Biografía: https://escriturayescritoresbiografias.blogspot.com/2026/10/victor-del-arbol.html
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Apenas hay media docena de casas, repartidas entre la Punta de Arenas y la Punta de la Horca, y un pequeño muelle con una pasarela de troncos y un galpón que está cerrado casi todo el año; solo abre un par de horas en temporada, venden baratijas, postales que el tiempo ha decolorado, refrescos con la chapa oxidada y playeras que se reblandecen al sol.
Nadie en su sano juicio querría vivir en un lugar como este ni esperaría encontrar aquí la santidad. Era el sitio perfecto para mí. Lo único que debía hacer era mantenerme alejado de los turistas.
El problema era qué hacer con la soledad. Supongo que, tras casi tres años escondido allí, acabé convirtiéndome en un experto en el horizonte. Eso era a lo que me dedicaba ahora, a mirar a lo lejos como hacen los viejos. A ponerme a prueba con la melancolía de esos atardeceres, cuando el cielo se recogía pronto, las nubes descendían hasta la superficie lisa del mar y se doblaban despacio, como una manta púrpura. Esa era la hora en que las iguanas abrían la boca y sus ojos se teñían de rojo, cuando los albatros se largaban a sus cagaderos y las pocas palmeras cabeceaban, aburridas de tanto lirismo. No había nada que pensar, ni que sentir ni que hacer. Excepto mirar y olvidar.
Nadie en su sano juicio querría vivir en un lugar como este ni esperaría encontrar aquí la santidad. Era el sitio perfecto para mí. Lo único que debía hacer era mantenerme alejado de los turistas.
El problema era qué hacer con la soledad. Supongo que, tras casi tres años escondido allí, acabé convirtiéndome en un experto en el horizonte. Eso era a lo que me dedicaba ahora, a mirar a lo lejos como hacen los viejos. A ponerme a prueba con la melancolía de esos atardeceres, cuando el cielo se recogía pronto, las nubes descendían hasta la superficie lisa del mar y se doblaban despacio, como una manta púrpura. Esa era la hora en que las iguanas abrían la boca y sus ojos se teñían de rojo, cuando los albatros se largaban a sus cagaderos y las pocas palmeras cabeceaban, aburridas de tanto lirismo. No había nada que pensar, ni que sentir ni que hacer. Excepto mirar y olvidar.
Edición original: 2024
Edición digital para eBook
★★★★★
Esta novela la voy a tener que leer de nuevo en alguna otra ocasión. Porque tengo la sensación de que no la he saboreado como merece. He estado leyendo por las noches antes de dormir y en ocasiones me he quedado frito antes de terminar la segunda página. Cuando llegué en torno a la página 100, decidí empezarla de nuevo, porque no situaba los tiempos ni los personajes. Esta relectura me permitió entusiasmarme de nuevo, pero sobre la página 200 me planteé incluso dejarla.
Ahora que la he terminado, creo que hay demasiados personajes en la historia y demasiados saltos en el tiempo que me han descolocado. Esto es algo con lo que ya me he encontrado en otras historias de Víctor del Árbol, pero en esta ocasión no he sacado una conclusión positiva. Es muy probable que el hecho de leerlo en eBook quizás me ha dificultado aclarar los tiempos y me he propuesto buscarla en papel para una segunda lectura completa y localizar así con más facilidad los diferentes momentos en que se sitúan los hechos.
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