miércoles, 28 de agosto de 2013

La obra poética de Quevedo

Las poesías de Quevedo se publicaron póstumas bajo el título Parnaso español, monte en dos cumbres dividido con las nueve musas y Las tres musas últimas castellanas, aunque circularon desde fechas muy tempranas en manuscritos y algunas, como los romances y letrillas, cantadas. El escaso interés por la publicación de versos era frecuente en la época.

Celda de la Hospedería Real de Villanueva de los
Infantes, donde murió Quevedo en 1645.
Quevedo era ya escritor conocido a los veinte años, pues en 1603 el poeta Pedro Espinosa hizo una antología de los mejores poetas de su tiempo, que publicó dos años después con el título Flores de poetas ilustres. El joven Quevedo figura en ella con dieciocho composiciones, codeándose con los ya por entonces famosísimos Góngora y Lope de Vega.
Atendiendo a la temática, se suele clasificar la obra poética de Quevedo en poemas metafísicos, morales, religiosos, de circunstancias, amorosos y satíricos. A continuación veremos los más característicos.

Poemas metafísicos
Se denomina así a un tipo de poesía frecuente en la época, en la que se medita sobre la existencia. La brevedad de la vida, la fugacidad del tiempo, la aceptación de la muerte, son los temas más habituales. El soneto es la forma más común. Estilísticamente se busca la sorpresa con comparaciones y metáforas de la vida cotidiana. Véase un ejemplo, que se abre con la llamada a los de la casa para que abran, aunque con el sorprendente cambio de casa por vida:

¡Ah de la vida!...¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo y adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue, mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto;
soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.

Véase este otro ejemplo en donde se expone la aceptación tranquila de la muerte. Obsérvese la diferencia de tono entre el primer cuarteto, en el que se presenta la muerte como algo aterrador, y el tono del resto del poema:

Ya formidable y espantoso suena
dentro del corazón el postrer día;
y la última hora, negra y fría,
se acerca de temor y sombras llena.

Si agradable descanso, paz serena
la muerte en traje de dolor envía,
señas da su desdén de cortesía:
más tiene de caricia que de pena.

¿Qué pretende el temor desacordado
de la que a rescatar piadosa viene
espíritu en miserias anudado?

Llegue rogada, pues mi bien previene;
hálleme agradecido, no asustado;
mi vida acabe y mi vivir ordene.

Poemas morales
En este extenso grupo, en su mayoría sonetos, el poeta reflexiona sobre las virtudes, los vicios, la riqueza, los cambios de fortuna, el poder, etc. Véase, por ejemplo, este soneto dedicado al editor don José González de Salas, en el que se manifiesta el anhelo de la vida retirada del sabio dedicado a la lectura, con una alabanza a la imprenta y una meditación sobre la fugacidad del tiempo.

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Josef!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.

Especial interés tiene la Epístola censoria en tercetos dedicada al Conde Duque de Olivares en los inicios de su gobierno, que comienza así:

No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.

En ella expone Quevedo los ideales de una regeneración de España a través de la reforma moral contra los usos y costumbres -las fiestas, las corridas de toros- de una sociedad que ha perdido sus antiguos valores. Es, de hecho, una breve síntesis de los ideales reformistas que afloran en toda su obra.

Señor Excelentísimo, mi llanto
ya no consiente márgenes ni orillas:
inundación será la de mi canto.

Ya sumergirse miro mis mejillas
la vista por dos urnas derramada
sobre las aras de las dos Castillas.

Yace aquella virtud desaliñada,
que fue, si rica menos, más temida,
en vanidad y en sueño sepultada.

Poemas amorosos
Quevedo compuso numerosos poemas de amor, entre los que se incluye, bajo el título Canta sola a Lisi y, a la manera de Petrarca, un ciclo de sonetos dedicados a una desconocida dama.
Intentó Quevedo renovar la lírica amorosa renacentista por distintas vías, pero en todo caso, es el tratamiento hiperbólico de los motivos amorosos renacentistas y sus especiales metáforas lo característico de su lírica. Véase, por ejemplo, el siguiente soneto:

En los claustros del alma la herida
yace callada; mas consume hambrienta
la vida, que en mis venas alimenta
llama por las médulas extendida.

Bebe el ardor hidrópica mi vida
que ya, ceniza amante y macilenta,
cadáver del incendio hermoso, ostenta
su luz en humo y noche fallecida.

La gente esquivo y me es horror el día;
dilato en largas voces negro llanto,
que a sordo mar mi ardiente pena envía.

A los suspiros di la voz del canto;
la confusión inunda el alma mía;
mi corazón es reino del espanto.

Su tendencia a la crítica procuró a Francisco de Quevedo no pocos enemigos y le condujo en 1639 a
San Marcos de León, antes cárcel y hoy parador de turismo.
Poemas satíricos
Quevedo sintió especial gusto por la sátira pues en ella podía desplegar con mayor libertad todos sus experimentos verbales y, a la vez, poner de manifiesto por medio de la risa los defectos de la sociedad. Cualquier ser animado, cualquier oficio, cualquier actitud, cualquier situación puede ser objeto de su sátira, habitualmente compuesta en sonetos, letrillas y romances.
Los temas de sus poemas satíricos son muy variados: las modas, los viejos, los calvos, los maridos engañados, los sastres, los médicos, los alguaciles, los abogados, la tradición clásica, los herejes, los viciosos... y, desde luego, personas concretas, como, por ejemplo, su enemigo literario Luis de Góngora. Véanse algunas muestras de poemas satíricos:

- A un viejo:

Viejo verde, viejo verde,
más negro vas que tinta,
pues a poder de borrones
la barba llevas escrita.

- Al mosquito:

Trompetilla que toca a bofetadas,
que vienes con rejón contra mi cuero,
Cupido pulga, chinche trompetero...

- A un narigudo:

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado...

- Al dinero:

Madre, yo al oro me humillo;
él es mi amante y mi amado,
pues, de puro enamorado,
de continuo anda amarillo;
que pues, doblón o sencillo,
hace todo cuando quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

jueves, 22 de agosto de 2013

Francisco de Quevedo

Quevedo fue, ante todo, un escritor extraordinariamente dotado para el dominio de la lengua, la agudeza, el concepto. Y fue además un intelectual preocupado por la moral y la política, que mantuvo una actitud crítica frente a la sociedad de su tiempo. Conservador en muchos aspectos y, a la vez, muy moderno, siempre se sintió descendiente de los grandes humanistas del siglo XVI.

Una figura compleja
Francisco Gómez de Quevedo y Villegas nació en Madrid el año 1580, hijo de un escribano real y de una camarera de la reina. Hizo los primeros estudios con los jesuitas y estudió Artes, Matemáticas y Metafísica en Alcalá y Teología en Valladolid.
Escritor ya muy famoso a pesar de su juventud, parecía en esos años inclinarse por las Humanidades, los estudios bíblicos y la Filosofía. Sin embargo, en 1613 comenzó su carrera como político, que le ocasionó a lo largo de su vida dos encarcelamientos y bastantes sinsabores. Preparó desde Italia, con sobornos y dádivas, el nombramiento del Duque de Osuna como Virrey de Nápoles y permaneció fielmente a su servicio como secretario hasta su caída en 1621, que provocó el encarcelamiento de ambos. El duque de Osuna murió en prisión y Quevedo sufrió por unos meses encierro en Uclés (Cuenca) y destierro a la Torre de Juan Abad, una heredad suya cercana a Villanueva de los Infantes (Ciudad Real).
Con la llegada al poder del conde duque de Olivares, Quevedo puso su pluma al servicio de las ideas reformistas que el privado pretendía introducir. Pero pronto comenzaron las sátiras y el año 1639 fue detenido, a altas horas de la noche y con sumo secreto, en casa del duque de Medinaceli y llevado preso a San Marcos de León. No se saben los motivos, pero debieron de ser muy graves porque tanto el conde duque como el rey se mantuvieron inflexibles. De la prisión de San Marcos salió el año 1643, ya muy enfermo, tras la caída de Olivares. Dos años más tarde, en 1645, murió en Villanueva de los Infantes.
En la obra de Quevedo se ve bien la complejidad y enorme versatilidad de su figura. Por una parte, satirizaba los vicios de la sociedad de su tiempo, pero, en cambio, él mismo fumaba puros, convivía con una actriz de teatro y, al decir de sus detractores, bebía y jugaba. Y habiéndose criado entre tías y hermanas, se presenta como un feroz misógino que escribe las más punzantes sátiras contra las mujeres, lo cual no impide que componga una de las mejores colecciones de poemas amorosos de que dispone la literatura en lengua castellana.

Una extensa obra literaria
Quevedo quiso ser todo: filósofo, filólogo, teólogo, político, predicador... Y esencialmente fue un extraordinario manipulador de la lengua, genial escritor, que, además, tuvo el mérito no frecuente de utilizar estos dones verbales para intentar expresar quién era e intentar renovar la sociedad de su tiempo a través del humor.
La obra de Quevedo es muy dilatada y de gran diversidad, pues tanto en verso como en prosa cultivó las distintas formas y géneros propios de su época. El único género que resultaba ajeno a su estilo y a su mentalidad era la novela, aunque cultivó la novela picaresca, que se adecuaba a su espíritu satírico.

miércoles, 14 de agosto de 2013

El bolígrafo de gel verde

Nos fuimos a la playa, a Isla Cristina, ida y vuelta en coche en el mismo día. Una vez allí decidimos quedarnos y pasar un par de días más. Como en principio íbamos a estar sólo unas horas con unos amigos, pues no había llevado nada para leer, pero alargar la estancia y estar en la playa sin un libro, eso no va conmigo -me pone bastante nervioso-. Así que recordé que muy cerca de la Punta del Caimán hay una librería-papelería-tienda de regalos y prensa, en la avenida de Federico Silva Muñoz, donde ya me había comprado algún otro libro en otra ocasión, y rebusqué entre sus estanterías. Alguno de bolsillo, eso sí, que para llevarlo a la playa es lo más cómodo. Y me encontré con El bolígrafo de gel verde, recién editado en Booket.
De sobra es conocida la odisea de su autor, Eloy Moreno, para sacar adelante su novela, la repercusión que ha tenido, y la buena acogida de los lectores. Es verdad que me llamaba la atención desde hace tiempo, pero no me terminaba de decidir -frases muy cortas en una novela muy gorda-. Para esos días de playa, me pareció perfecta...
Sin embargo... el tiempo cambió, y no nos acompañó: unos aires que levantaban las arenas y se clavaban en las piernas, hicieron incómoda la estancia en Isla Cristina, por lo que pasamos más tiempo en el pueblo, tomando cervezas, que en la orilla del mar.
Una vez de vuelta en casa empecé su lectura. Los primeros pasajes fueron bastante hermosos, a la vez que divertidos -me reí con ganas con el episodio de la comida de empresa, con la nouvelle cuisine- y me pareció estar ante una gran novela. Posteriormente, leía de noche, antes de cerrar los ojos en la cama, y ahí perdí un poco el interés, me cansaba enseguida de leer y me vencía el sueño. Después cogí un ritmo de lectura mucho mayor: he tenido que hacer un viaje en tren, y eso me ha dado espacios largos de lectura. Afortunadamente, al final he logrado saborear esta historia, la he disfrutado, y me ha dejado un buen rollo, como si me hubiera despertado de un cierto relax respecto a los asuntos verdaderamente importantes de la vida. Desde luego, es una novela positiva, y hay que leerla de continuo, en largos ratos de lectura.

viernes, 9 de agosto de 2013

El rayo dormido

El tiempo mientras tanto fue una de mis lecturas más interesantes del 2012. Esto fue lo que me llevó a comprar El rayo dormido a finales del pasado mes de junio. También su reseña de la contraportada: dos historias desconocidas de la guerra civil española ensartadas como la cara y la cruz de la misma moneda.
Lo compré en edición de bolsillo (no está la cosa para tirar cohetes) en el VIP'S de República Argentina de Sevilla (con un vale de descuento que me vino muy bien). Y ha sido un acierto: en primer lugar, porque me ha permitido retomar la lectura, algo que tengo un tanto dejado; y en segundo lugar, por el libro en sí, que me parece muy recomendable.
Cada capítulo es una pequeña historia, un bocado del delicioso plato, y nos cuenta un hecho concreto, una conversación de Natalia, la periodista que reconstruye los hechos, con uno de los testigos o una de las reflexiones de los protagonistas. El que cada capítulo tenga un principio y un fin me ha gustado. Los personajes centrales son interesantes: Natalia y Carmen por un lado, y las heroicidades y miserias de José Emilio y Antonio por otro, pero están también Manuela, Julián o Cristina, quienes admiran, aman y tapan las vergüenzas de esos personajes principales.
Carmen Amoraga dice que quiso inicialmente hablar sobre las relaciones de amistad a través de las redes sociales y sobre la crisis actual del periodismo (la sociedad es consciente de la gravedad de que falten maestros, médicos o enfermeros, pero no de que continuamente se cierren periódicos o emisoras de radio), pero un tanto por azar se le cruzaron las historias de Pablo, de Ricardo y de la Nueve, y ha logrado componer con todo ello un puzzle armonioso y sorprendente. Por el título, El rayo dormido, sabes que hasta el final del libro no vas a encontrar los resultados de sus pequeños misterios, y que estallarán de pronto, como ese rayo que se encuentra dormido en el tronco del árbol hasta que prende circunstancialmente. Así, conforme leía, iba creándome mis propias hipótesis de lo que podría haberles ocurrido a Carmen, a Natalia o a José Emilio, y no reparas en que nuestras vidas pueden torcerse por una torpeza que irremediablemente escapa a nuestro control.
No es la primera vez que un buen libro de un autor me lleva a otro que me gusta también. Pero no siempre es así: entre mis libros favoritos se encuentran autores de los que no he leído nada más que me agrade. Ahora, decididamente, puedo decir que me gusta Amoraga, y espero que pronto nos traiga una nueva historia.

jueves, 1 de agosto de 2013

La gaviota

Con este libro he pasado de la emoción al desánimo.
Fue al principio del mes de junio, cuando alguien importante para mí, me lo regaló. Hacía tiempo que no nos veíamos y que no charlábamos tanto tiempo. Ella sabía que me iba a encontrar, por lo que tenía preparada la sorpresa de este regalo. Como digo, empecé con esta emoción.
Y luego curioseé sobre el autor, al que no había oído nombrar nunca. Nos dice la reseña de la solapa de esta edición de Salamandra, que Sándor Márai huyó de Hungría con la llegada del comunismo y emigró a Estados Unidos. La prohibición de su obra en su país de origen contribuyó a que quedara en el olvido, y sólo recientemente, con el ocaso del comunismo, fue redescubierto en su país y en el mundo entero. Bueno, con estas explicaciones me quedé más tranquilo de por qué no lo conocía. Tras esta fase de curiosidad, no encontré un buen momento para leerlo. No sabía muy bien por qué, pero no me atraía la lectura, me daba la sensación de que sería un libro raro. En El Cultural leí una reseña de Rafael Narbona que me facilitaba empezar el libro con mejor pie, con una explicación más clara de lo que me iba a encontrar.
Los primeros episodios del libro me llevaron con agrado a los puentes y a la Ópera de Budapest. Quizás la descripción de las gentes en la Ópera, el edificio y su ambiente de despreocupación ante la inminente guerra, es lo mejor de la novela. Luego viene el diálogo de los dos protagonistas de la historia, un diálogo complejo, cargado de misticismo y filosofía, reflexiones sobre la identidad humana..., pero al mismo tiempo frío, incompleto y con muchos silencios.
No sabría decir dónde va a parar todo el relato: habla de la supervivencia, de los milagros, de las macrohistorias y de las microhistorias (de cómo aunque un continente se desmorone con una guerra cruel, sus habitantes siguen teniendo sus pequeñas preocupaciones de amores y pérdidas), del poder que supone guardar un secreto y de si es posible volver de la muerte para repetir la vida.
Al final, como dije al principio, el desánimo.

lunes, 15 de julio de 2013

La prosa barroca

En el siglo XVI la prosa se convirtió en el medio idóneo para la difusión del pensamiento político, filosófico y moral de la época. Autores como Quevedo y Gracián cultivaron este tipo de prosa doctrinal en obras en las que vertieron la visión pesimista del mundo propio del Barroco.
En cuanto a la prosa de ficción, el género característico de la época es la novela picaresca, género al que pertenecen el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, y El Buscón, de Quevedo.

BALTASAR GRACIÁN 1601 - 1658
Baltasar Gracián
Gracián es, con Quevedo, una de las figuras cumbre del conceptismo. Nacido en Belmonte de Calatayud (Zaragoza) el año 1601, profesó muy joven en la Orden de los Jesuitas, y permaneció en ella hasta su muerte, a pesar de haber sido acusado de publicar "obras poco serias y muy alejadas de su profesión".
Los escritos de Gracián reflejan una concepción profundamente pesimista de la naturaleza humana. Para él, el mundo se mueve por el odio y la rivalidad, y en la dura lucha por sobrevivir en una sociedad insolidaria, el ser humano sólo cuenta con la inteligencia, la voluntad, la prudencia y la discreción.

El Criticón
La obra maestra de Gracián es El Criticón, una sátira de las costumbres de la sociedad de su tiempo en la que el autor trata con agudeza y acierto los grandes temas de la vida humana.
Una sencilla trama alegórica sirve de marco para la exposición de las ideas: Critilo es un náufrago al que salva Andrenio, un hombre que vive en estado salvaje en la isla de Santa Elena. Critilo enseña a hablar a Andrenio y juntos viajan por diversos lugares hasta llegar a la isla de la Inmortalidad. Los dos personajes encarnan la razón frente a la naturaleza: Critilo es juicioso y prudente mientras que Andrenio es un ser ingenuo que se deja engañar por la apariencia de las cosas. Al final se impone la visión de Critilo, la razón y la inteligencia frente a la naturaleza y el instinto.
Como buen conceptista, Gracián es un prosista muy agudo e ingenioso. Su prosa, llena de juegos de palabras, es densa y concisa, de acuerdo con su lema: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno".

martes, 9 de julio de 2013

El teatro en el Barroco

El Barroco es el gran siglo del teatro. Ello es debido en gran parte a la labor de tres dramaturgos geniales: Shakespeare en Inglaterra, Molière en Francia y Lope de Vega en España. Estos autores renovaron la técnica teatral e hicieron del teatro de su tiempo un espectáculo auténticamente popular, al que acudía todo tipo de público, desde el rey hasta el pueblo llano.
El teatro había nacido en la Edad Media en las festividades religiosas. Así, en las grandes solemnidades de Navidad o de Pascua se representaban ante el altar escenas de la vida de Cristo. Más tarde se introdujeron elementos profanos y entonces las representaciones pasaron al atrio de las iglesias. Finalmente, se compusieron obras totalmente profanas, que se representaban en las plazas o en locales preparados para ello. La técnica teatral era entonces muy rudimentaria, hasta que en el Renacimiento se adoptaron los principios del teatro clásico grecolatino. Sin embargo, el teatro de corte renacentista -que cultivó Cervantes en su primera época- no llegó a cuajar en España. Y fue Lope de Vega quien, rompiendo los moldes clásicos que restaban libertad al autor, creó un modelo de teatro, al que se ha llamando teatro nacional, que pervivió por lo menos hasta mediados del siglo XVIII.
Las razones del auge del teatro en el siglo XVII son diversas. En una sociedad urbana escasa de espectáculos, el teatro despertó mucho interés y llegó a gozar de la protección de algunos mecenas. A los corrales de comedias acudía un público variopinto. La labor del dramaturgo respondía, pues, a una demanda social creciente.
Por otra parte, en una época de decadencia como fue el Barroco, el teatro cumplía la función de recoger y moldear las aspiraciones y creencias del público, y en este sentido, tenía una finalidad moral. Por eso, muchas obras dramáticas del Barroco parten de la ruptura del orden, de una transgresión, para finalizar con el restablecimiento del orden.
Dos grandes figuras dominan la escena en el período barroco: Lope de Vega y Calderón de la Barca. Los dos dramaturgos crearon escuela y los demás se suelen agrupar en torno a ellos.

Calderón de la Barca
Pedro Calderón de la Barca
1600 - 1681
Pedro Calderón de la Barca nació y murió en Madrid (1600-1681). Su larga vida coincide plenamente con el desarrollo del Barroco en España, hasta tal punto que la fecha de su muerte suele considerarse como el final de este período literario y, al mismo tiempo, del Siglo de Oro.
En su juventud, Calderón recibió una sólida formación religiosa, pero renunció a tomar los hábitos y dedicó su vida a su labor como dramaturgo y al ejercicio de las armas. Más tarde, en 1651, cuando contaba ya 51 años, se ordenó sacerdote y llegó a ser capellán de honor de Felipe IV.
Calderón dedicó su vida al estudio de los grandes problemas filosóficos y teológicos que preocupaban en su época. Y estos mismos principios quedaron plasmados en su teatro.

Un teatro de ideas
La producción de Calderón se inició pocos años después de la renovación del teatro llevada a cabo por Lope de Vega. Calderón asimiló las innovaciones de Lope y las llevó a su obra de forma sistemática, pero hizo un teatro radicalmente opuesto al de aquél: un teatro de ideas que refleja el espíritu del Barroco. El honor, la virtud, la idea de las falsas apariencias y el libre albedrío son las ideas predominantes en su obra.
A diferencia de Lope, Calderón escribió sólo teatro. Actualmente conservamos más de doscientas piezas teatrales suyas, entre autos sacramentales y comedias y dramas.


Los autos sacramentales
Los autos sacramentales eran piezas teatrales de un solo acto que se representaban al aire libre en la festividad del Corpus. Su tema era la defensa de los valores de la religión católica y, en especial, la exaltación de la Eucaristía. Calderón creó un modelo de auto sacramental en el que se usa la alegoría para divulgar los temas teológicos. Los personajes de estas obras son símbolos de ideas abstractas (la Virtud, la Fe, el Pecado, la Vanidad...) y los asuntos son variados, desde temas bíblicos a hechos contemporáneos al autor. El más famoso auto sacramental de Calderón es El gran teatro del mundo.
El gran teatro del mundo enfoca la vida como representación teatral, en la que las personas son los actores y Dios es el Autor. En el gran teatro que es el mundo, a Dios le corresponde repartir los papeles; a los humanos representarlos bien. El rey, el labrador, el rico, el pobre... sólo serán juzgados por la forma en que libremente hayan desempeñado su papel. La tesis de la obra supone, pues, la afirmación de la libertad humana frente a la doctrina protestante de la predestinación. Así lo afirma en la obra el Autor:

Yo, bien pudiera enmendar
los yerros que viendo estoy;
pero por eso les di
albedrío superior
a las pasiones humanas,
por no quitarles la acción
de merecer con sus obras;
y así dejo a todos hoy
hacer libres sus papeles.

Comedias
Calderón escribe numerosas comedias de enredo, al estilo de Lope de Vega, dirigidas al numerosísimo público que acudía a los corrales de comedias. Son obras cuyo fin es entretener al espectador con un continuo suceder de acciones que desembocan en un final feliz. Entre ellas destacan La dama duende y Casa con dos puertas, mala es de guardar.

Dramas
Más representativos de la dramaturgia de Calderón son sus dramas, en los que se recogen las preocupaciones de la época barroca: la fugacidad de la vida, la muerte, el más allá, el honor, la inconsistencia de los bienes materiales... Entre ellos destacan El alcalde de Zalamea, sobre el tema del honor, y La vida es sueño.


La vida es sueño es un drama filosófico que plantea los temas de las falsas apariencias y del libre albedrío. Segismundo, príncipe de Polonia, se halla desde niño encerrado en un castillo con la única compañía de su ayo, debido a que un oráculo vaticinó en el momento de su nacimiento que humillaría a su padre, el rey Basilio, y arruinaría el país. Para evitarlo, Basilio ordena encarcelar a su hijo en un lugar apartado, donde éste, ignorante de su procedencia, vive casi como una fiera. Pasados los años, para comprobar si Segismundo es digno del trono, el rey ordena que le suministren un narcótico y lo lleven a palacio. El príncipe despierta de su letargo y, ante lo imprevisto de la situación, reacciona con violencia, por lo que es devuelto a su prisión. El pueblo, conocedor del hecho, libera a Segismundo. Éste se enfrenta con su padre y lo vence; pero esta vez, aprendiendo de la experiencia pasada, se comporta justa y generosamente con él.
La obra supone el triunfo de la libertad del individuo, que, pese a lo engañoso de la realidad, es capaz de gobernar sus acciones por medio de la razón.

Un estilo solemne
Calderón incorporó a su teatro los recursos del Barroco en sus dos vertientes: conceptista y culterana. En su obra más genuina -los dramas filosóficos y los autos sacramentales- utiliza un lenguaje grave y solemne como corresponde a la densidad de los problemas que plantea.

Tirso de Molina
Retrato de Tirso de Molina
Fray Gabriel Téllez recibió críticas de quienes
consideraban que escribir comedias no era oficio
digno de un religioso.

Tirso de Molina -seudónimo de Gabriel Téllez- fue uno de los grandes dramaturgos del siglo XVII y el máximo representante de la escuela de Lope de Vega. Sus comedias, ingeniosas y bien construidas, superan a las de Lope por la mayor elaboración de la trama y por la profundidad psicológica de sus personajes.
Aunque su producción es muy extensa, Tirso de Molina debe su popularidad a la creación de un personaje universal: don Juan. El burlador de Sevilla y convidado de piedra presenta a don Juan Tenorio, un conquistador fatuo y despiadado que dedica su vida a engañar a las mujeres:

Sevilla a voces me llama
el Burlador, y el mayor
gusto que en mí puede haber
es burlar una mujer
y dejarla sin honor.

Don Juan mata al Comendador, padre de una joven a la que pretendía seducir. Más tarde ve la estatua del Comendador y se burla de él invitándolo a cenar. El Comendador acude a la cita y a su vez invita a don Juan para la noche siguiente junto a la capilla donde está su tumba. Don Juan, aunque receloso, se presenta "porque se admire y espante Sevilla de mi valor" y recibe la muerte de manos del Comendador, con el consiguiente castigo eterno. Así le dice el Comendador a don Juan poco antes de ejecutar el castigo:

Las maravillas de Dios
son, Don Juan, investigables,
y así quiere que tus culpas
a manos de un muerto pagues.
Y si pagas desta suerte,
esta es justicia de Dios:
"Quien tal hace, que tal pague".

El personaje de don Juan se ha convertido en un mito y ha sido recreado por José Zorrilla y por otros escritores de la literatura universal, como Molière, Lord Byron y Bernard Shaw.

sábado, 29 de junio de 2013

La lírica en el Barroco

La poesía barroca es fundamentalmente lírica y en ella se manifiestan las dos corrientes literarias de la época: el conceptismo, representado por Francisco de Quevedo, y el culteranismo, encarnado por Luis de Góngora.

Luis de Góngora

El poeta Luis de Góngora y Argote es la cima del culteranismo. Nacido en Córdoba el año 1561, hizo la carrera eclesiástica y ejerció como capellán del rey Felipe III. Al final de su vida, enfermo, abrumado por las dificultades económicas y hastiado de la Corte, se retiró a su Córdoba natal, donde murió el año 1627.
El ingenio y la personalidad de Góngora atrajeron a un grupo de poetas, que siguió sus huellas; en cambio otros contemporáneos suyos, entre ellos Quevedo, atacaron la oscuridad de su poesía.

Una poesía de contrastes: luz y tinieblas
La poesía de Góngora ofrece grandes contrastes: junto a poemas ágiles y sencillos en los que el autor sigue la vena popular hay otros poemas cultos de lectura difícil. Dámaso Alonso, gran estudioso del poeta cordobés, llama a Góngora "ángel de luz" por sus poemas populares y "ángel de tinieblas" por sus poemas cultos.
Entre los poemas populares de Góngora destacan los romances y las letrillas, en las que recrea canciones tradicionales, sin perder su sabor popular.
  • Los romances de Góngora, de gran brillantez y perfección, constituyen una importante aportación al Romancero del siglo XVII. Los temas son variados: los hay moriscos, de cautivos, caballerescos, mitológicos..., tratados unas veces en tono serio y otras en forma burlesca.
  • Las letrillas son composiciones escritas en versos de arte menor y llenas de gracia y vivacidad. Unas tratan temas amorosos o religiosos, de una gran delicadeza; otras, referidas a asuntos cotidianos, tienen carácter burlesco. Así comienza una conocida letrilla satírica de Góngora:
Ándeme yo caliente
y ríase la gente.

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequilla y pan tierno;
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.

Entre los poemas cultos de Góngora, en los que el poeta hace gala de los recursos del culteranismo, tenemos sus sonetos, la Fábula de Polifemo y Galatea y las Soledades.
  • Los sonetos, en una primera época, tratan temas amorosos, en la línea de los renacentistas, pero adquieren después caracteres barrocos: aparecen entonces el tema del desengaño y la sátira social.
  • La Fábula de Polifemo y Galatea es un extenso poema escrito en octavas reales sobre un tema mitológico: el gigante Polifemo se enamora de la ninfa Galatea, pero ésta ama al pastor Acis. Despechado, Polifemo arroja un gran peñasco sobre su rival y le da muerte, pero los dioses, compadecidos por el dolor de Galatea, convierten a su amado en río.
  • Las Soledades, un largo poema de más de dos mil versos escrito en silvas, son un canto a la naturaleza. Un sencillo argumento -un náufrago que, al llegar a tierra, es acogido por unos cabreros y pescadores- sirve de pretexto al autor para plasmar un mundo lleno de belleza y unos seres que viven en armonía con la naturaleza.
Un estilo poético propio: el gongorismo
Góngora se sirve de toda clase de recursos con el fin de transformar y embellecer la realidad. Su poesía es muy elaborada y abundan en ella los cultismos, las metáforas, las imágenes coloristas y el hipérbaton. Característico también de Góngora es el colorismo que imprime a sus versos, y, sobre todo, la pureza y perfección de sus colores, que no son simplemente amarillo, rojo, azul, sino oro, púrpura, zafiro, como podemos comprobar en estos versos:

Purpúreas rosas sobre Galatea
al alba entre lilios cándidos deshoja.

El personalísimo estilo de Góngora ha dado nombre a una tendencia literaria: el gongorismo. Un poco olvidado en los siglos posteriores, fue justamente rehabilitado en el tercer centenario de su muerte, cuando los poetas de la generación del 27, entre los que se encuentran Dámaso Alonso, Federico García Lorca y Rafael Alberti, expresaron su admiración por el gran poeta cordobés y se declararon seguidores de su poesía.

sábado, 22 de junio de 2013

La literatura barroca: conceptismo y culteranismo

Más que una ruptura, el Barroco es una evolución del clasicismo renacentista. De hecho, en el Barroco se sigue admirando a los clásicos y se recogen temas y recursos utilizados por los escritores del Renacimiento. La diferencia respecto al Renacimiento radica en el enfoque de los temas y en el uso intensivo de los recursos estilísticos: en este aspecto el Barroco rompe con las normas renacentistas de naturalidad y armonía y crea una literatura artificiosa y difícil, que lleva al límite sus posibilidades expresivas con el fin de impresionar.

El triunfo de Baco o Los borrachos, de Velazquez (1628-1629)
Museo del Prado de Madrid
Frente a la idealización renacentista en los temas mitológicos, en el Barroco los dioses clásicos aparecen representados con todos sus defectos. El dios Baco era considerado como una alegaría de la liberación del hombre frente a la esclavitud de la vida diaria.
En la literatura barroca española se distinguen dos corrientes: el conceptismo y el culteranismo.

El conceptismo: el triunfo del ingenio
El conceptismo se caracteriza por la asociación ingeniosa de ideas. Se trata de un arte muy sutil que se dirige a la inteligencia del lector. Los escritores conceptistas expresan muchas ideas en pocas palabras. El resultado es un texto denso y difícil de interpretar. Los juegos de palabras y las antítesis, en las que se contraponen ideas o situaciones, son los recursos más utilizados. Así, Quevedo, en El buscón, para referirse a un borracho juega con dos sentidos de la palabra "cepa": origen o linaje de una persona y tronco de la vid.

Dicen que era de muy buena cepa y, según él bebía, es cosa de creer.

El culteranismo: el culto a la belleza
El culteranismo pretende ante todo lograr la belleza formal. Los autores culteranos embellecen la expresión, eligiendo las palabras por su sonoridad y su poder de evocación. Crean así un lenguaje poético de tono elevado, con profusión de recursos estilísticos. Las metáforas brillantes, los neologismos, las alusiones a la mitología... hacen del culteranismo un estilo difícil, accesible solamente para una minoría.
He aquí la descripción que hace Góngora del gigante Polifemo:

Un monte era de miembros eminente,
este (que, de Neptuno hijo fiero,
de un ojo ilustra el orbe de su frente,
émulo casi del mayor lucero)
cíclope, a quien el pino más valiente,
bastón, le obedecía, tan ligero,
y al grave peso junco tan delgado,
que un día era bastón y otro cayado.

Dámaso Alonso interpreta estos versos así:

Era como un eminente monte de miembros humanos este cíclope, feroz hijo del dios Neptuno. En la frente de Polifemo, amplia como un orbe, brilla un solo ojo, que podría casi competir aun con el Sol, nuestro máximo lucero. El más alto y fuerte pino de la montaña lo manejaba como un ligero bastón; y, si se apoyaba sobre él, cedía al enorme peso, cimbreándose como delgado junco, de tal modo, que, si un día era bastón, al otro ya estaba encorvado como un cayado.

sábado, 15 de junio de 2013

El pensamiento barroco

La literatura barroca refleja la situación de crisis política, económica y religiosa que se vive en la época. Esto no significa que la literatura esté en crisis, sino que el pensamiento barroco está presente en muchas de sus páginas. Y así, al optimismo sucede el pesimismo; a la sencillez y naturalidad, la complicación; a la armonía, la desmesura; al humanismo, la desconfianza en el hombre; a la exaltación de la vida, la desvalorización de todo lo terreno.
  • El desmoronamiento del imperio español y sus sublevaciones internas, que culminan en la independencia de Portugal (1668), producen una profunda crisis política que se refleja en una visión pesimista en las páginas de algunos pensadores y literatos del momento, entre ellos, Quevedo.
  • La crisis económica, consecuencia del elevado coste de las guerras, la mala administración y el desastroso estado de la agricultura, hizo que se agudizaran las desigualdades sociales y se extendiera cada vez más la miseria. Los campesinos emigraron a las ciudades para soslayar las condiciones adversas del campo; y este flujo migratorio provocó en las ciudades una población creciente de mendigos, pícaros y delincuentes. La novela picaresca de la época, mucho más amarga y pesimista que su precedente el Lazarillo de Tormes, da cuenta de esta realidad social.
    Medallón de Calderón en la Biblioteca
    Nacional de Madrid
  • En el terreno ideológico, el humanismo renacentista cede paso a la desconfianza en la vida y en el ser humano. La vida se ve como un conjunto de falsas apariencias, como un magno teatro, "el gran teatro del mundo" del que hablaba Calderón. Y en este teatro cada uno representa el papel que le corresponde. El propio Calderón titula una de sus obras más representativas La vida es sueño, y pone en boca del protagonista de esta obra la siguiente reflexión:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
  • En el plano religioso, el espíritu de la Contrarreforma lleva consigo la desvalorización de lo terreno y el afán de trascendencia. La idea de la fugacidad de la vida da lugar a dos actitudes contrapuestas: por una parte, la exaltación de lo religioso; por otra, el afán por disfrutar de la vida. El espíritu religioso se manifiesta, por ejemplo, en las Rimas sacras, de Lope de Vega, y en los autos sacramentales. El espíritu vitalista aparece en el tema del "carpe diem", es decir, de la exhortación a gozar de la juventud, dado que todo se desvanece pronto y acaba, en palabras de Góngora, "en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada".

domingo, 9 de junio de 2013

El Barroco

El Renacimiento, que comenzó siendo una época llena de optimismo y confianza, fue tiñéndose poco a poco de una visión desengañada y pesimista del mundo y del ser humano y dio lugar a un nuevo movimiento cultural y artístico que conocemos como Barroco.
El Barroco se extiende a lo largo del siglo XVII y coincide con un periodo de crisis política, económica, social y religiosa. El enfrentamiento entre católicos y protestantes, que se había iniciado en el siglo XVI, desembocó en guerras de religión, que afectaron a diversos países europeos. Y las guerras, sumadas a las persecuciones religiosas y al clima de intolerancia, fueron forjando ese sentimiento generalizado de pesimismo y desconfianza. El Renacimiento había creído en la bondad del ser humano y en un mundo en armonía; en el Barroco, este ideal se desmorona.
Paradójicamente, en este clima de deterioro florecen en España un arte y una literatura excepcionales.

Un mundo de contrastes
El siglo XVII fue una época de profundos desequilibrios. España sufrió durante el reinado de los tres Austrias menores -Felipe III, Felipe IV y Carlos II- una importante crisis política, económica y social. La realidad de una España agotada y en decadencia contrasta con el deseo de permanecer como la potencia hegemónica que había sido durante el siglo XVI. Este viejo conflicto entre lo que se es y lo que se desea o se cree ser se observa en todos los ámbitos de la sociedad y deriva hacia uno de los rasgos más característicos de la época: el obsesivo afán de aparentar. Góngora denuncia la preocupación por las apariencias en estos versos:

Puerta Elvira de Granada
Góngora alude a este lugar
 porque en él se ejercía la prostitución
en el siglo XVII
Todo se vende este día,
todo el dinero lo iguala:
la Corte vende su gala,
la guerra su valentía;
hasta la sabiduría
vende la Universidad,
     ¡verdad!
En Valencia muy preñada
y muy doncella en Madrid,
cebolla en Valladolid
y en Toledo mermelada,
puerta de Elvira en Granada,
y en Sevilla doña Elvira,
     ¡mentira!

También se producen tensiones entre la vida y las ideas, entre una actitud vitalista y un estricto sentimiento religioso que condena lo mundano. Ambas actitudes opuestas concurren en una misma persona, como sucedió con Lope de Vega.
Impregnado de este espíritu contradictorio, el arte barroco subraya los desequilibrios y los contrastes. Es, en efecto, un arte dirigido a conmover los espíritus en el que frecuentemente se emplea la antítesis o contraposición como procedimiento para crear efectos y desencadenar sentimientos. Así vemos que la literatura presenta en un mismo plano lo pequeño y lo grandioso, lo sublime y lo grotesco, lo feo y lo bello. Y un escritor como Quevedo es capaz de pasar del más alto lirismo a la sátira más grosera, de la idealización a la caricatura, encarnando ese espíritu contradictorio del Barroco.

domingo, 26 de mayo de 2013

El Quijote de 1615

En 1614 apareció el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras, compuesto por el "Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la Villa de Tordesillas". Se publicó en Tarragona, con aprobaciones del 18 de abril y del 4 de julio del mismo año. La identidad del "Avellaneda" autor del Quijote apócrifo no se ha establecido, y es probable que Cervantes mismo no llegara a saber quién se había escondido detrás del seudónimo. Sólo deja entender el autor que se sintió ofendido por Cervantes en el Quijote de 1605, y que le indignaron la crítica y las pullas dirigidas por Cervantes a Lope de Vega. De interés para nosotros son las consecuencias que la obra de Avellaneda puede haber tenido para la auténtica segunda parte que por entonces terminaba Cervantes.


La primera referencia al Quijote de Avellaneda en la Segunda Parte auténtica en el capítulo 59. En los quince capítulos que siguen hasta el final de la obra, Cervantes lo menciona o alude a él seis veces más, y lo trata explícitamente, además, en la "Dedicatoria al Conde de Lemos" y en el "Prólogo". Es lógico suponer que la obra de Avellaneda salió cuando Cervantes redactaba el capítulo 59, pero aun así quedan problemas en cuanto a las relaciones entre las dos segundas partes. Stephen Gilman reconoce que hay en el Quijote apócrifo una serie de incidentes y de frases que han pensar que Avellaneda conocía el trabajo que estaba haciendo Cervantes, o viceversa, y concluye que Avellaneda, quizás dominico y seguramente eclesiástico representante activo de la Contrarreforma, sabía algo, probablemente sólo de oídas, de la segunda parte auténtica. No obstante eso, es también posible que Cervantes haya intercalado materia en su segunda parte en algún capítulo anterior al 59, después de haber visto la de Avellaneda. La tesis de Riquer de que el episodio del retablo de Maese Pedro sea una transformación genial de un episodio del Quijote apócrifo es muy interesante al respecto.
Cervantes responde en su prólogo con mesura y reserva a los insultos proferidos por Avellaneda en el suyo, pero al hacer entrar al Quijote apócrifo dentro del mundo de su propia ficción, lo aniquila. En el capítulo 59 lo repudian don Quijote y unos caballeros que lo leían, que verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía "su autor aragonés". En el capítulo 72 Cervantes introduce uno de los personajes importantes de la obra de Avellaneda, don Álvaro Tarfe, quien al conocer a don Quijote y a Sancho se ve forzado a admitir que son los verdaderos, y a repudiar la validez de su propia experiencia, declarando ante un alcalde que "no conocía a don Quijote de la Mancha, que asimismo estaba allí presente, y que no era aquel que andaba impreso en una historia intitulada Segunda Parte de don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas". Es un juego atrevido con la verosimilitud -principio estético muy caro a Cervantes- este recurso ingenioso que concede realidad al Quijote de Avellaneda al mismo tiempo que le niega de una manera terminante toda autenticidad. El pobre don Álvaro afirma que "no he visto lo que he visto ni ha pasado por mí lo que ha pasado".
El golpe de gracia viene al final del último capítulo, con las palabras dirigidas a los "presuntuosos y malandrines historiadores" que Cide Hamete pone en boca de su pluma:

Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio.

Por último, hay que reconocer que sin el Quijote de Avellaneda es muy posible que Cervantes no hubiera terminado su segunda parte, de la que dice al Conde de Lemos en la dedicatoria que "es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe para quitar el hámago y náusea que ha causado otro don Quijote, que con nombre de segunda parte se ha disfrazado y corrido por el orbe". Apenas seis meses después de escribir estas líneas, Cervantes murió.

El papel de la Primera Parte
El manuscrito de Cide Hamete terminó con la vuelta de don Quijote a su aldea al final de la primera parte, y Cervantes se vio reducido a conjeturas basadas en "las memorias de la Mancha" y los pergaminos de la caja de plomo. La procedencia del nuevo manuscrito de Cide Hamete a que alude Cervantes a lo largo de la segunda parte no se explica jamás, y el juego con las "fuentes" de la historia es reemplazado por el contraste entre el don Quijote "vivo" y presente y el ya historiado. Las referencias a la primera parte confirman lo verídico de ella y sirven para aumentar la ilusión de vida autónoma en los personajes.
Es importante notar que en el Quijote de 1615, el de 1605 reemplaza en gran parte los libros de caballerías como punto de referencia. Casi todos los personajes de alguna importancia de la segunda parte han leído la primera, lo que da lugar a la serie de juegos, burlas y engaños de que es víctima don Quijote en su tercera salida. Aunque median diez años entre la publicación de las dos partes, dentro de la acción sólo ha pasado un mes desde que don Quijote volvió a su aldea en la jaula. El caballero se entera casi en seguida de la existencia de la primera parte, traducida ya del árabe y publicada, según Sansón Carrasco, quien la ha leído, en varias ediciones. Don Quijote, Sancho y Sansón comentan y critican el libro en el capítulo 3, conversando sobre el talento y los motivos del sabio Cide Hamete, y de lo verídico del relato. En el capítulo anterior anticipa Cervantes esta nueva yuxtaposición de literatura y vida con un diálogo entre Sancho y don Quijote sobre la reacción de la gente del pueblo a sus hazañas:

- En lo que toca -prosiguió Sancho- a la valentía, cortesía, hazañas y asunto de vuestra merced, hay diferentes opiniones: unos dicen: "Loco, pero gracioso"; otros: "Valiente, pero desgraciado"; otros: "Cortés, pero impertinente".

Estas tres alternativas abarcan casi toda la vasta extensión de la crítica de 350 años: don Quijote será "loco, pero gracioso" para la mayoría de los lectores durante casi dos siglos después de su publicación y para algunos críticos del siglo XX; será "valiente, pero desgraciado", para toda la crítica desde el Romanticismo que idealiza al Caballero de la Fe; será "cortés, pero impertinente", para los que vislumbran una lección moral en la vida del protagonista. La crítica perspectivista de Castro, Spitzer y Percas de Ponseti está latente en la misma lista de pareceres sin indicio del punto de vista de Cervantes.

El Quijote de 1605 frente al de 1615
Edición de Cátedra de 1982, con el
estudio introductorio de John Jay Allen,
utilizado en las entradas para este blog.

Si las aventuras del Quijote de 1605 son las más presentes en la memoria popular, las predilectas de los ilustradores y las imprescindibles en cualquier adaptación moderna, por ser tan escuetas, sencillas y gráficas (molinos de viento, yelmo de Mambrino), las de la segunda parte son mucho más profundas, complejas y sugerentes. Entre las más destacadas, habría que señalar el encantamiento de Dulcinea, el retablo de Maese Pedro y la cueva de Montesinos. Si la primera parte es la historia de la búsqueda, la segunda es la del encuentro. Desde el principio de la tercera salida don Quijote sabe que es "famoso". Sancho gobierna, y su amo se confirma en su papel: "Y aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico". Pero es también la historia del inevitable y doloroso desengaño para los dos: "Yo no nací para ser gobernador"; "Ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano". Una serie de temas y de conflictos de la primera parte va paulatinamente metamorfoseándose: la lucha de don Quijote contra los que encuentra al azar en su camino cede a la lucha interior entre las aspiraciones y las dudas, reflejada tan despiadadamente en el sueño de la cueva de Montesinos; el énfasis de don Quijote en la fuerza de su brazo cede a la evocación de la fortaleza de su ánimo; el hidalgo loco de la primera parte se nos vuelve el cuerdo-loco, y el escudero gracioso es ya el discreto gobernador. Así, la complejidad de esta prodigiosa novela se desplaza del mundo ilusorio de las novelas de caballerías hacia el mismo mundo en que vivimos todos.

miércoles, 3 de abril de 2013

El Quijote de 1605

Cervantes nació en el reinado de Carlos V, en la época de la expansión imperial de una España abierta a las corrientes intelectuales de la Europa renacentista, dueña del Nuevo Mundo y árbitro, a través de su vasto imperio, de la política de Occidente. Pero cuando se publicó El Quijote de 1605 ya España se había vuelto de espaldas al resto del continente, tras el fracaso del ideal de la unidad católica de Europa bajo la hegemonía española, amenazada desde fuera por la oposición extranjera a su política y por una serie de crisis económicas y financieras desde dentro. En la España de los Felipes las obras de Erasmo, que habían influido tanto en la vida intelectual de la corte del Emperador, estaban prohibidas, y España, que había fundado hacía dos siglos un Colegio Español en Bolonia, prohibió a la juventud el estudio en el extranjero.
La vida de Cervantes se relaciona íntimamente con los acontecimientos a los dos lados de esta partición de las aguas del destino imperial de España. Alude repetidas veces a su participación en la victoria sobre los turcos en Lepanto (1571), para él "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". Sólo diecisiete años más tarde, sin embargo, tras el largo cautiverio en Argel y su regreso a España, se vio reducido al puesto de comisario de abastos para la Armada Invencible, cuya derrota en 1588 señala el comienzo del ocaso español del siglo XVII.
A esta partición de las aguas políticas e históricas corresponden distintas etapas en el desarrollo de la literatura española, pues Cervantes nació y se crió en pleno Renacimiento, pero publicó El Quijote al principio del Barroco. La literatura del Renacimiento en España se caracteriza por la sencillez, la claridad y el equilibrio, ejemplificados en las églogas de Garcilaso y las novelas pastoriles de Montemayor y Gil Polo. En el Barroco, la imaginería y la temática renacentista son intensificadas, exageradas, retorcidas, parodiadas y, en general, sometidas a toda clase de elaboraciones extremas. Productos típicos del Barroco son las suntuosas metáforas de Góngora y la difícil sintaxis de sus Soledades, por un lado, y los agudos conceptos y la sátira hiperbólica de Quevedo, por otro. Las dos tendencias principales del estilo barroco, conceptismo y culteranismo, tienen una base común de complejidad, exageración e intensificación, con una consecuente desrealización que se relaciona con una íntima sensación de desilusión y desengaño, reflejada ya en la sátira y la parodia exacerbadas, ya en la fuga a un mundo metaforizado depurado y deslumbrante, alejado hasta el máximo de la realidad circundante.
El agotamiento de las posibilidades de expresión de las formas literarias renacentistas coincidió con el fracaso nacional, y los escritores del Barroco pugnaban por encontrar formas adecuadas a la nueva sensibilidad. En El Quijote, Cervantes parece haber logrado la asimilación de las características esenciales de las dos sensibilidades en un equilibrio y una serenidad renacentistas que abarcan toda la problemática barroca sobre este mundo de engaños y decepciones.

Génesis del Quijote
Las circunstancias de la composición de El Quijote de 1605 son totalmente desconocidas, y las especulaciones sobre posibles modelos vivos para don Quijote, "la cárcel en que se engendró" la novela y el "lugar de la Mancha" donde vivía Alonso Quijano no han llegado a conclusiones definitivas. La fecha de composición de algunos capítulos se remonta por lo menos a 1589. Hay quienes relacionan el comienzo de la obra con el encarcelamiento de Cervantes en Castro del Río en 1592. Se ha sugerido la posibilidad de que Cervantes se hubiera propuesto escribir una breve "novela ejemplar", inspirándose en una obrita contemporánea, El entremés de los romances, y que sólo al darse cuenta de las posibilidades del tema integrara el esbozo en la estructura mucho más compleja de la novela (Menéndez Pidal). Otras muestras de vacilaciones y titubeos se han visto en la intercalación tardía de epígrafes de capítulos, en la breve salida inicial sin Sancho, y en los indicios de que Cervantes parece haber cambiado el orden de ciertos episodios después de la redacción de una versión primitiva.
Lo que parece fuera de duda es que hay que tomar muy en serio la repetida afirmación del autor de haber escrito El Quijote para "derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros".