domingo, 10 de febrero de 2013

El Quijote

En 1605, cuando ya Cervantes tenía 57 años, se publicó en Madrid la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El éxito fue fulgurante: en el mismo año se hicieron seis ediciones más y pronto se empezaron a realizar diversas traducciones. Diez años más tarde, Cervantes publicó la segunda parte de la novela.

Las aventuras de un supuesto caballero andante
El Quijote es, en principio, una parodia, una imitación burlesca de los libros de caballerías. El propio Cervantes formula así su propósito al escribir su novela:

No ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las que mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo, sin duda alguna.


La novela narra las aventuras y peripecias que vive la pareja protagonista -don Quijote y Sancho Panza- y consta de dos partes.

En la primera parte se narran las aventuras de don Quijote en sus dos primeras salidas de la aldea. Alonso Quijano, un hidalgo pobre y pacífico, se vuelve loco a fuerza de leer libros de caballerías y decide salir por el mundo en busca de aventuras convertido en caballero andante. Como hacen los héroes de los libros caballerescos, elige un nombre para él, don Quijote de la Mancha, y otro para su caballo, Rocinante, y es armado caballero en una venta, que él toma por castillo. Todo caballero necesita un escudero, y don Quijote elige a Sancho, un aldeano vecino suyo. Y como "un caballero andante sin amores es árbol sin hojas", convierte a Aldonza Lorenzo, una aldeana, en su dama bajo el nombre de Dulcinea del Toboso. Don Quijote, acompañado por su escudero, recorre las tierras de España, dispuesto a arriesgar su vida en defensa de los débiles para implantar la justicia en la Tierra.
En toda esta primera parte predomina el tema del engaño a los sentidos: don Quijote transforma la realidad y ve gigantes donde sólo hay molinos, ejércitos poderosos donde hay rebaños de ovejas y confunde las humildes ventas con castillos. Este hecho da origen a episodios tan conocidos como el de los molinos de viento, los rebaños o los cueros de vino tinto. Entre los episodios de esta primera parte se intercalan diversas novelas, como la de El curioso impertinente o El cautivo.
En la segunda parte de El Quijote se relatan las aventuras de don Quijote y Sancho en su tercera salida de la aldea. Don Quijote, al conocer que se han hecho famosas sus hazañas, decide salir de nuevo en busca de aventuras con la bendición de su dama Dulcinea del Toboso.


Litografía de Salvador Dalí
El artista catalán plasma en esta obra su visión del caballero.
En esta segunda parte, el caballero se muestra más realista, y así, cuando Sancho le presenta a tres labradoras para hacerle creer que se trata de Dulcinea y sus doncellas, él asegura que sólo ve "a tres labradoras sobre tres borricos". En realidad, se ha producido un cambio radical: don Quijote no se engaña, sino que sufre el engaño de otras personas, entre las que se cuentan su propio escudero y los Duques que le alojan cuando va por tierras aragonesas de camino hacia Barcelona. Es precisamente otro engaño el que desencadena el fin de la obra: un vecino suyo, disfrazado como Caballero de la Blanca Luna, le vence y le obliga a regresar derrotado a su pueblo.
Ya en casa, don Quijote recobra el juicio, abomina de los libros de caballerías y, poco antes de morir, se reconoce simplemente como un hombre bueno:

Yo fui loco y soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.

Estilo: llaneza frente a artificiosidad
El estilo de Cervantes, fluido y natural de acuerdo con el ideal renacentista, se manifiesta en El Quijote en toda su riqueza. Él mismo expresaba así su gusto por la naturalidad:

¡Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala!

Precisamente por ello, Cervantes parodia en El Quijote el estilo pretencioso y arcaizante de los libros de caballerías:

Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos...

Es notable la gran versatilidad de Cervantes para adaptar su lenguaje a la situación y al personaje. Así, don Quijote se expresa en un lenguaje culto y arcaizante, lo que resultaba muy cómico para los lectores de su tiempo, pues entonces ya no se hablaba así:

Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

En cambio, Sancho Panza se expresa en el lenguaje del pueblo, salpicado de dichos y refranes:

Yo quiero saber lo que gano, poco o mucho que sea; que sobre un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se pierde nada.


Significación de El Quijote: dos personajes universales
El Quijote es una obra maestra, una de las novelas más leídas y valoradas en todo el mundo y en todas las épocas.
Cervantes, que había cultivado distintos tipos de novela, crea con El Quijote una obra rica y completa que rompe los moldes establecidos y describe la realidad de su tiempo con toda su variedad.
Sus personajes centrales son dos figuras universales. Don Quijote encarna el idealismo: el deseo de justicia, la valentía, el amor. Sancho, en cambio, representa el materialismo, el espíritu práctico. Si don Quijote actúa movido por su bondad y sus altos ideales, Sancho aspira a llenar su estómago y alcanzar el bienestar material.
Ahora bien, don Quijote y Sancho son personajes vivos, que evolucionan y se enriquecen a lo largo de la novela, de modo que don Quijote se va haciendo más realista y Sancho más idealista. Y así, cuando don Quijote está en el lecho de muerte una vez que ha recuperado el juicio, Sancho le anima con estas razones:

No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo, vestidos de pastores, como tenemos concertado; quizás tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuesa merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

Es precisamente la profunda humanidad de los protagonistas lo que les ha dado fama inmortal: todo el mundo comprende a don Quijote y a Sancho porque, juntos, representan esa doble y contradictoria personalidad que todos llevamos dentro, idealista y generosa por una parte, materialista y práctica por otra.

Pervivencia de El Quijote
Desde su misma publicación, El Quijote ha gozado de un permanente éxito en todo el mundo. Su influencia ha sido muy profunda sobre todo en los escritores románticos, que veían en la obra un reflejo muy certero de la naturaleza humana; en los novelistas del realismo, para quienes era un modelo, y en los escritores de la Generación del 98, que encarnaron en la figura de don Quijote su intento de regeneración espiritual de la sociedad.

miércoles, 30 de enero de 2013

Cervantes novelista

Cervantes es, ante todo, un maestro en el arte de narrar historias. Puede afirmarse que con él -sin olvidar el precedente del Lazarillo de Tormes- comienza en España la novela moderna. Además de El Quijote, su obra más conocida, escribió La Galatea, las Novelas ejemplares y Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

La Galatea, una obra pastoril
La Galatea, la primera novela publicada por Cervantes, es una novela pastoril. En ella el autor reproduce las situaciones propias de este género tan en boga en el Renacimiento. El tema de la obra son los amores desdichados de unos pastores -que representan a personajes reales de la época- en el marco de una naturaleza idílica.

Por los infinitos y ricos dones con que el Cielo a Galatea había adornado, fue querida y con entrañable ahínco amada de muchos pastores y ganaderos que por las riberas del Tajo su ganado apacentaban; entre los cuales se atrevió a quererla el gallardo Elicio, con tan puro y sincero amor cuanto la virtud y honestidad de Galatea permitían. De Galatea no se entiende que aborreciese a Elicio, ni menos que le amase; porque a veces, casi como convencida y obligada a los muchos servicios de Elicio, con algún honesto favor se le subía al cielo, y otras veces, sin tener cuenta con esto, de tal manera le desdeñaba, que el enamorado pastor la suerte de su estado apenas conocía. No eran las buenas partes y virtudes de Elicio para aborrecerse, ni la hermosura, gracia y bondad de Galatea para no amarse. Por lo uno, Galatea no desechaba de todo punto a Elicio; por lo otro, Elicio no podía, no debía, ni quería olvidar a Galatea.

La Galatea está escrita con un lenguaje culto y muy cuidado.

Las Novelas ejemplares
Las Novelas ejemplares, escritas en diversos momentos de la vida del autor, pertenecen al género de la llamada novela corta. Cervantes, dirigiéndose al lector, explica por qué las denominó "ejemplares":

Heles dado el nombre de Ejemplares, y, si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso; y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas como de cada una de por sí.

Las Novelas ejemplares pueden clasificarse en dos series: una de corte idealista y otra con predominio del realismo.

  • Las Novelas ejemplares de corte idealista son novelas de intriga con personajes aristocráticos. Entre ellas destacan La Gitanilla, La ilustre fregona o La española inglesa. La Gitanilla, la más conocida de las Novelas ejemplares, narra con gracia y vivacidad la vida de unos gitanos, entre los que vive una hermosa joven a la que llaman Preciosa. Un caballero llamado Juan de Cárcamo se enamora de Preciosa, abandona su mundo y sigue a los gitanos hasta que se descubre que la joven es hija de un corregidor y que había sido raptada de pequeña.
  • Las Novelas ejemplares con predominio del realismo son las más características de Cervantes. Presentan con soltura y vivacidad personajes marginales y ambientes sociales bajos. Las más logradas son El celoso extremeño, sobre el tema del matrimonio desigual entre un viejo y una joven; El coloquio de los perros, en el que un perro narra sus aventuras con diferentes amos; y, especialmente, Rinconete y Cortadillo, en la que Cervantes pinta magistralmente el mundo del hampa sevillana:
-¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?
-Sí -respondió él- para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados: que todavía estoy en el año del noviciado.
A lo que respondió Cortado:
-Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente.
A lo cual respondió el mozo:
-Señor, yo no me meto en teologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.
-Sin duda -dijo Rincón- debe ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios.
-Es tan santa y buena -replicó el mozo-, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtáremos demos alguna cosa o limosna para el aceite de la lámpara de una imagen muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra.

El Persiles, una novela bizantina
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, última obra salida de la pluma de Cervantes, es una novela bizantina, un tipo de novela que narra un sinfín de aventuras fantásticas ocurridas en lugares exóticos. El tema central es el amor.
La novela cuenta las peripecias de dos enamorados, los príncipes Persiles y Sigismunda, en su viaje a Roma, ciudad en la que piensan contraer matrimonio. Desde sus lejanas tierras, en el norte de Europa, los enamorados recorren diversos países, incluida España, y sufren infinidad de "trabajos" -naufragios, separaciones, raptos...- hasta llegar a Roma, donde finalmente se casan.
El Persiles es una obra llena de símbolos: representa la peregrinación de la humanidad desde las tinieblas -las tierras nórdicas- hasta la luz, encarnada por el mundo mediterráneo y por Roma, capital del cristianismo. Presenta, por tanto, una visión optimista del mundo, en el que triunfan los ideales.

miércoles, 23 de enero de 2013

Cervantes, poeta y dramaturgo

La producción de Cervantes es muy extensa y abarca prácticamente todos los géneros: lírica, teatro y narrativa.
Como poeta, Cervantes escribió sonetos, canciones, letrillas, romances y otras composiciones, que con frecuencia intercalaba en otras obras.
En un juicio demasiado estricto de sí mismo y de su obra -se consideraba poco dotado para la poesía-, él mismo escribe en su obra Viaje del Parnaso:

Yo que siempre me afano y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.

Sin embargo, escribió poemas destacables, como por ejemplo, el romance El desdén, al que pertenecen estos versos:

A tus desdenes, ingrata,
tan usado está mi pecho
que de ellos ya se sustenta
como el áspid del veneno.
En tu amor pensé anegarme,
pensé abrasarme en tu fuego;
mas ya no temo a tus brasas,
tampoco a tus hielos temo.
Tormentas me son bonanzas
y duros naufragios puertos;
como simple mariposa,
por lo que me mata, muero.
Digiero yo tus desdenes
como el avestruz el hierro,
aunque en los míos no se halla
causa por do los merezco.

Cervantes fue también un destacado autor teatral. Su teatro se caracteriza por la profundidad en el tratamiento de los caracteres. Sin embargo, su obra dramática no ha alcanzado la resonancia que merece, oscurecida por la genialidad de sus novelas.
En vida de Cervantes se representaron con éxito, según el autor, las piezas que escribió en su primera época, en su mayoría hoy desaparecidas. Alejado por un tiempo de este género, volvió más tarde a escribir obras teatrales, pero no alcanzó ya el favor del público, que estaba entusiasmado con las obras de Lope de Vega. Así se refiere a este hecho el propio Cervantes:

... con general y gustoso aplauso de los oyentes compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron, sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritos ni baraúndas; tuve otras cosas de que ocuparme: dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica.

La primera época comprende desde 1581 hasta 1587. En estos años compuso El cerco de Numancia, obra en la que presenta la lucha del pueblo numantino por defender su libertad frente a Roma. Esta obra está considerada hoy como una de las grandes tragedias del teatro español.


La gran sultana
Representado por la Compañía Nacional de Teatro Clásico
En su segunda época escribe comedias y entremeses, que reúne en el volumen Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, publicado en 1615.

  • Las comedias se hacen eco de las innovaciones que Lope ha introducido en el arte dramático. Entre ellas destacan Los baños de Argel y La gran sultana, en la que trata el tema del cautiverio, y Pedro de Urdemalas, de ambiente pintoresco.
  • Los entremeses son breves estampas populares escritas en prosa y llenas de gracia y agudeza. En ellos siguió -y superó- el género de los pasos de Lope de Rueda. El entremés más famoso es El retablo de las maravillas, una aguda crítica de la hipocresía de la sociedad. Otros entremeses destacados son La cueva de Salamanca, El viejo celoso y El juez de los divorcios.

domingo, 20 de enero de 2013

Mi planta de naranja lima

Mi planta de naranja lima es una novela pequeña que se ha convertido en un clásico de la literatura brasileña, llevada varias veces al cine y a la televisión.
Refleja la pobreza, la marginalidad, el maltrato, así como la ternura, la culpa, la sensibilidad, la amistad. Zezé tiene pocos años, pero ya sabe leer y ya sabe lo que es sufrir para ganar dos perras. Soporta esta difícil infancia con una gran fantasía: tiene por amigos un murciélago, un arbolito de naranja lima... hasta que el Portuga le abre los brazos y descubre lo que es de verdad el cariño.
Una novela para adultos de más de 6 años.

José Mauro de Vasconcelos
1920 - 1984


miércoles, 16 de enero de 2013

Miguel de Cervantes, un escritor de carácter

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares el año 1547. Su juventud estuvo repleta de acontecimientos novelescos y heroicos. En 1569 se trasladó a Italia, donde desempeñó el cargo de camarero del cardenal Acquaviva. Poco después se alistó en el ejército y en 1571 participó en la batalla de Lepanto, "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". En esta batalla fue herido de un arcabuzazo en el pecho y en la mano derecha, que le quedó paralizada para siempre.
Pese a sus lesiones, Cervantes permaneció en el ejército y participó en otras campañas hasta que en 1575 decidió licenciarse y regresar a España. Pero, durante el viaje de vuelta, su galera fue apresada por unos piratas berberiscos, quienes lo llevaron a Argel. Allí Cervantes permaneció cautivo cinco años, durante los cuales intentó fugarse en cuatro ocasiones. Más tarde llevaría a su obra el tema del cautiverio, un cautiverio que él mismo describió así en una epístola dirigida al Secretario de Felipe II:

Del amarga prisión, triste y escura,
adonde mueren veinte mil cristianos
tienes la llave de su cerradura.

Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cercados de tormentos inhumanos.

Rescatado al fin por los frailes trinitarios, Cervantes viajó a Madrid, donde se encuentra pobre y sin oficio. Se inicia así la segunda parte de su vida, sin duda menos agitada pero llena de penurias económicas y de lances desgraciados.
A partir de 1585, Cervantes ejerció durante varios años como encargado de recolectar trigo para la Armada Invencible y como tal recorrió Andalucía. Más tarde, el año 1594, fue nombrado recaudador de impuestos. En ambos cargos tuvo problemas con la justicia y fue encarcelado. Pero hasta este hecho dio frutos positivos: fue en prisión donde concibió El Quijote y escribió su primer borrador.
Cervantes murió en Madrid el 23 de abril de 1616, cuatro días después de haber escrito la dedicatoria y el prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, en los cuales parece despedirse de la vida:

Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.

Un escritor que supera la tradición
Durante el siglo XVI se produjo un importante florecimiento de la prosa novelesca, que se manifiesta en el cultivo de diversos subgéneros narrativos: libros de caballerías, novelas pastoriles, novelas bizantinas, novelas moriscas y novelas cortas.

  • Los libros de caballerías proceden de finales de la Edad Media. En ellos se narran las increíbles aventuras de un caballero andante. Gozaron de una gran aceptación por parte del público.
  • Las novelas pastoriles presentan los amores de unos caballeros y unas damas disfrazados todos ellos de pastores en el marco de una naturaleza idílica.
  • Las novelas bizantinas narran las aventuras, los viajes y las innumerables peripecias que les suceden a unos enamorados a los que el azar ha separado.
  • Las novelas moriscas, ambientadas en el mundo árabe, narran las hazañas de personajes musulmanes caracterizados por su nobleza y generosidad.
  • Las novelas cortas recogen motivos populares.

A estos subgéneros hay que añadir, lógicamente, la novela picaresca, representada por El Lazarillo.

Cervantes se inserta en esta tradición y cultiva distintos subgéneros narrativos llegando incluso a combinarlos en una sola obra: El Quijote. Es precisamente en El Quijote, en principio parodia de los libros de caballerías, donde el autor va más allá de la tradición y crea una forma nueva y revolucionaria.
Como autor dramático, Cervantes parte también de la tradición, en este caso del teatro culto y popular renacentista. Pero también en este campo introduce importantes novedades que él mismo explica:

Me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes...

sábado, 5 de enero de 2013

Lazarillo de Tormes

No estoy demasiado seguro, pero calculo que sería el curso 1982-1983 cuando, en 2º BUP, leíamos esta novela con Teresa López. Recuerdo que la primera edición que tuve se me deshojó antes de terminar de leerlo, por lo que en el verano de 1983 compré, en la librería de Juanito Becerra, esta edición de Cátedra de 1982 que ahora traigo al blog.
En estos últimos meses, he seguido atentamente el estudio introductorio del profesor Joseph V. Ricapito, así como la reciente investigación de la catedrática de literatura española de la Universidad de Barcelona, la profesora Rosa Navarro, acerca de la autoría del Lazarillo por Alfonso de Valdés.
Todo ello como es natural me ha hecho disfrutar de esta obra, entrar también en el siglo XVI, en aquella España de pícaros (ciegos, bulderos, escuderos, clérigos y lazarillos), antihéroes sin moral, crueles y falsos cristianos, lo que nos explicaría el que el autor se guardara bien de ocultar su nombre.
Para conocer todos estos aspectos con profundidad, sólo hay que ver las diferentes entradas que dejo en este blog con la etiqueta Lazarillo de Tormes.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Análisis e interpretación de El Lazarillo

El prólogo de El Lazarillo debe verse como una pieza intrínseca de la novela y no como un elemento separado, desligable de la novela propia como cualquier otro prólogo convencional. El prólogo del Lazarillo es un antecapítulo o epílogo, si se quiere, de la obra. En este prólogo-carta, el narrador, un tal Lázaro de Tormes, expone el porqué de su vida y además la razón de ser de la obra.
Empieza con el esbozo de quién es el personaje y quiénes fueron sus padres. En este momento el autor va a dar a sus personajes unos apellidos curiosos. Los padres, González y Pérez, pertenecen al cuerpo anónimo de la gente común a juzgar por esos apellidos. Pero son los únicos personajes que tienen apellido. Lázaro ni siquiera tiene nombre. No es Lázaro González Pérez, no será conocido en la obra por este nombre. Le conoceremos por un apodo. El hecho de que no tenga apellido da la impresión de lo cotidiano de la persona. Lázaro es y no es. Es una persona que ostenta este apodo, pero el apodo es un juego basado sobre un concepto literario. Así que el personaje resulta un ente híbrido: ser - no ser. Por más realista que parezca su nacimiento, y la narración de quiénes son sus padres, hay que resaltar que Lázaro es a la vez "un concepto", y esto le aleja bastante de una concepción realista-naturalista. Este matiz va a dotar al personaje y a sus acciones de unos contornos simbólicos.
En algunos renglones, nos damos cuenta de que el padre de Lázaro es ladrón, preso y soldado. El lenguaje que se refiere a él está envuelto en parodias bíblicas y en posturas pseudo-heroicas, terminando muerto en campaña. Sin otro amparo, la madre se ve obligada a sostener a la familia. Es una "viuda desamparada". Sin tener a qué ni a quién arrimarse, se amanceba con un negro. Desde el punto de vista literario la elección de un negro no es fortuita y permite varias cosas. Primero, la mantiene rigurosamente en un nivel social bajo. Zaide es, en efecto, un hombre que cuida caballos. Segundo, siendo negro ocupa un nivel aun más ínfimo en la vida de un pueblo cristiano que idealmente no debe hacer distinciones de raza delante de los ojos de Dios. El autor se refiere al negro en términos tales como "un hombre moreno", el hijo es un "negrito muy bonito". Se hace mucho hincapié en atenuar su condición racial y en envolverla en eufemismos. Antona Pérez, desamparada y necesitada, cuando toma a este amante a causa de la necesidad y no por liviandad, ha dado un paso más bajo aún en la sociedad.
Curiosamente, repitiendo la experiencia del padre de Lázaro, Zaide cae también en manos de la justicia. Esta parte pre-novelística que trata de la prioridad existencial de Lázaro se caracteriza por su negativismo social, pobreza y desamparo.
A causa de su pobreza e incapacidad de funcionar en un plano social, la madre cree más conveniente dar el hijo en servicio a un ciego, y nada más se sabe de Antona Pérez.
Es evidente que el autor conoció la tradición del ciego y su guía. Hay bastante constancia de la pareja en la literatura y en el folklore. Pero estas dos posibilidades -tradición y folklore- son dos desafíos artísticos para nuestro autor, y como veremos, va a superarlos artísticamente.


La partida es algo conmovedora. Es uno de los dos momentos en el libro en que aparecen sentimientos de piedad y ternura. No es una escena lacrimosa, pero creemos en la sinceridad maternal de Antona Pérez.
La memoria de la vida hogareña está todavía fresca en la mente de Lazarillo. Proyecta normalmente el ambiente familiar en todo lo que ve. No ha estado lo bastante expuesto a la vida, aunque sabe lo que ha pasado con su padre, padrastro y madre. El Ciego estrena a Lazarillo en la manera de vivir sometiéndole a una prueba. Esta prueba, la del banquete de uvas, se basa en la curiosidad del Ciego por la experiencia de Lazarillo. El Ciego se preguntará: "¿Qué sabe este niño? ¿Cuánto sabe?". De ahí la prueba del toro de piedra. El niño simple, algo protegido, amado, cae en la trampa y es lastimado por la "cornada". Ya se entera el Ciego de cuánto sabe el niño, y por dónde hay que empezar a enseñarle los modos de la vida. Lazarillo mismo se da cuenta, gracias a este nefasto episodio, de qué es la verdadera vida y cómo ha sido arrancado de la protección de la casa y de los padres. Este momento doloroso de la "cornada" inaugura el procedimiento de desengaño de Lázaro. Deja de ser un niño simple. Es ahora lo que los sociólogos de la cultura de la pobreza llamarán un man-child, un niño-hombre; niño sólo en edad cronológica, pero hombre en cuanto a su experiencia. Este es el verdadero comienzo de la vida de Lázaro. Todo lo anterior es historia pasada. De ahora en adelante todo es y será una lucha por la existencia, una aventura vibrante para un lector que avanza con el personaje, viéndole mudarse de niño simple en hombre maduro, cínico.
La segunda etapa con el Ciego se basa en la lucha de la vida de Lázaro. El Ciego es, entre otras cosas, un gran avaro. Visto desde cierta perspectiva religiosa e ideológica, el Ciego representa una paradoja. Es de suponer que quien vive de la caridad debiera ser el primero en otorgársela a otros; pero no es así. Lázaro tiene que robar para sustentarse.


Las aventuras a que se somete Lázaro recuerdan mucho los cuentos de los novellieri italianos, sobre todo los que se basan en el motivo del burlador-burlado. Esto se ve en el episodio del vino del jarro. Este mismo episodio que recuerda unas fuentes tradicionales, se basa en una serie de avances estratégicos: hay un momento en que el personaje se cree vencedor en la lucha por el vino, y cuando está indefenso recibe por segunda vez la furia del Ciego, esta vez con el jarro, repetición simbólica de la "cornada". La treta no carece de ciertos contornos cómicos: el uso del ingenio para conseguir el vino y el vaivén entre acción y reacción. Dentro del capítulo estas tretas (como lo serán las del capítulo segundo) corresponden a una estructura circular (acción-reacción, gozo-fracaso) a la vez que a una estructura vertical que va de los éxitos (obtención del vino y contento con las pequeñas victorias) a los fracasos (jarrazo y heridas).
El jarrazo señala también una nueva fase en la relación del personaje con el Ciego. Se entabla una interacción de venganza y odio personales:

Desde aquella hora quise mal al mal ciego.

La guerra entre amo y criado en el episodio del vino era una escaramuza, articulada dentro de unos propósitos medio-cómicos. Ahora las relaciones llegan a ser más severas, los apaleamientos más frecuentes. El autor nos dará una idea de la astucia del Ciego mediante el episodio del banquete de uvas. Si existe o ha existido una fuente literaria o tradicional de este episodio, tiene que ser secundario al propósito de presentar a un ser humano quien, aunque carente de vista, no la necesita. Ya conoce la vida lo bastante para no necesitar la vista.
La experiencia con el Ciego no pudo terminar aquí. La creación va hacia el final. De haberla terminado así, la simpatía del lector estaría con el Ciego. Se necesitaba un episodio que subrayara todos los defectos de este primer amo, y esto lo consigue con el episodio de la longaniza. La comicidad de esta escena, como la del jarrazo, es más bien grotesca. Se trata de una comicidad ambivalente: comicidad-crueldad, risa-dolor. El toque más importante es el de la malicia del Ciego. Cuando se da cuenta de que Lázaro se ha comido la longaniza, se la hace vomitar antes que permitirle gozar del premio a su astucia y viveza. Esto, claro está, es seguido por el acostumbrado apaleamiento.
Ahora el autor puede ir al final. Ha presentado al Ciego en toda su maldad. El castigo le será merecido. La lenta preparación de la burla, que corresponde a la venganza de Lázaro, va aumentando de ritmo poco a poco y se satisface solamente cuando el vengador cree que el castigo será igual a las crueldades padecidas por él.
El desenlace del episodio se estructura dentro de unas ambivalencias: venganza y equivocación. El Ciego agradece a Lázaro su atención sin saber qué es lo que le espera. El detalle del Ciego balanceándose "como cabrón" pertenece a una pormenorización de la venganza que se recrea en lo minucioso. Lázaro está hora muy satisfecho de sí mismo y se lanza a la vida, solo, con dos historias detrás de sí, la de sus padres y su primera y propia con el Ciego.
La trayectoria del personaje peregrino le lleva a un segundo amo. Ya no son necesarios más episodios introductorios; va directamente a la explicación de su carácter. Este cura es un gran avaro. Lo fue también el Ciego, pero aquí el defecto es un poco más serio. Es cura, ministro de la iglesia, es avaro y se establece desde el principio ese concepto, tan caro a Erasmo y a los erasmistas españoles. Este capítulo poseerá algunas características en común con el primero: estructuración vertical en base del motivo burlador-burlado y diseño circular de matices cómicos. Todo gira alrededor del arca de pan que será el foco central del capítulo.

La tendencia a la negativización del amo-adversario es aquí más aguda y llega a un plano más irónico. Hay una llave que protege un bodegón vacío de provisiones. La descripción del Cura comiendo la cabeza de carnero, minuciosas en los detalles, que va de una parte a otra para terminar en los huesos roídos y que luego culmina en la frase:

Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo; mejor vida tienes que el papa.

Maravillosa articulación y dibujo de la mezquindad sacerdotal que hasta supera a Erasmo en sus diálogos y otras obras de este tipo. El autor ha logrado alcanzar mediante la palabra escrita, efectos solamente posibles con otros medios artísticos: la pintura y el drama; de ahí otras indicaciones de la "novedad" de su creación, la adaptación de otros medios expresivos a la literatura de ficción.
En la lucha por el arca lo que saldrá a la vista son los defectos caracterológicos del Cura (su avaricia e hipocresía), y las mañas de Lazarillo que evocan las lecciones del primer capítulo. Pero en este capítulo el autor intensifica un aspecto que elaboró y desarrolló levemente en el primero (falsas oraciones, simbolismo del vino para curar las llagas, etc.); o sea, la nota predominantemente religiosa. Todo lo que pasa en el capítulo está dotado de un valor polémico en materia de religión. Lo que valía el vino como sustancia simbólica en el primer capítulo valdrá ahora el pan, símbolo aún más obviamente religioso. Al fin, Lázaro está muriéndose de hambre a manos del Cura avaro. Gracias a un calderero, encuentra un medio de penetrar en el arca. A medida que avanza la lucha, el autor echa mano a otros elementos ficticios como el truco de los ratones y luego el de la culebra, siempre en función negativizante para el carácter del Cura.
Cuando Lázaro está en la cima de su victoria sobre el Cura avaro, es derribado por un accidente: el silbo de la llave. El episodio parece ser de obvio sabor tradicional, pero lo que es de mayor importancia es la necedad del Cura, buscando la culebra que no existe. Se deja ver claramente la satisfacción que tiene de haber encontrado la fuente de su infelicidad, que resulta ser, irónicamente, el hambre de su criado. A diferencia del final del primer capítulo donde el personaje se sale con la suya completamente vengado, aquí es al revés. Con evidente satisfacción, el Cura echa a Lázaro a la calle, subrayando su condición de "mozo de ciego", enlazando así este capítulo con el primero.
Es visible el fracaso de Lázaro quien, creyendo medrar mejor en casa de un hombre de la iglesia, lo pasa peor, debido a la avaricia del Cura. Ha tenido otra experiencia más en su trato con el mundo y ha visto que el hábito no hace al monje, que las apariencias engañan; en fin, que "la caridad se subió al cielo", como dirá más tarde, y evidentemente su triste destino es ir de una desventura en otra.
El tercer capítulo empieza con Lázaro todavía en casa del Cura, estableciendo así una ligazón entre el final del capítulo segundo y el comienzo del tercero.


Lo primero que hay que notar del Escudero es su descripción en un plano siempre visual. El Escudero continúa una esquematización hecha ya en los dos primeros capítulos en base del juego interioridad-exterioridad: el Ciego, exteriormente falto de vista, pobre, limosnero; interiormente avaro, cruel, hipócrita. El Cura, exteriormente lleva una sotana, símbolo de la vida de Cristo; interiormente mezquino y avaro, falto de caridad.
Es una culminación de los capítulos anteriores no sólo porque representa un nivel superior sobre los anteriores en orden social ascendente, sino porque muestra una imagen más completa de defectos interiores (falta de escrúpulos, de moral, descubrimiento de su oportunismo) al servicio de defectos exteriores: el deseo de pasar por un hombre que evidentemente no es, de adherirse a un código social vacuo, de vestirse como un hombre de bien que él evidentemente tampoco es.
Pero es la apariencia del Escudero lo que le llama la atención a Lázaro. Es también en este capítulo cuando el autor utiliza unos procedimientos artísticos hasta entonces no articulados con tal maestría. Nos referimos al uso del tiempo humano literario para describir el estado de ánimo interior y el hambre de Lázaro. El proceso es lento. Contamos las horas, una por una. En cualquier momento Lázaro cree esperar una comida o algo que le indique que van a comer. Pasan por el mercado, oyen misa y van luego a la casa del Escudero. Este va a detentar varias funciones para el autor. El capítulo tendrá varios ejes dentro de una estructuración múltiple. Parte de esta estructuración será la casa dentro del esquema "casa lóbrega y oscura". La casa está, en efecto, vacía. Utilizando un procedimiento de negativización que usó en los primeros dos capítulos, no describe las cosas por lo que son sino por lo que no son: "...ni tajo, ni banco", etc. El autor crea una suspensión lenta que apunta a la satisfacción del hambre y la averiguación del parecer del Escudero, y al mismo tiempo la capacidad de Lazarillo de interpretar y medir la realidad. El proceso de la interpretación de la realidad como un proceso paralelo, continuo, ascendente, sigue; o puede verso como un proceso en que se trata de la averiguación de las peores costumbres y tendencias del hombre. Lázaro ha jugado a favor de la apariencia de este Escudero. Llegamos al momento de la triste averiguación de su pobreza cuando dice:

... aunque de mañana, yo había almorzado...

Éste es el momento en que el lector y el personaje se dan cuenta de lo que es la vida azarosa del niño, llena de adversidades. Llegado a este punto, la dirección de la acción se estanca en un plano horizontal: conversaciones, revelaciones, meditaciones, un momento de libertar cuando comen bien.
Si el autor rebajó a los demás personajes mediante recursos negativos, el Escudero será expuesto de una forma semejante mediante el descubrimiento interior de su persona. Cuando saca los panes de la camisa, el Escudero expondrá el hecho de que está muriéndose de hambre. Come el pan con "fieros bocados", pero al mismo tiempo se preocupa por la limpieza de las manos que habían amasado el pan. El proceso es descendiente en cuanto a la revelación de los bienes materiales del Escudero: la cama en la que van a dormir es una anti-cama, negra, sucia, sin forma ni orden. A esto prosigue la revelación de la ascendencia judía del Escudero, al decir que proviene de Costanilla de Valladolid, notoria barriada de judíos.
Al día siguiente, cuando el Escudero habla de su espada, Lazarillo nota el papel tan importante que tiene el mundo de las apariencias para el Escudero. La identificación del Escudero con cosas materiales tiene que ver invariablemente con objetos tangibles, pero que no dan de comer: la espada, la ropa. Lázaro se contrapone a esta tendencia con su hambre y su deseo de hacer cualquier cosa para comer. Lázaro, víctima ya de la exterioridad engañosa de su nuevo amo, le contempla subiendo la calle y reflexiona:

¿Quién encontrara a aquel mi señor, que no piense, según el contento que lleva, haber anoche bien cenado y dormido en buena cama, y aunque es de mañana, no le cuenten por bien almorzado?

Estas observaciones nos llevan al punto más importante de este capítulo. Los esfuerzos del Escudero por aparecer están siempre medidos por las exigencias del código de la "negra honra". Erasmo habló de falsos caballeros la necedad de hacer hincapié en vanas honras, de seguir linajes. Este Escudero es la encarnación de todo ello vertido a una pormenorización española, cuyo símbolo mayor será el converso, de linaje judío, anhelando un destino que acaso le aleje de su mundo originario y le dé una posición digna de respeto en su propia sociedad, y de libertad y seguridad de su persona física. Lo incomprensible de esta actitud es el grado a que está decidido a ir este pobre Escudero para pertenecer a ese mundo. Todo, para él, son apariencias en un mundo en que estas cuentas, a pesar del conflicto entre esas apariencias falsas y los verdaderos valores interiores.
Lázaro, que sabe que no hay nada para comer, vuelve a su antiguo menester, el de mendigo, y pide limosna para comer. El símbolo es evidente. Lázaro ha llegado al extremo de su experiencia cuando tiene que pedir limosna, siendo el criado de un aparente hombre de bien. Pero hay un toque más que hay que añadir a la pormenorización de Lázaro. El Escudero, detrás de su acostumbrado engaño de apariencias, va a compartir con gusto esa comida que su criado ha pedido en nombre de Dios.


La piedad que siente Lázaro es una piedad humana, cristiana. La imagen de este pobre hombre, víctima de la peor y más insubstancial ambición, la de vanas honras, conmueve al chico. El Escudero es, al fin y al cabo, otro hijo de Dios, y Lázaro le ofrece las más caras de las emociones humanas, la amistad, la piedad y la comprensión. Es verdad que una de las bases de la conmoción de Lázaro es la experiencia mutua de carencia y hambre que los dos han tenido. Pero a diferencia de otros amos, quienes le mantenían en perpetua hambre por avaricia, éste es perdonable, porque tampoco él come ni ha comido. Con aún más compasión Lázaro no le descubre sus continuos engaños:

No hay faisán que ansí me sepa.

La compasión que le ofrece Lázaro es sin límites. La creación del cuadro del Escudero comiendo y comentando a la vez sin que Lázaro le diga nada abiertamente es una de las creaciones más profundas de toda la literatura.
La llegada no explicada de dinero a manos del Escudero ocasiona el episodio del desfile funerario que no tiene nada que ver con los temas principales de la obra pero sí figura en la elaboración interior del capítulo. Esto apareció al principio con la mención de la casa "lóbrega" y "oscura". Este episodio tiene una doble función:
  • Primero, aludir a la vida de Lázaro hambriento como una configuración del concepto "vida-muerte"; Lázaro vive en una casa "lóbrega y triste" pasando hambres increíbles que recuerdan a la muerte.
  • Segundo, aprovechar un cuento humorístico de origen árabe que añade un cierto elemento cómico. Todo lo referente al Escudero es risible y esto es delineado dentro de un concepto de comicidad dual y ambivalente (risa-sorna, risa-sarcasmo).
Desde una perspectiva estrictamente realista, encontraríamos inverosímil que Lázaro, ya experimentado en los modos de vivir, fuese espantado por tal frase de la mujer plañidera. Se debe buscar su función dentro de la fuente literaria que la informa y la intención artístico-cómica del autor.
Como en casos anteriores el autor carga el tema cautelosa y detenidamente antes de dar remate a un capítulo. Falta el último eje por desarrollar, que es el de "contar su hacienda". El gran hallazgo de nuestro autor no sólo es dejarnos ver que las cosas no son lo que parecen ser, lugar común del renacimiento, sino también mostrar que debajo de esta configuración hay aún más niveles humanos que explorar. Efectivamente lo hace, pero estructurado sobre una base de sarcasmo y necedad. Hace contar al Escudero su vida pasada, los "bienes" que poseía en Valladolid, las causas de su venida a Toledo, el absurdo problema de los saludos, tema de neta raigambre erasmiana. Todo esto confiere a la figura del Escudero su plena "estulticia", con efectos aplastantes para el lector que no puede menos de reconocer el intento de atacar y poner en ridículo un código capaz de obsesionar a una persona como el Escudero, más de lo que nunca pudiera Dios.
Para completar la imagen del Escudero falta un aspecto, y éste será su maldad, otra característica negativa. A lo absurdo hay que añadir lo malo. Su queja de que no halla a un privado a quien servir ofrece la posibilidad de esbozar los últimos contornos de la personalidad del Escudero: la mentira, la lisonja (tema predilecto de Erasmo y sus seguidores), la zizaña, la maldad. No se queja tanto de que estas cosas se hacen "en el día de hoy" en palacio sino que él, el Escudero, no ha tenido la oportunidad de hacerlo como los demás. No ofrece ningún contrapeso de bondad al cuadro negativo de la vida en la corte; y de ahí su increíble negativismo, merecedor de la misma antipatía conferida a dos demás amos de Lázaro. Si el Ciego fue dibujado dentro del esquema de la avaricia y la crueldad, y el Clérigo dentro de la avaricia y de la mezquindad, el Escudero lo será por su fatuidad y necedad, viéndose hasta qué punto está dispuesto a llegar para vivir según un código falso y vacío y en sus consecuencias, sobremanera anticristiano.
El último toque irónico se nos ofrece en forma del Escudero que deja a su criado. La vida de Lázaro sigue su marcha en adversidades. Pero este capítulo, a diferencia de los dos anteriores, marca un cambio de ruta en la deformación moral del propio Lázaro. Ha aprendido que las apariencias valen y tienen su función en un plano social. Lázaro va a guardar bien esta lección en su alma para más tarde cuando tenga que tomar ciertos pasos decisivos en su búsqueda de un "buen puerto" y del arrimo de los "buenos".


El capítulo cuarto, en su brevedad, ofrece al crítico toda clase de problemas y misterios. Acostumbrado al desarrollo relativamente más vasto de los tres capítulos anteriores, el lector tiene perfecta razón de sentirse un tanto defraudado por el autor. Las razones abogadas por la brevedad son aceptables por ambos lados. De una parte están los que piensan que el autor, el editor o el censor quitó gran parte de lo narrado por razones prácticas de censura. No es difícil encontrar posibilidades para sostener tal tesis. El final del capítulo se cierra por su alusión a "cosillas", diminutivo bastante picante de la curiosidad. Del Monte ha sugerido actos o tendencias homosexuales por parte del Fraile. Nos preguntamos, ¿qué es lo que sería en ese momento histórico tan nocivo a las costumbres para merecer tales censuras? ¿Un cura pederasta? Esto sería demasiado para la vida intelectual española de aquella época y en aquel momento. Es una gran posibilidad.
Al otro lado están los que buscan la clave en una elaboración distinta de la obra. Courtney Tarr piensa que hemos conocido lo bastante a Lázaro mediante los primeros amos, y no es necesario seguir adelante en el mismo ritmo y paso. Los capítulos breves de El Lazarillo se conformarían con un esquema drásticamente manipulado dentro de una visión artística explorada por el autor. ¿Es necesario decirnos qué son estas "cosillas"? No, por cierto. La estructura del capítulo tal como está nos da una imagen bien clara de un cura andariego si no peor. Lo que falta es la desdibujación por medio de cuentos o episodios particulares que iluminarán las debilidades de estos personajes, como lo ha hecho el autor en los primeros tres capítulos.
En el quinto capítulo empezamos a conocer al Buldero por sus astucias en la manipulación de los demás curas. El Buldero depende de su habilidad de engañar a la gente por medio de sus palabras. Sus defectos -o cualidades si se quiere- se encuentran en aquella frase:

... un gentil y bien cortado romance y desemboltísima lengua.

Todo lo de este capítulo gira alrededor de este concepto labial. Si el Escudero engañaba con su aspecto visual y vivía únicamente para con sus congéneres en un plano social aparencial, el Buldero vive de un contacto sustancial que le permite explotar esta maña de su lengua. Su campo de acción ocupa casi todo el capítulo, y es verdad que Lázaro es un observador y no participante en este episodio. Los protagonistas de esta farsa son el Buldero y el Alguacil. Mucho se ha escrito sobre las fuentes de este episodio, y es evidente que los ejemplos literarios abundan antes y después del ejemplo de nuestro Buldero. Aunque es verdad que se conoce al cura tramposo en la vida y en las tradiciones populares, es igualmente verdad que el Buldero llega a ser blanco acérrimo de escritores erasmistas. Erasmo y sus seguidores atacan a los bulderos. Hay que notar también que el autor, probablemente para evitar que su cuento se aleje de un problema particular, hace que la orden a que pertenece el Buldero sea la de la Santa Cruzada, objeto vivo de críticas en primer término de la vida española, igual que lo fue la orden de la Merced en las Indias.
El autor presenta su episodio dentro del topos renacentista del engaño ante los ojos. Las acusaciones del Alguacil son verdaderas: uno es falsario y el Alguacil es ladrón. Se refuerza este concepto con una riña en que los dos tienen que ser separados. ¿Quién dudaría de esta realidad? Al día siguiente, el Alguacil repite en la iglesia las mismas acusaciones envueltas en mentiras y semi-mentiras delante de los fieles crédulos. El que se levanten "algunos hombres honrados" para callarle prueba además la efectividad de la burla. Si se puede convencer a éstos, no hay más que hacer para llevarla a cabo.
No debe olvidarse que este repartidor de bulas, mañoso y astuto, es también predicador, otro objeto de la crítica erasmista. Además, al principio nos dice el autor que no sabe bien su latín, y va a burlarse de la inocente fe de los parroquianos. El Buldero es anticristiano en el pensamiento y en la práctica.
La oración que dice el Buldero pertenece a la tendencia de usar palabras para la trampa. Como el Ciego antes que él, el Buldero es capaz de componer sermones y oraciones conmovedores en que se dirige directamente a Dios en oración vocal y no mental, otro problema espinoso que Erasmo trata en sus obras.
La reacción del Alguacil dentro de la burla vuelve a la nota realista del engaño ante los ojos. ¿Quién dudaría de la verdad de este episodio? Y mientras que el Alguacil sufre su "pasión", el Buldero está en el púlpito como "transportado". Según Ricapito, esta burla de amplia repercusión tiene un propósito triple: engañar a los fieles, engañar a Dios, y engañar a Lázaro. Tienen éxito los dos burladores en las tres áreas. Las más importantes son la burla hecha a Dios y la burla de que es víctima pasiva Lázaro. Aquél pertenece al mundo de la polémica erasmista, éste al juego de recursos que van a determinar la formación de la personalidad social y moral de Lázaro. La lección que Lázaro aprende es que no se pude fiar definitivamente de nada ni nadie. Con el Escudero, que le ha enseñado que un hombre puede parecer medrar en un mundo de apariencias, y el Buldero que le enseña que todos están sujetos a la trampa, por más cerca que estén del burlador, Lázaro puede orientarse ahora hacia sus ambiciones sociales y personales.
El capítulo sexto plantea los mismos problemas en cuanto a su brevedad que el cuarto, pero con algunas diferencias. Se repite el tema de la adversidad con el amo pintor de panderos. Luego se pasa al capellán. Volvemos al esquema de crítica religiosa. El capellán negociante al lado de su iglesia es otro ejemplo ofensivo de los reformadores erasmistas. Pero lo poco que hay ahí está envuelto en una finísima ironía vertida de una maestría artística. Lázaro ha dejado de ser niño; es ya más que un adolescente. Las miras de Lázaro están levantadas a metas comerciales. Ya gana su dinerillo. Está muy lejos del Ciego y del Clérigo de Maqueda, pero la sombra del Escudero empieza a proyectarse en la vida de Lázaro. Con el dinero que recibe de su trabajo se compra:

(...) de la ropa vieja ... un jubón de fustán viejo y un sayo raído de manga tranzada y una capa que había sido frisada y una espada de las viejas primeras de Cuéllar.

La intención parece clara. Lazarillo ha optado en favor del modus vivendi del Escudero y éste será su héroe-modelo en esta etapa de la lucha por la vida. Es, en efecto, el mismo raído "hombre de bien" de quien se hablaba en el capítulo tercero.
Es tentador tratar de ver a Lázaro en este capítulo como un pequeño burgués. Pero como explica Bataillon, el dinero que gana no llega a tanto como para que le tachemos de "pequeño burgués". Al fin y al cabo, es todavía un pobre chico encarrilado en un nivel ínfimo de la vida. El símbolo de Lázaro ostentando un progreso en la vida, un progreso tachado y apocado, es más importante que el detalle monetario.
El séptimo capítulo nos lleva al umbral de la vida de la madurez de Lázaro. Ya estamos en el "buen puerto" a que se aludía al principio que consiste en cierto renombre social, contado con gran sarcasmo y no poca ironía. Medra haciéndose pregonero, uno de los menesteres más viles, acompañando a los que "padecen persecuciones" lo cual trae a la memoria al propio padre de Lázaro. El círculo abierto en el primer tratado parece cerrarse. Ésta es solamente una parte de las "cosas tan señaladas" a que aludía al principio de su relato. Consecuente con otros capítulos el autor nos da un ejemplo del vicio o defecto de un personaje, pero reserva otro para dar remate al libro. Éste será el amancebamiento de su propia esposa con el Arcipreste. Es el Arcipreste quien promueve el casamiento viendo en Lázaro un gran "estulto", y la posibilidad para dar cierto decoro social y apariencia a su amancebamiento. El casamiento se hace posible mediante los acostumbrados regalos con que se compra la voluntad de Lázaro quien, por la vida trabajosa que tuvo, no tiene inconveniente alguna en aceptar el deshonor, con tal de que no se lo echen en cara. El honor resbaladizo en que Lázaro basa su casamiento es el antihonor; el no escuchar y el no darse cuenta de los chismes, a pesar de que sabe que son verdades. Este es el "buen puerto" y el acontecimiento "señalado" que el autor hace ostentar a su personaje. Triste final de vergüenza y acomodación del que se adelantaba en el prólogo para que viéramos y le aplaudiéramos.

Edición de Cátedra de 1982,con el
estudio de J.V. Ricapito, base
de las entradas para este blog
El autor tiene que dejar su último toque en el cuadro del antihonor y vergüenza que su personaje ha conseguido, y esto será la alusión al emperador que celebra las Cortes en Toledo en medio de "grandes regocijos". La yuxtaposición es aplastante. La conciencia política del autor que hasta este momento existía en la novela en una forma latente e indirecta sale ahora a primer término en los últimos renglones de la obra; innegable y último comentario con que el autor va a despedirse del lector: el emperador en Toledo celebrando sus Cortes y Lázaro en su prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna.
El Lazarillo resulta pues creación híbrida, curiosa a su manera, resultado de toda una gama de incitaciones literarias, nacionales y extranjeras, morales, sociales, políticas, con la lección erasmista en primer plano. Su autor fue un hombre culto, conocedor de varias literaturas y géneros literarios, gran conocedor de Erasmo y de su obra, y de la Biblia, posible converso y en algún momento probable disidente político. Si el autor de esta insigne obra, que crea las posibilidades de la gran novela cervantina y consiguientemente la moderna, no fue Alfonso de Valdés, tuvo que ser alguien semejante a él.

lunes, 10 de diciembre de 2012

La caída de los gigantes

Me ha llevado más de cinco meses esta novela. No por la cantidad de páginas, sino porque ha sido mi estreno con el ebook. Durante los meses de verano, con el sol en la piscina no veía nada en la pantalla, así que eran los ratos del atardecer los que podía aprovechar hasta la hora de la cena. Así, he ido intercalando otros libros en papel, que ya los he nombrado en este blog. A mediados de agosto, me estrené con las lentes progresivas, y en el tiempo de adaptación, me cansaba pronto leyendo, girando la cabeza para poder enfocar bien a lo largo de una sola línea. Cuando terminaron las vacaciones, y llegó la tranquilidad de la rutina laboral, las noches se serenaron y las lecturas se hacen por fin más largas.
Lo mejor del ebook es la comodidad por el poco peso, aunque para mis ojos es más cansado que el papel.
En cuanto a la novela, me parece entretenida e instructiva al mismo tiempo, del mismo modo que lo fue la primera obra de Follet que leí, Los pilares de la tierra, que me entusiasmó en su día.
Como lamentablemente tengo escasos conocimientos de historia, he podido encontrar en esta novela explicaciones a la Primera Guerra Mundial, y por curiosidad he buscado información sobre aquellos acontecimientos. Y la novela termina invitándonos a continuar con la siguiente, presentando dos cosas: por un lado, las consecuencias que tuvo para Alemania el Tratado de Versalles, y por otro, la aparición del Partido Nacional Socialista de Adolf Hitler.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El Lazarillo y los temas filosóficos, didáctico-morales y religiosos

El prólogo del Lazarillo ha dado lugar a criterios de tipo didáctico-moral. Es verdad que nuestro autor exige una lectura más que somera si el lector ha de aprovechar el libro. Se cree que este motivo, y otros, derivan de Horacio y el conocidísimo motivo del utile et dulci. Pero hay que examinar de cerca este motivo didáctico, porque, si El Lazarillo tiene un mensaje didáctico, ¿cuál es este mensaje? La naturaleza de la obra pide aclaraciones porque se ha visto una enseñanza moral en la figura de Lázaro como niño abandonado, aguadero, pregonero... Si hiciéramos una lista de todo lo que se podría aprender del Lazarillo, nos quedaríamos con unas lecciones que no iluminan los contornos artísticos de la obra: nunca se debe ir de guía de un ciego, no se debe servir a un clérigo avaro, no debemos dejar que la propia mujer se amancebe con un cura, etc. Hay que comparar El Lazarillo con La Celestina para comprender bien que el proceso de encontrar elementos didáctico-morales nos llevaría lejos de la esencia del libro. El Lazarillo evita soluciones fáciles de tipo didáctico porque el autor quiere que la novela exista en una relación abierta e inmediata con su lector. Este lector, pieza imprescindible, es el testigo ante quien el autor va a exponer sus ironías, equívocos y juegos de realidad. El Lazarillo igual que La Celestina, se escribió con el fin de dar una impresión afectiva de la vida mediante una obra de arte literario; de la tarea de la vida mediante las fortunas y adversidades de este personaje. Experimentamos con él sus varios desastres personales, momentos trágicos, pequeñas victorias y grandes desilusiones. Si el autor hubiera querido enseñarnos algo, habría podido utilizar otra forma literaria para juzgar de los varios elementos intrínsecos de su obra, el drama, el tratado moral o religioso o el diálogo. Pero por más próximos que estos géneros literarios estén del Lazarillo, prefiere una forma que sobrepase los límites afectivo-literarios de estos géneros. En el proceso logra crear algo que no existe en su época, aunque los críticos no han vacilado en aplicar a nuestra obra la etiqueta de "novela".
Como La Celestina, el Lazarillo de Tormes es una obra híbrida, poco convencional, casi revolucionaria, que se desgarra de formas previas y coetáneas. El autor siente la necesidad de tener mayor contacto con su lector y de causar un gran impacto en él, y gracias a la forma autobiográfica, consigue este efecto. Lo que El Lazarillo hace en su afán de buscar lo nuevo y lo más fresco es crear una ventanilla a la escena de la vida, asomo que incluye una predisposición anti-heroica. Pero puesto que el anti-heroísmo de la obra está vinculado a una visión íntima y negativa, el autor tuvo que crearse una obra de estructuración polifacética y no unilateral como los tratados morales, los libros de sermones, o un teatro sofisticado sólo en su teoría dramatúrgica pero no en sus efectos vitales. En un primer nivel, la obra satisfaría solamente a un lector que buscara pasar un rato agradable (y de ahí el aprecio del Lazarillo como obra cómica); pero para los "ahondaren", como sugiere el autor, la experiencia literaria es otra.

Así, se puede estudiar la obra por otros senderos: el ético, el moral y el religioso. Ético en el sentido de que la simbología clara de los personajes y sus acciones llega a tener signos inconfundibles: la crueldad del ciego, la avaricia del clérigo, la fatuidad del escudero, la posible pederastia del Fraile de la Merced, la corrupción del Arcipreste, la falta de caridad en los sacerdotes, la indignidad de ofrecer a la propia mujer por un poco de comida... El mensaje moral del Lazarillo está orientado, como dijo Del Monte, hacia una ética social.
Lo que más llama la atención en la obra es la polémica erasmista y religiosa. Por un lado, Morel Fatio y otros estudiosos aseguran que El Lazarillo es un libro producto de las ideas de Erasmo en la península española. Y por otro lado, críticos como Bataillon consideran que la obra no fue concebida por una cabeza erasmista, ya que los clérigos que aparecen no ejemplifican una falta de fe, sino una falta de comportamiento social; por tanto, El Lazarillo muestra, a lo sumo, una forma de anticlericalismo tradicional. No obstante, sí es verdad que el erasmismo creó el ambiente favorable para que una obra como El Lazarillo se escribiera, sin que la obra misma fuera erasmista.
Márquez Villanueva y Ricapito estudian este problema con detenimiento, y llegan a la conclusión de que la obra era, en efecto, una obra concebida por una cabeza erasmista. La perspectiva hacia la vida que tiene Erasmo pertenece a una negativización de valores. Erasmo ve la vida como una lucha, una batalla, efímera, llena de desgracias y dificultades.
Esto es lo que define la vida de Lázaro como llena de adversidades. Su epopeya tiene lugar dentro de las coordenadas de un perspectivismo negativizante. No deja de recordarnos las varias locuras del mundo, de los hombres, de los que arriesgan la vida, los militares y soldados, como aquél del prólogo que busca el honor jugándose la vida. Erasmo subraya reiteradamente la insuficiencia de ritos, reliquias, la contabilidad de las misas, bulas papales, formas de superchería en la creencia popular. Frente a los aspectos negativos de los curas, Erasmo sugiere otros valores, la caridad, la amistad, piedad por los afligidos, precisamente lo que Lázaro ofrece al escudero. Erasmo ruega que el hombre se dé cuenta de la capacidad del pecado y del vicio de disfrazarse en forma de virtud. Elogia a los verdaderos pobres y desprecia a los cortesanos. Desprecia la necedad del linaje a expensas del verdadero honor, la falsa nobleza frente a la nobleza del alma y el espíritu. Erasmo ataca la ambición a costa de la integridad personal; ataca a los lisonjeros, a los avaros; ataca la avaricia, la arrogancia; subraya la importancia del matrimonio como un hecho sagrado.


Es verdad que falta en El Lazarillo la lección netamente espiritual, pero no por eso deja el autor de recurrir a los temas que aparecen en la obra de Erasmo, ni por eso deja la obra de ser erasmista. En Enquiridión, Erasmo ofrece muchos ejemplos y comentarios que tienen su ejemplo en los personajes, acciones y símbolos del Lazarillo, lo cual representa un avance artístico sobre los límites de otras formas literarias.
La otra gran obra de Erasmo, el Elogio de la locura, empieza con la perspectiva negativa, denigrante de los hombres y todas las acciones humanas. El punto de partida de Erasmo en esta obra es la estulticia. Hablando en primera persona, la estulticia hace una revisión de casi todos los estados y acciones humanas, poniéndolos todos debajo de la lupa y concluye viendo a unos clérigos ambiciosos, otros ignorantes, algunos que no saben siquiera ni leer, filósofos, teólogos, príncipes, cortesanos; en fin, toda la gama de la vida espiritual y social. No se le escapa ningún adulador ni ambicioso, ni milagrero, ni supersticioso. Ataca de manera irónica y sarcástica el afán por los títulos de nobleza, los que anhelan la honra escribiendo libros, los poderosos fuera de casa y los deseosos del poder en ella, los teólogos con su deseo de ser saludados debidamente. De especial interés son los cortesanos, necios en extremo, inclinados a la expresión insincera de saludos y usos de títulos, la propensión a la adulación. Los casados son examinados por la estulticia, y encontramos varias alusiones a matrimonios que recuerdan la situación de Lázaro y su mujer, no porque traten del adulterio y consentimiento, sino porque la actitud que informa la situación de Lázaro y las que Erasmo cita son iguales dentro de la perspectiva de estupidez maliciosa y no inocente.
Estos temas y su tratamiento a veces burlesco, a veces serio, a veces dentro de un estilo ambiguo, confirman la hipótesis de Ricapito de que el autor de El Lazarillo fue un pensador asociado con los ideales de Erasmo, y que su creación refleja y trata, dentro de una nueva forma y creación literaria, las grandes preocupaciones erasmistas de la época, y fue una tentativa de ocuparse de manifestaciones religiosas, ideológicas, políticas y sociales. Pero no lo hace imitando el estilo o el género de Erasmo, sino que presenta una nueva configuración literaria.