1895 y la guerra de 1914-1918 son una encrucijada para Europa. Por un lado, se alcanza una cima en el proceso de expansión económica iniciado en el siglo XIX: segunda revolución industrial, gran capitalismo, afianzamiento de los grandes imperios coloniales... En consecuencia, la burguesía vive una etapa de esplendor, confiada en el progreso y en la consolidación de sus ideales; es, para ella, "la belle époque". Como contrapunto, la masas obreras, cada vez más extensas y encuadradas en sindicatos de fuerza creciente, luchan por mejorar sus condiciones de vida y por un cambio revolucionario de las estructuras sociales.
Todo ello supone, en el plano ideológico, un enfrentamiento de intensidad progresiva entre los credos liberales y los socialistas.
La guerra del 14 cerrará esta etapa. De ella saldrá Europa profundamente transformada y, a la vez, debilitada; la hegemonía mundial pasará a los Estados Unidos y al Japón. Por otra parte, durante la guerra, en 1917, ha triunfado en Rusia la revolución comunista. En adelante, la oposición de fuerzas en el mundo será de dimensiones muy distintas a las vistas con anterioridad. No es exagerado decir que comienza una nueva etapa de la historia contemporánea.
b) El período de entreguerras: Tras el consiguiente colapso económico, se asiste, pasado 1920, a una recuperación y un ambiente de esperanzas, de euforia: son los happy twenties, los felices años veinte. Sin embargo, ello no impide ver las fuertes tensiones sociales e ideológicas subyacentes. El comunismo (escindido del socialismo en la IIIª Internacional, 1920) se endurece poco después son Stalin. Enfrente surge el fascismo italiano (1922, Mussolini en el poder). Todo parece anunciar un debilitamiento de la democracia liberal. Y, en efecto, el crack de la bolsa de Nueva York en 1929, cuyas ondas no tardan en llegar a Europa, denuncia una honda crisis del sistema capitalista. El panorama económico y social se ennegrece: recesión, bancarrota, millones de parados... De los felices años veinte hemos pasado a los dark thirties, los sombríos años treinta.
En este clima, Hitler toma el poder el Alemania (1933). En cambio, en Francia se implantará el Frente Popular (1936). Se llega así al ápice de los enfrentamientos sociales e ideológicos. Y ello, unido a un exacerbamiento de los nacionalismos, conducirá a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), de la que Europa -tras haber perdido cincuenta millones de hombres- saldrá, una vez más, destrozada.
c) Tras la Segunda Guerra Mundial: Siguen años angustiosos. El occidente europeo se halla como aprisionado entre dos grandes bloques: los Estados Unidos y la Europa comunista. Las dos ideologías rivales -capitalismo y socialismo- se encarnan ahora en dos gigantes. Son los años de la guerra fría.
La recuperación europea se iniciará gracias, en gran parte, a la ayuda de Norteamérica (Plan Marshall, 1947), de cuyos capitales será Europa, en lo sucesivo, fuertemente tributaria, pese a los esfuerzos por fortalecer la conciencia europea y la unidad económica (Consejo de Europa, 1949; Mercado Común, 1957).
En lo ideológico, los enfrentamientos parecen suavizarse hacia 1960. A la guerra fría sucede la coexistencia pacífica. El comunismo ruso adopta posiciones menos combativas (en parte, a consecuencia del auge de China). Algunos partidos socialistas occidentales moderan igualmente sus tesis y derivan hacia la social-democracia.
En lo social -paralelamente-, Europa ha accedido a un neocapitalismo que supone una nueva consolidación de la burguesía, a costa, sin embargo, de concesiones a los trabajadores: mejoras salariales y de las condiciones de trabajo, seguridad social, etc. Se desemboca, en fin, en la sociedad de consumo. Pero la indudable prosperidad material aparecerá pronto acompañada de un nuevo y hondo malestar ante nuevas formas de alienación: la presión de la publicidad que impulsa a consumir más y por ello obliga a trabajar más (pluriempleo); la degradación de la calidad de vida (agobios, contaminación).
Como respuesta a ello, surgen nuevos movimientos de izquierda revolucionaria que intentan despertar la conciencia de las masas "adormecidas" por la sociedad de consumo y replantean una revolución total (mayo del 68, Francia).
Finalmente, la crisis energética de 1973, con sus secuelas de inflacción, recesión y paro, sitúa de nuevo a la sociedad europea en una grave encrucijada y ante nuevas angustias.
2. La evolución del pensamiento científico
Desde fines del siglo XIX, una serie de descubrimientos lleva a un profundo replanteamiento del pensamiento científico. Como nota general, cabe afirmar que se resquebrajan los presupuestos sobre los que se había asentado la ciencia moderna y que habían culminado en el pensamiento positivista. Los científicos del siglo XIX creían haber establecido unos métodos seguros y una imagen exacta del universo; tales métodos y tal imagen van a quedar radicalmente transformados por los nuevos hallazgos de la matemática y de la lógica (Cantor, Frege, Russell, Carnap, Gödel...), pero sobre todo por los nuevos descubrimientos de la física, que echa por tierra la concepción newtoniana del universo.
Son decisivas, en este sentido, las teorías sobre la estructura de la materia y sobre la energía: desde el descubrimiento de los rayos X (Röntgen, 1895) y del radio (los Curie, 1896), se van sucediendo la aparición de la física "quántica" (Planck, 1900), la teoría sobre el átomo de Rutherford (1911), los estudios sobre la radiactividad artificial de Joliot-Curie, etc., que conducirán a la física atómica y sus tremendas aplicaciones posteriores. Paralelamente, son incalculables las repercusiones de la teoría de la relatividad, expuesta por Einstein entre 1905 y 1915. La ciencia, a partir de estos años, se encuentra ante una realidad cambiante y complejísima; la seguridad positivista será sustituida por la idea de "indeterminación" (Heisenberg). Ya no se puede afirmar que una teoría sea ni verdadera ni falsa; sólo se puede decir si es útil.
Los abismos teóricos ante los que se halla el pensamiento científico no impiden, por supuesto, el espectacular avance de las ciencias en sus aplicaciones concretas. El meteórico avance técnico transforma la faz del mundo: la radio y la televisión abren nuevos horizontes a la comunicación humana; el automóvil (1885) y el avión (1903) facilitan los intercambios de todo tipo; el cohete y los satélites artificiales inician la "conquista del espacio" (1957, primer Sputnik; 1969, llegada del primer hombre a la Luna). Los avances de la química abren la "era de los plásticos" (nylon, 1935). Los hallazgos de la física hacen posibles el rayo "laser", el cerebro electrónico, el robot y las bombas más temibles. Por su parte, la biología y la medicina inscriben en su haber las vitaminas (1911), las sulfamidas (1935), los antibióticos (Fleming descubre la penicilina en 1929), o los órganos artificiales, los trasplantes (1967), a la vez que sus investigaciones sobre la célula o el cerebro abren insospechadas posibilidades, esperanzadoras o inquietantes.
En unos pocos decenios se ha ensanchado prodigiosamente el dominio del hombre sobre la materia, pero también han aparecido graves amenazas para la vida humana: guerra nuclear, contaminación, deshumanización, nuevas posibilidades de control de la conducta o de la mente... Y con ello, nuevos motivos de angustia, que se añaden a los antes citados (el malestar social y cultural): recuérdese la estremecedora carta que ya en 1950 dirigía el propio Einstein al presidente de los EEUU, sobre el peligro de destrucción del planeta; o las más recientes y dramáticas advertencias de los ecólogos.
3. La evolución del pensamiento filosófico
La filosofía vive a principios del siglo XX una crisis paralela a la de la ciencia: común a ambas, en efecto, es la superación del positivismo, que se empareja -en el terreno filosófico- con la superación del racionalismo.
De ahí que, por una parte, la filosofía se preocupe por establecer nuevos enfoques y nuevos métodos para analizar la realidad: aparición de la fenomenología (Husserl) y desarrollo de la epistemología (muy ligada a las investigaciones lógico-matemáticas). En una línea semejante se situará más tarde el estructuralismo, que, habiendo logrado sus primeros frutos en la lingüística, es aceptado en otros campos como modelo metodológico para poner al descubierto las estructuras a que responde el quehacer humano y social (así, en psicología, antropología, sociología, historia...).
Pero, por otra parte, es aún más sintomático el auge de las corrientes irracionalistas. En efecto, desde principios de siglo alcanzan gran difusión doctrinas de este tipo iniciadas antes, algunos de cuyos portavoces pueden considerarse precursores del pensamiento contemporáneo: son Schopenhauer (1788-1860), para quien el mundo se movía impulsado por una voluntad ciega e irracional; o Kierkegaard (1813-1855), con su vitalismo angustiado; o Nietzsche (1844-1900), que exaltaba los impulsos vitales sobre la razón.
Así se constituyen en el siglo XX unas filosofías vitalistas, entra las que se situaría, aparte del pragmatismo de W. James o el historicismo de Dilthey, el pensamiento de Henri Bergson (1859-1941), para quien la realidad es algo dinámico que no puede apresar la razón, sino la intuición (ideas que hallarán un eco en el pensamiento poético de Antonio Machado).
Las corrientes vitalistas (en cuya estela se situarán también Unamuno y Ortega) desembocan más tarde en el existencialismo, uno de los grandes movimientos filosóficos del siglo XX. Con Kierkegaard, entre otros, como precedente, el existencialismo se halla presidido por el alemán Martin Heidegger y el francés Jean-Paul Sartre. Frente a las filosofías esencialistas (las que giran en torno a la "esencia" del hombre), Heidegger proclama que tal esencia se reduce a su "existencia". El ser del hombre es un "estar en el mundo", como arrojado ahí, sin razón, y abocado a la muerte (el hombre es un "ser para la muerte"). Asumida tal condición con "autenticidad", conlleva inevitablemente la angustia existencial. Sartre desarrollaría las razones de esa angustia e insistiría en lo absurdo de la existencia, ideas que expone no sólo en su obra filosófica, sino también en su producción literaria.
Volviendo a los albores del siglo XX, debe destacarse el nacimiento de las doctrinas de Sigmund Freud (1856-1939), por el profundo eco que alcanzarían en el campo de las letras. En medio de la citada atmósfera de irracionalismo, Freud se sumerge, precisamente, en el análisis de los impulsos irracionales (o subconscientes) del hombre y nos deja -junto a sus técnicas de psicoanálisis- una nueva concepción de la personalidad. El hombre, según Freud, está regido por unos impulsos elementales que lo orientan hacia el placer, hacia la felicidad; pero a tales impulsos se opone la conciencia moral y social que los reprime y los sepulta en el subconsciente. Así se va almacenando en lo más profundo de nuestra personalidad un complejo material psíquico (deseos frustrados, impulsos reprimidos, etc.) que nos acompaña sin que lo advirtamos normalmente. Sin embargo, la presión del subconsciente orienta no pocas veces nuestra conducta, nuestras reacciones (o la creación artística y literaria); y, si su presión se hace insostenible, provoca la neurosis.
En los últimos años de su vida, Freud completó su doctrina con un análisis del malestar de la cultura, poniendo de relieve cómo la realidad social y cultural desempeña un papel capital en la represión de las ansias de felicidad del hombre. Y así, la vida del hombre es dolor, frustración, y va acompañada de una angustia semejante a la señalada por los existencialistas. El hombre buscará alivio a sus frustraciones por diversos caminos; entre ellos el arte.
Finalmente, debemos hablar del marxismo, que -aunque nacido en el siglo XIX- constituye, junto a las anteriores, una de las doctrinas más operantes en el mundo contemporáneo. El marxismo pretende ser más que una doctrina política: una total concepción del mundo. Poniéndose al idealismo, su punto de partida es la materia y el trabajo del hombre para dominar a la naturaleza (la producción). Así, la historia es un proceso dialéctico que avanza de un modo de producción a otro, mediante saltos cualitativos o cambios revolucionarios en los que se destruye un sistema viejo y se implanta uno nuevo. Los distintos sistemas vigentes, basados en la propiedad privada, han dividido a los hombres en poseedores y desheredados, en explotadores y explotados; de ahí la lucha de clases, que hace avanzar la Historia hacia una sociedad (la sociedad comunista) en que tal división desaparezca. La infelicidad y las angustias humanas tienen, pues, para el marxismo causas histórico-sociales. Y ante ello propone -junto a la teoría- una "praxis" política revolucionaria: según Marx, los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos, pero de lo que se trata es de transformarlo.
En conclusión, con puntos de partida muy distintos, pero con interesantes convergencias ocasionales, el existencialismo, el psicoanálisis y el marxismo tienen en común el ser pensamientos que se enfrentan con el vivir humano concreto. Ello explica su enorme repercusión fuera del ámbito estrictamente filosófico. Y esto es lo que aquí nos interesa: el eco que han encontrado en la literatura contemporánea, cada vez que el escritor ha intentado dar salida a los estratos más profundos de su ser, o expresar las angustias y las miserias humanas.
4. Los movimientos estéticos en Europa a principios de siglo
La crisis del pensamiento científico y filosófico encuentra un notable paralelismo en las profundas transformaciones que se operan en las artes durante los primeros lustros del siglo XX.
En todos los terrenos -junto a pervivencias de la estética anterior- surgen movimientos que rompen violentamente con los presupuestos artísticos vigentes hasta entonces. Los artistas, como los científicos o los filósofos, desechan nociones y enfoques antes sólidamente establecidos.
En la pintura, las novedades son esencialmente patentes. Se combate el academicismo realista, se supera el impresionismo. Con ritmo acelerado, van a sucederse diversos movimientos de vanguardia que proponen nuevas concepciones de la creación artística: fauvismo, expresionismo, cubismo, futurismo, arte abstracto... Los fundamentos figurativos del arte entrarán en crisis: se prescinde de la perspectiva, se distorsiona o se geometriza la figura humana. El año 1907, fecha de "Les demoiselles d'Avignon", de Picasso, puede considerarse como el hito clave de este proceso. Pronto, el cubismo del mismo Picasso, de Juan Gris o de Braque tiende a la abstracción. Y entre 1910 y 1914 aparecen las primeras obras claramente no figurativas (Kandinski, Mondrian, Klee). Un vendaval parece haber pasado por los terrenos de la pintura, como por los de la física o las matemáticas.
Notables son también las novedades de las demás artes. La arquitectura se sirve de nuevos materiales, como el hierro (Torre Eiffel, 1889) o el cemento armado, que le permiten crear nuevas estructuras, adaptadas a las nuevas necesidades de la vida pública o privada. Así, la Escuela de Chicago alza los primeros rascacielos, el austriaco Otto Wagner (Escuela de Viena) o el alemán Gropius (fundador de la Bauhaus, 1919) sientan las bases del funcionalismo o del racionalismo arquitectónicos.
La escultura rompe igualmente con la tradición. Aparecen formas más fluidas o distorsionadas, o se traducen los hallazgos del cubismo. E idéntica renovación podríamos examinar en el campo de la música (Ravel, Stravinski...).
La literatura no podía quedar al margen de estos vientos renovadores. Conviene pues reflexionar acerca del lugar y el papel del escritor en medio del panorama histórico, ideológico y cultural que hasta aquí hemos trazado.
5. El escritor en el mundo contemporáneo
En medio de las transformaciones sociales, de las mutaciones científicas y técnicas, de las angustias existenciales, etc., ¿cómo se siente instalado el escritor?
Con el Romanticismo había nacido el inconformismo del artista en una sociedad burguesa. El desacuerdo con el mundo y el sentimiento de no plenitud habían sido los ejes de la sensibilidad romántica. El poeta, perdido en un mundo que no le satisface y en el que no puede realizarse, se hallaba dominado por un sentimiento angustioso de aislamiento, de marginación, de soledad. Más tarde, con el Realismo, el escritor se enfrenta con la sociedad, frecuentemente animado de un propósito crítico que, con el Naturalismo, adquiere el signo claro de una agresión antiburguesa. Al mismo tiempo, las tendencias hacia el arte por el arte o las corrientes simbolistas venían a ser como un volver la espalda a la realidad gris y desazonante para refugiarse en un mundo de belleza y de misterio, de signo no menos antiburgués.
En el siglo XX, el lugar y el papel del escritor europeo no variarán sustancialmente. Seguimos inmersos en un ciclo cultural que se inauguró con el Romanticismo (de neorrománticos han sido calificados algunos momentos de este siglo) y con la consolidación de la sociedad capitalista. En esa sociedad, según las agudas palabras de Sartre, "el intelectual es alguien que se mete en lo que no le importa y que pretende poner en tela de juicio las verdades establecidas y las conductas que en ellas se inspiran". El escritor, en efecto, ejerce con frecuencia un papel de disidente, de conciencia crítica o angustiada del mundo que le rodea, un mundo dominado por intereses materiales que no son los suyos.
Con todo, las actitudes que adoptan los escritores pueden ser muy variadas. He aquí algunas de las más notorias:
a)- La angustia es frecuente. Ya Nietzsche había expuesto la convicción de que la existencia es absolutamente insoportable. De un sentimiento trágico de la vida arranca la línea que conduce al existencialismo. La expresión literaria de tal angustia, especialmente visible a principios de siglo y en las cercanías de las dos grandes guerras, pone al descubierto un mundo deshumanizado que, con palabras de Kafka, corrompe y degrada al hombre, nos convierte en "cosas, más que en criaturas vivas" y "nos lleva nadie sabe dónde"; un mundo absurdo (Sartre, Camus), donde el hombre se halla perdido.
b)- La esperanza religiosa puede ser una respuesta a la angustia. El escritor animado por una fe encontrará en ella razones para dar sentido a su vida; y frente a un mundo materializado, exaltará los valores espirituales. Pero, a veces, nos hallaremos ante una religiosidad conflictiva, dramática, que -como en Unamuno o en Bernanos- no excluyen aquel sentimiento trágico.
c)- Pero también cabe volver la espalda a las realidades angustiosas y buscar, por múltiples caminos, el alivio o el aturdimiento. Así, la evasión hacia el pasado, o hacia horizontes exóticos o refinados. O la exaltación de los instintos, en el cultivo, por ejemplo, de los temas eróticos. O el interés por difusas formas de misticismo o de esoterismo. Este repertorio de actitudes, que también pueden interpretarse como intentos ilusorios de romper con el mundo burgués, son características, sobre todo, de ciertas corrientes finiseculares que se prolongaron en los primeros lustros del siglo XX: decadentismo, modernismo, etc.
d)- A tales tendencias suele ir unido el esteticismo, procedente asimismo del culto al "arte por el arte" del siglo XIX. Es frecuente considerarlo como una manifestación más de la huida de la realidad, un refugiarse en la "torre de marfil"; pero también puede ser una forma de rebeldía, a su modo: ya de Baudelaire y de simbolistas como Verlaine o Rimbaud se dijo que reivindicaban la belleza como una provocación contra la mediocridad burguesa. Avanzando en el tiempo, renace el ideal de la poesía pura en los años veinte, y se propugnará incluso la "deshumanización del arte". Éstas y algunas otras tendencias formalistas posteriores no son sino variantes de una misma actitud: el escritor, subrayando su aislamiento, su dificultad de insertarse en el mundo vigente, se encierra en su creación y proclama orgullosamente su independencia y la autonomía de su arte.
e)- Cabe, en fin, la protesta social y política. Nos encontraremos entonces con una literatura comprometida que pasa del testimonio a la denuncia y que, en sus manifestaciones más radicales, se llama literatura de combate. Frecuentemente, adopta las formas de un realismo crítico y, en ocasiones, su modelo es el realismo socialista, que durante mucho tiempo fue la estética oficial en la URSS; pero la protesta social y política puede presentarse también en formas vanguardistas o nuevas (el lenguaje surrealista, los nuevos modos de expresión escénica, etc.).
Angustia, esperanza, evasión, esteticismo, protesta...: he aquí, pues, las actitudes más destacadas que puede adoptar el escritor en el mundo del siglo XX.
La llamada "aceleración de la historia" da al siglo XX un ritmo vertiginoso. De fines del siglo XIX a la década de los ochenta del XX, el mundo sufrió las más profundas transformaciones: dos guerras mundiales, modificación de los mapas, fuertes convulsiones sociales, ebullición de ideologías, desarrollo fulgurante de las ciencias y de la tecnología, vertiginoso sucesión de "ismos " artísticos y literarios... Comenzaremos por atender a la evolución social e ideológica (dos procesos íntimamente enlazados entre sí y con el acontecer económico y político), distinguiendo tres etapas:
a) Hasta la Primera Guerra Mundial: Los años que median entre 1895 y la guerra de 1914-1918 son una encrucijada para Europa. Por un lado, se alcanza una cima en el proceso de expansión económica iniciado en el siglo XIX: segunda revolución industrial, gran capitalismo, afianzamiento de los grandes imperios coloniales... En consecuencia, la burguesía vive una etapa de esplendor, confiada en el progreso y en la consolidación de sus ideales; es, para ella, "la belle époque". Como contrapunto, la masas obreras, cada vez más extensas y encuadradas en sindicatos de fuerza creciente, luchan por mejorar sus condiciones de vida y por un cambio revolucionario de las estructuras sociales.
Todo ello supone, en el plano ideológico, un enfrentamiento de intensidad progresiva entre los credos liberales y los socialistas.
La guerra del 14 cerrará esta etapa. De ella saldrá Europa profundamente transformada y, a la vez, debilitada; la hegemonía mundial pasará a los Estados Unidos y al Japón. Por otra parte, durante la guerra, en 1917, ha triunfado en Rusia la revolución comunista. En adelante, la oposición de fuerzas en el mundo será de dimensiones muy distintas a las vistas con anterioridad. No es exagerado decir que comienza una nueva etapa de la historia contemporánea.
b) El período de entreguerras: Tras el consiguiente colapso económico, se asiste, pasado 1920, a una recuperación y un ambiente de esperanzas, de euforia: son los happy twenties, los felices años veinte. Sin embargo, ello no impide ver las fuertes tensiones sociales e ideológicas subyacentes. El comunismo (escindido del socialismo en la IIIª Internacional, 1920) se endurece poco después son Stalin. Enfrente surge el fascismo italiano (1922, Mussolini en el poder). Todo parece anunciar un debilitamiento de la democracia liberal. Y, en efecto, el crack de la bolsa de Nueva York en 1929, cuyas ondas no tardan en llegar a Europa, denuncia una honda crisis del sistema capitalista. El panorama económico y social se ennegrece: recesión, bancarrota, millones de parados... De los felices años veinte hemos pasado a los dark thirties, los sombríos años treinta.
En este clima, Hitler toma el poder el Alemania (1933). En cambio, en Francia se implantará el Frente Popular (1936). Se llega así al ápice de los enfrentamientos sociales e ideológicos. Y ello, unido a un exacerbamiento de los nacionalismos, conducirá a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), de la que Europa -tras haber perdido cincuenta millones de hombres- saldrá, una vez más, destrozada.
c) Tras la Segunda Guerra Mundial: Siguen años angustiosos. El occidente europeo se halla como aprisionado entre dos grandes bloques: los Estados Unidos y la Europa comunista. Las dos ideologías rivales -capitalismo y socialismo- se encarnan ahora en dos gigantes. Son los años de la guerra fría.
La recuperación europea se iniciará gracias, en gran parte, a la ayuda de Norteamérica (Plan Marshall, 1947), de cuyos capitales será Europa, en lo sucesivo, fuertemente tributaria, pese a los esfuerzos por fortalecer la conciencia europea y la unidad económica (Consejo de Europa, 1949; Mercado Común, 1957).
En lo ideológico, los enfrentamientos parecen suavizarse hacia 1960. A la guerra fría sucede la coexistencia pacífica. El comunismo ruso adopta posiciones menos combativas (en parte, a consecuencia del auge de China). Algunos partidos socialistas occidentales moderan igualmente sus tesis y derivan hacia la social-democracia.
En lo social -paralelamente-, Europa ha accedido a un neocapitalismo que supone una nueva consolidación de la burguesía, a costa, sin embargo, de concesiones a los trabajadores: mejoras salariales y de las condiciones de trabajo, seguridad social, etc. Se desemboca, en fin, en la sociedad de consumo. Pero la indudable prosperidad material aparecerá pronto acompañada de un nuevo y hondo malestar ante nuevas formas de alienación: la presión de la publicidad que impulsa a consumir más y por ello obliga a trabajar más (pluriempleo); la degradación de la calidad de vida (agobios, contaminación).
Como respuesta a ello, surgen nuevos movimientos de izquierda revolucionaria que intentan despertar la conciencia de las masas "adormecidas" por la sociedad de consumo y replantean una revolución total (mayo del 68, Francia).
Finalmente, la crisis energética de 1973, con sus secuelas de inflacción, recesión y paro, sitúa de nuevo a la sociedad europea en una grave encrucijada y ante nuevas angustias.
2. La evolución del pensamiento científico
Desde fines del siglo XIX, una serie de descubrimientos lleva a un profundo replanteamiento del pensamiento científico. Como nota general, cabe afirmar que se resquebrajan los presupuestos sobre los que se había asentado la ciencia moderna y que habían culminado en el pensamiento positivista. Los científicos del siglo XIX creían haber establecido unos métodos seguros y una imagen exacta del universo; tales métodos y tal imagen van a quedar radicalmente transformados por los nuevos hallazgos de la matemática y de la lógica (Cantor, Frege, Russell, Carnap, Gödel...), pero sobre todo por los nuevos descubrimientos de la física, que echa por tierra la concepción newtoniana del universo.
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| Albert Einstein 1879 - 1955 |
Los abismos teóricos ante los que se halla el pensamiento científico no impiden, por supuesto, el espectacular avance de las ciencias en sus aplicaciones concretas. El meteórico avance técnico transforma la faz del mundo: la radio y la televisión abren nuevos horizontes a la comunicación humana; el automóvil (1885) y el avión (1903) facilitan los intercambios de todo tipo; el cohete y los satélites artificiales inician la "conquista del espacio" (1957, primer Sputnik; 1969, llegada del primer hombre a la Luna). Los avances de la química abren la "era de los plásticos" (nylon, 1935). Los hallazgos de la física hacen posibles el rayo "laser", el cerebro electrónico, el robot y las bombas más temibles. Por su parte, la biología y la medicina inscriben en su haber las vitaminas (1911), las sulfamidas (1935), los antibióticos (Fleming descubre la penicilina en 1929), o los órganos artificiales, los trasplantes (1967), a la vez que sus investigaciones sobre la célula o el cerebro abren insospechadas posibilidades, esperanzadoras o inquietantes.
En unos pocos decenios se ha ensanchado prodigiosamente el dominio del hombre sobre la materia, pero también han aparecido graves amenazas para la vida humana: guerra nuclear, contaminación, deshumanización, nuevas posibilidades de control de la conducta o de la mente... Y con ello, nuevos motivos de angustia, que se añaden a los antes citados (el malestar social y cultural): recuérdese la estremecedora carta que ya en 1950 dirigía el propio Einstein al presidente de los EEUU, sobre el peligro de destrucción del planeta; o las más recientes y dramáticas advertencias de los ecólogos.
3. La evolución del pensamiento filosófico
La filosofía vive a principios del siglo XX una crisis paralela a la de la ciencia: común a ambas, en efecto, es la superación del positivismo, que se empareja -en el terreno filosófico- con la superación del racionalismo.
De ahí que, por una parte, la filosofía se preocupe por establecer nuevos enfoques y nuevos métodos para analizar la realidad: aparición de la fenomenología (Husserl) y desarrollo de la epistemología (muy ligada a las investigaciones lógico-matemáticas). En una línea semejante se situará más tarde el estructuralismo, que, habiendo logrado sus primeros frutos en la lingüística, es aceptado en otros campos como modelo metodológico para poner al descubierto las estructuras a que responde el quehacer humano y social (así, en psicología, antropología, sociología, historia...).
Pero, por otra parte, es aún más sintomático el auge de las corrientes irracionalistas. En efecto, desde principios de siglo alcanzan gran difusión doctrinas de este tipo iniciadas antes, algunos de cuyos portavoces pueden considerarse precursores del pensamiento contemporáneo: son Schopenhauer (1788-1860), para quien el mundo se movía impulsado por una voluntad ciega e irracional; o Kierkegaard (1813-1855), con su vitalismo angustiado; o Nietzsche (1844-1900), que exaltaba los impulsos vitales sobre la razón.
Así se constituyen en el siglo XX unas filosofías vitalistas, entra las que se situaría, aparte del pragmatismo de W. James o el historicismo de Dilthey, el pensamiento de Henri Bergson (1859-1941), para quien la realidad es algo dinámico que no puede apresar la razón, sino la intuición (ideas que hallarán un eco en el pensamiento poético de Antonio Machado).
Las corrientes vitalistas (en cuya estela se situarán también Unamuno y Ortega) desembocan más tarde en el existencialismo, uno de los grandes movimientos filosóficos del siglo XX. Con Kierkegaard, entre otros, como precedente, el existencialismo se halla presidido por el alemán Martin Heidegger y el francés Jean-Paul Sartre. Frente a las filosofías esencialistas (las que giran en torno a la "esencia" del hombre), Heidegger proclama que tal esencia se reduce a su "existencia". El ser del hombre es un "estar en el mundo", como arrojado ahí, sin razón, y abocado a la muerte (el hombre es un "ser para la muerte"). Asumida tal condición con "autenticidad", conlleva inevitablemente la angustia existencial. Sartre desarrollaría las razones de esa angustia e insistiría en lo absurdo de la existencia, ideas que expone no sólo en su obra filosófica, sino también en su producción literaria.
Volviendo a los albores del siglo XX, debe destacarse el nacimiento de las doctrinas de Sigmund Freud (1856-1939), por el profundo eco que alcanzarían en el campo de las letras. En medio de la citada atmósfera de irracionalismo, Freud se sumerge, precisamente, en el análisis de los impulsos irracionales (o subconscientes) del hombre y nos deja -junto a sus técnicas de psicoanálisis- una nueva concepción de la personalidad. El hombre, según Freud, está regido por unos impulsos elementales que lo orientan hacia el placer, hacia la felicidad; pero a tales impulsos se opone la conciencia moral y social que los reprime y los sepulta en el subconsciente. Así se va almacenando en lo más profundo de nuestra personalidad un complejo material psíquico (deseos frustrados, impulsos reprimidos, etc.) que nos acompaña sin que lo advirtamos normalmente. Sin embargo, la presión del subconsciente orienta no pocas veces nuestra conducta, nuestras reacciones (o la creación artística y literaria); y, si su presión se hace insostenible, provoca la neurosis.
En los últimos años de su vida, Freud completó su doctrina con un análisis del malestar de la cultura, poniendo de relieve cómo la realidad social y cultural desempeña un papel capital en la represión de las ansias de felicidad del hombre. Y así, la vida del hombre es dolor, frustración, y va acompañada de una angustia semejante a la señalada por los existencialistas. El hombre buscará alivio a sus frustraciones por diversos caminos; entre ellos el arte.
Finalmente, debemos hablar del marxismo, que -aunque nacido en el siglo XIX- constituye, junto a las anteriores, una de las doctrinas más operantes en el mundo contemporáneo. El marxismo pretende ser más que una doctrina política: una total concepción del mundo. Poniéndose al idealismo, su punto de partida es la materia y el trabajo del hombre para dominar a la naturaleza (la producción). Así, la historia es un proceso dialéctico que avanza de un modo de producción a otro, mediante saltos cualitativos o cambios revolucionarios en los que se destruye un sistema viejo y se implanta uno nuevo. Los distintos sistemas vigentes, basados en la propiedad privada, han dividido a los hombres en poseedores y desheredados, en explotadores y explotados; de ahí la lucha de clases, que hace avanzar la Historia hacia una sociedad (la sociedad comunista) en que tal división desaparezca. La infelicidad y las angustias humanas tienen, pues, para el marxismo causas histórico-sociales. Y ante ello propone -junto a la teoría- una "praxis" política revolucionaria: según Marx, los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos, pero de lo que se trata es de transformarlo.
En conclusión, con puntos de partida muy distintos, pero con interesantes convergencias ocasionales, el existencialismo, el psicoanálisis y el marxismo tienen en común el ser pensamientos que se enfrentan con el vivir humano concreto. Ello explica su enorme repercusión fuera del ámbito estrictamente filosófico. Y esto es lo que aquí nos interesa: el eco que han encontrado en la literatura contemporánea, cada vez que el escritor ha intentado dar salida a los estratos más profundos de su ser, o expresar las angustias y las miserias humanas.
4. Los movimientos estéticos en Europa a principios de siglo
La crisis del pensamiento científico y filosófico encuentra un notable paralelismo en las profundas transformaciones que se operan en las artes durante los primeros lustros del siglo XX.
En todos los terrenos -junto a pervivencias de la estética anterior- surgen movimientos que rompen violentamente con los presupuestos artísticos vigentes hasta entonces. Los artistas, como los científicos o los filósofos, desechan nociones y enfoques antes sólidamente establecidos.
En la pintura, las novedades son esencialmente patentes. Se combate el academicismo realista, se supera el impresionismo. Con ritmo acelerado, van a sucederse diversos movimientos de vanguardia que proponen nuevas concepciones de la creación artística: fauvismo, expresionismo, cubismo, futurismo, arte abstracto... Los fundamentos figurativos del arte entrarán en crisis: se prescinde de la perspectiva, se distorsiona o se geometriza la figura humana. El año 1907, fecha de "Les demoiselles d'Avignon", de Picasso, puede considerarse como el hito clave de este proceso. Pronto, el cubismo del mismo Picasso, de Juan Gris o de Braque tiende a la abstracción. Y entre 1910 y 1914 aparecen las primeras obras claramente no figurativas (Kandinski, Mondrian, Klee). Un vendaval parece haber pasado por los terrenos de la pintura, como por los de la física o las matemáticas.Notables son también las novedades de las demás artes. La arquitectura se sirve de nuevos materiales, como el hierro (Torre Eiffel, 1889) o el cemento armado, que le permiten crear nuevas estructuras, adaptadas a las nuevas necesidades de la vida pública o privada. Así, la Escuela de Chicago alza los primeros rascacielos, el austriaco Otto Wagner (Escuela de Viena) o el alemán Gropius (fundador de la Bauhaus, 1919) sientan las bases del funcionalismo o del racionalismo arquitectónicos.
La escultura rompe igualmente con la tradición. Aparecen formas más fluidas o distorsionadas, o se traducen los hallazgos del cubismo. E idéntica renovación podríamos examinar en el campo de la música (Ravel, Stravinski...).
La literatura no podía quedar al margen de estos vientos renovadores. Conviene pues reflexionar acerca del lugar y el papel del escritor en medio del panorama histórico, ideológico y cultural que hasta aquí hemos trazado.
5. El escritor en el mundo contemporáneo
En medio de las transformaciones sociales, de las mutaciones científicas y técnicas, de las angustias existenciales, etc., ¿cómo se siente instalado el escritor?
Con el Romanticismo había nacido el inconformismo del artista en una sociedad burguesa. El desacuerdo con el mundo y el sentimiento de no plenitud habían sido los ejes de la sensibilidad romántica. El poeta, perdido en un mundo que no le satisface y en el que no puede realizarse, se hallaba dominado por un sentimiento angustioso de aislamiento, de marginación, de soledad. Más tarde, con el Realismo, el escritor se enfrenta con la sociedad, frecuentemente animado de un propósito crítico que, con el Naturalismo, adquiere el signo claro de una agresión antiburguesa. Al mismo tiempo, las tendencias hacia el arte por el arte o las corrientes simbolistas venían a ser como un volver la espalda a la realidad gris y desazonante para refugiarse en un mundo de belleza y de misterio, de signo no menos antiburgués.
En el siglo XX, el lugar y el papel del escritor europeo no variarán sustancialmente. Seguimos inmersos en un ciclo cultural que se inauguró con el Romanticismo (de neorrománticos han sido calificados algunos momentos de este siglo) y con la consolidación de la sociedad capitalista. En esa sociedad, según las agudas palabras de Sartre, "el intelectual es alguien que se mete en lo que no le importa y que pretende poner en tela de juicio las verdades establecidas y las conductas que en ellas se inspiran". El escritor, en efecto, ejerce con frecuencia un papel de disidente, de conciencia crítica o angustiada del mundo que le rodea, un mundo dominado por intereses materiales que no son los suyos.
Con todo, las actitudes que adoptan los escritores pueden ser muy variadas. He aquí algunas de las más notorias:
a)- La angustia es frecuente. Ya Nietzsche había expuesto la convicción de que la existencia es absolutamente insoportable. De un sentimiento trágico de la vida arranca la línea que conduce al existencialismo. La expresión literaria de tal angustia, especialmente visible a principios de siglo y en las cercanías de las dos grandes guerras, pone al descubierto un mundo deshumanizado que, con palabras de Kafka, corrompe y degrada al hombre, nos convierte en "cosas, más que en criaturas vivas" y "nos lleva nadie sabe dónde"; un mundo absurdo (Sartre, Camus), donde el hombre se halla perdido.
b)- La esperanza religiosa puede ser una respuesta a la angustia. El escritor animado por una fe encontrará en ella razones para dar sentido a su vida; y frente a un mundo materializado, exaltará los valores espirituales. Pero, a veces, nos hallaremos ante una religiosidad conflictiva, dramática, que -como en Unamuno o en Bernanos- no excluyen aquel sentimiento trágico.
c)- Pero también cabe volver la espalda a las realidades angustiosas y buscar, por múltiples caminos, el alivio o el aturdimiento. Así, la evasión hacia el pasado, o hacia horizontes exóticos o refinados. O la exaltación de los instintos, en el cultivo, por ejemplo, de los temas eróticos. O el interés por difusas formas de misticismo o de esoterismo. Este repertorio de actitudes, que también pueden interpretarse como intentos ilusorios de romper con el mundo burgués, son características, sobre todo, de ciertas corrientes finiseculares que se prolongaron en los primeros lustros del siglo XX: decadentismo, modernismo, etc.
d)- A tales tendencias suele ir unido el esteticismo, procedente asimismo del culto al "arte por el arte" del siglo XIX. Es frecuente considerarlo como una manifestación más de la huida de la realidad, un refugiarse en la "torre de marfil"; pero también puede ser una forma de rebeldía, a su modo: ya de Baudelaire y de simbolistas como Verlaine o Rimbaud se dijo que reivindicaban la belleza como una provocación contra la mediocridad burguesa. Avanzando en el tiempo, renace el ideal de la poesía pura en los años veinte, y se propugnará incluso la "deshumanización del arte". Éstas y algunas otras tendencias formalistas posteriores no son sino variantes de una misma actitud: el escritor, subrayando su aislamiento, su dificultad de insertarse en el mundo vigente, se encierra en su creación y proclama orgullosamente su independencia y la autonomía de su arte.
e)- Cabe, en fin, la protesta social y política. Nos encontraremos entonces con una literatura comprometida que pasa del testimonio a la denuncia y que, en sus manifestaciones más radicales, se llama literatura de combate. Frecuentemente, adopta las formas de un realismo crítico y, en ocasiones, su modelo es el realismo socialista, que durante mucho tiempo fue la estética oficial en la URSS; pero la protesta social y política puede presentarse también en formas vanguardistas o nuevas (el lenguaje surrealista, los nuevos modos de expresión escénica, etc.).
Angustia, esperanza, evasión, esteticismo, protesta...: he aquí, pues, las actitudes más destacadas que puede adoptar el escritor en el mundo del siglo XX.
lunes, 9 de junio de 2014
El concepto de la comunicación
Se entiende por comunicación el traslado de información de un punto a otro del espacio. Esta definición abarca todos los procesos comunicativos posibles: resulta válida para explicar la comunicación que entablan las plantas mediante el intercambio de polen o la que se produce en una conversación, por citar dos ejemplos clásicos.
Para que se establezca comunicación, son imprescindibles los siguientes elementos:
Comprender un acto de comunicación consiste en observar las relaciones entre dichos elementos, relaciones que serán más abundantes y sutiles cuanto más complejo sea el proceso comunicativo. Éste es el caso de la comunicación humana.
El hombre ha desarrollado variados procedimientos para comunicarse. De todos ellos, la comunicación verbal ha demostrado ser el procedimiento más eficaz, pero también el más complejo. Su éxito estriba en una capacidad humana llamada lenguaje, que nos ha permitido concebir múltiples sistemas de comunicación, las lenguas, las cuales generan ilimitados signos a partir de un limitado número de elementos.
Otro factor del éxito de la comunicación verbal se basa en el apoyo que recibe de recursos no verbales.
1. Imagen y palabra
La asociación entre imagen y palabra se remonta a los orígenes del lenguaje. Así se deduce de los estudios sobre el comportamiento comunicativo de algunas especies de monos, que emplean señales acústicas y señales visuales (gestos), para relacionarse con sus congéneres; lo confirma, asimismo, la pervivencia entre los hombres de gestos y posturas que acompañan la conversación. La relación entre imágenes y palabras también ha ido dejando a lo largo de la historia múltiples testimonios de comunicación escrita (libros ilustrados, pinturas con textos, tebeos...).
En nuestra época, con los medios de comunicación de masas (cine, televisión...), la importancia de los mensajes mixtos se han multiplicado hasta posibilidades aún difíciles de estimar.
Las relaciones que se establecen en estos mensajes mixtos son de dos tipos:
Estas relaciones sirven para explicar algunas de las posibilidades de los mensajes mixtos en conversaciones o en anuncios de vallas publicitarias, por ejemplo. Sin embargo, la redundancia y la complementariedad son insuficientes para explicar relaciones más complejas, como las que se producen en otros mensajes mixtos. Es el caso del cine o de los anuncios de televisión: desde el cine mudo, los realizadores de películas han creado un lenguaje visual que, mediante una serie de convenciones fílmicas, simplifica el relato y permite con economía de recursos una mayor eficacia comunicativa. Por ejemplo, la imagen de un reloj al que se le mueven rápidas las manillas indica que han pasado unas horas en la acción interna de la película; si vemos caer las hojas de un calendario, interpretamos el paso de días o de meses; cuatro instantáneas de un paisaje, una por cada estación, muestran que ha transcurrido un año. Estos ejemplos son tan solo una breve representación de los numerosos signos visuales que emplea el lenguaje del cine.
2. La comunicación no verbal
En las últimas décadas se ha multiplicado el interés de los lingüistas por los fenómenos no verbales que intervienen en los actos de comunicación verbal. Durante una conversación, por ejemplo, el emisor y el receptor acompañan su intercambio de palabras con variados rasgos (tono, expresión facial, posturas, gestos, actitudes, etc.), que desempeñan un relevante papel significativo. De hecho, algunos de los especialistas que se han interesado por el estudio de estas conductas (psicólogos, psiquiatras, antropólogos, etólogos), opinan que la palabra no llega a representar ni el cincuenta por ciento del mensaje comunicativo en una conversación. Con la intención de estudiar los mensajes no verbales que surgen en un acto de habla se han desarrollado algunas disciplinas experimentales muy interesantes:
- La cinésica (del griego kiné = movimiento) se propone estudiar el significado que adquieren las posturas corporales, las expresiones faciales y los comportamientos gestuales producidos en situaciones comunicativas características (el galanteo, el saludo).
- La proxémica intenta analizar cómo se estructuran y se organizan las relaciones espaciales de los individuos durante la comunicación. Así, factores como la distancia entre los interlocutores durante una conversación o la tendencia a ocupar lugares fijos cobran un valor altamente significativo. Normalmente estas conductas espaciales son distintas en cada cultura.
- El paralenguaje manifiesta la influencia en la comunicación verbal de todos los elementos fónicos que, sin ser propiamente lingüísticos, actúan en el acto de habla. Algunos de estos elementos eran estudiados por las gramáticas, como las interjecciones (¡eh!, ¡ay!). Pero también se estudian otros que no se consideraban en la tradición gramatical, por ejemplo, las emisiones vocales (ejem, bumm, psch), las pausas, la lentitud o la rapidez en la dicción.
3. La comunicación verbal
Comunicación verbal y comunicación lingüística son términos sinónimos que sirven para referirse a la relación que establecen los hombre entre sí por medio del lenguaje. Tradicionalmente, los estudios sobre el lenguaje se aplicaban a la observación del signo lingüístico y de sus relaciones con otros signos lingüísticos. La lingüística sería, entonces, una disciplina inscrita en otra más amplia que se denomina Semiología o Semiótica y que se define como la ciencia que estudia los signos.
Esta visión del fenómeno lingüístico en la comunicación ha orientado el interés científico hacia el mensaje y su organización fónica, morfosintáctica y semántica. Dichos criterios gramaticales son importantes; sin embargo, en el mensaje aparecen otros muchos rasgos relevantes para interpretar el acto comunicativo que no se explican gramaticalmente.
Para que se establezca comunicación, son imprescindibles los siguientes elementos:
Comprender un acto de comunicación consiste en observar las relaciones entre dichos elementos, relaciones que serán más abundantes y sutiles cuanto más complejo sea el proceso comunicativo. Éste es el caso de la comunicación humana.
El hombre ha desarrollado variados procedimientos para comunicarse. De todos ellos, la comunicación verbal ha demostrado ser el procedimiento más eficaz, pero también el más complejo. Su éxito estriba en una capacidad humana llamada lenguaje, que nos ha permitido concebir múltiples sistemas de comunicación, las lenguas, las cuales generan ilimitados signos a partir de un limitado número de elementos.
Otro factor del éxito de la comunicación verbal se basa en el apoyo que recibe de recursos no verbales.
1. Imagen y palabra
La asociación entre imagen y palabra se remonta a los orígenes del lenguaje. Así se deduce de los estudios sobre el comportamiento comunicativo de algunas especies de monos, que emplean señales acústicas y señales visuales (gestos), para relacionarse con sus congéneres; lo confirma, asimismo, la pervivencia entre los hombres de gestos y posturas que acompañan la conversación. La relación entre imágenes y palabras también ha ido dejando a lo largo de la historia múltiples testimonios de comunicación escrita (libros ilustrados, pinturas con textos, tebeos...).
En nuestra época, con los medios de comunicación de masas (cine, televisión...), la importancia de los mensajes mixtos se han multiplicado hasta posibilidades aún difíciles de estimar.
Las relaciones que se establecen en estos mensajes mixtos son de dos tipos:
- De complementariedad: cuando la parte icónica del mensaje amplía la información de la parte verbal.
- De redundancia: cuando la parte icónica y la parte verbal expresan el mismo mensaje.
Estas relaciones sirven para explicar algunas de las posibilidades de los mensajes mixtos en conversaciones o en anuncios de vallas publicitarias, por ejemplo. Sin embargo, la redundancia y la complementariedad son insuficientes para explicar relaciones más complejas, como las que se producen en otros mensajes mixtos. Es el caso del cine o de los anuncios de televisión: desde el cine mudo, los realizadores de películas han creado un lenguaje visual que, mediante una serie de convenciones fílmicas, simplifica el relato y permite con economía de recursos una mayor eficacia comunicativa. Por ejemplo, la imagen de un reloj al que se le mueven rápidas las manillas indica que han pasado unas horas en la acción interna de la película; si vemos caer las hojas de un calendario, interpretamos el paso de días o de meses; cuatro instantáneas de un paisaje, una por cada estación, muestran que ha transcurrido un año. Estos ejemplos son tan solo una breve representación de los numerosos signos visuales que emplea el lenguaje del cine.
2. La comunicación no verbal
En las últimas décadas se ha multiplicado el interés de los lingüistas por los fenómenos no verbales que intervienen en los actos de comunicación verbal. Durante una conversación, por ejemplo, el emisor y el receptor acompañan su intercambio de palabras con variados rasgos (tono, expresión facial, posturas, gestos, actitudes, etc.), que desempeñan un relevante papel significativo. De hecho, algunos de los especialistas que se han interesado por el estudio de estas conductas (psicólogos, psiquiatras, antropólogos, etólogos), opinan que la palabra no llega a representar ni el cincuenta por ciento del mensaje comunicativo en una conversación. Con la intención de estudiar los mensajes no verbales que surgen en un acto de habla se han desarrollado algunas disciplinas experimentales muy interesantes:
- La cinésica (del griego kiné = movimiento) se propone estudiar el significado que adquieren las posturas corporales, las expresiones faciales y los comportamientos gestuales producidos en situaciones comunicativas características (el galanteo, el saludo).
- La proxémica intenta analizar cómo se estructuran y se organizan las relaciones espaciales de los individuos durante la comunicación. Así, factores como la distancia entre los interlocutores durante una conversación o la tendencia a ocupar lugares fijos cobran un valor altamente significativo. Normalmente estas conductas espaciales son distintas en cada cultura.
- El paralenguaje manifiesta la influencia en la comunicación verbal de todos los elementos fónicos que, sin ser propiamente lingüísticos, actúan en el acto de habla. Algunos de estos elementos eran estudiados por las gramáticas, como las interjecciones (¡eh!, ¡ay!). Pero también se estudian otros que no se consideraban en la tradición gramatical, por ejemplo, las emisiones vocales (ejem, bumm, psch), las pausas, la lentitud o la rapidez en la dicción.
3. La comunicación verbal
Comunicación verbal y comunicación lingüística son términos sinónimos que sirven para referirse a la relación que establecen los hombre entre sí por medio del lenguaje. Tradicionalmente, los estudios sobre el lenguaje se aplicaban a la observación del signo lingüístico y de sus relaciones con otros signos lingüísticos. La lingüística sería, entonces, una disciplina inscrita en otra más amplia que se denomina Semiología o Semiótica y que se define como la ciencia que estudia los signos.
Esta visión del fenómeno lingüístico en la comunicación ha orientado el interés científico hacia el mensaje y su organización fónica, morfosintáctica y semántica. Dichos criterios gramaticales son importantes; sin embargo, en el mensaje aparecen otros muchos rasgos relevantes para interpretar el acto comunicativo que no se explican gramaticalmente.
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