viernes, 3 de abril de 2015

Miguel de Unamuno: Notas biográficas

En su vida, Unamuno publicó seiscientos treinta y un ensayos cortos y veinticinco libros de ensayo, pero dejó ochocientos artículos dispersos en los periódicos de España y de América, de los cuales sólo cuatrocientos se han reeditado. Escribió cinco novelas, ocho novelas cortas, setenta y dos cuentos y ochenta y dos cuentos en diálogo. Escribió poesía toda su vida y publicó ocho libros de poemas y ciento once poemas sueltos en diversas revistas, pero dejó mil setecientos cincuenta y cinco poemas inéditos. Fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca tres veces y tres veces fue destituido. Encontró tiempo para escribir cincuenta y cuatro prólogos a los libros de amigos y conocidos y pronunció más de cien conferencias y discursos, de los que nos quedan cincuenta y dos textos. Su correspondencia recogida pasa de mil cartas. Logró escribir y publicar doce obras para el teatro, y aunque nunca consiguió el éxito que buscaba en ese género, dejó veintiséis obras teatrales proyectadas. Escribió un diario íntimo en los años de crisis espiritual al principio del siglo, que nunca esperó publicar y que ahora es parte de su obra al lado de la angustia de sus personajes. Su biblioteca en Salamanca, con libros cuidadosamente leídos y anotados, pasó de los ocho mil volúmenes. Se le exilió de España por su independencia política; con el cambio de gobierno se le otorgó el título de "primer ciudadano" en reconocimiento a su integridad, pero murió a los setenta y dos años bajo arresto en su domicilio por la misma independencia que demostró siempre. Desde sus primeros escritos, Unamuno se mantuvo fiel a esa independencia tan suya. En 1899 canta a sus poemas con estos versos:

Vosotros creeréis a mi quimera
libre de torpes trabas,
la lanzaréis vosotros, mis valientes,
sobre mi pobre patria
que sueña en ella.

Y concluye el 28 de diciembre de 1936:

Morir soñando, sí, mas si se sueña
morir, la muerte es sueño; una ventana
hacia el vacío; no soñar; nirvana;
del tiempo al fin, la eternidad se adueña.

Vivir el día de hoy bajo la enseña
del ayer deshaciéndose en mañana;
vivir encadenado a la desgana
¿es acaso vivir? ¿Y esto qué enseña?

¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
¿Vivir el sueño no es matar la vida?
¿A qué poner en ello tanto empeño

aprender lo que al punto al fin se olvida
escudriñando el implacable ceño
-cielo desierto- del eterno Dueño?

Cuarenta años después de su muerte hay más de cinco mil libros y estudios en todas las lenguas de Europa dedicados a Miguel de Unamuno. ¿Qué hombre era éste?
Don Miguel de Unamuno nació en Bilbao el 29 de septiembre de 1864 y murió en Salamanca el 31 de diciembre de 1936. En estos setenta y dos años vivió la historia política, social y cultural de España con una intensidad que ya es legendaria. Pero también vivió en Copenhague con Kierkegaard, en Londres con Dickens y en París con Pascal, porque Unamuno, lector voraz, leía para recrear una tensión vital con el autor distante en tiempo y espacio a través del texto escrito. Constante a su filosofía, nos ha dejado las señas de su vida en su obra. Los textos de Unamuno hablan de la historia y la cotidianeidad, que llamó intrahistoria, de España tal como la vivió, sintió y creó este hombre extraordinario. Unamuno no escribe una autobiografía, género que implica un texto dedicado a reconstruir la vida de su autor, porque toda su obra es autobiográfica. Unamuno dejó su vida reflejada en sus escritos.
Los primeros años se encuentran en Recuerdos de niñez y mocedad y De mi país y, como fondo, en su novela Paz en la guerra. En estos textos la historia política de España queda lejos y sólo se oyen rumores y ecos o se sienten repercusiones de los cambios en Madrid, pero el enfoque central está en la sustancia colectiva del ser humano, es decir, la intrahistoria vista desde Bilbao y el País Vasco.
En cuanto a la vida íntima se descubre vez tras vez, al leer la obra de Unamuno, que la enorme unidad de cuarenta años de escribir se debe en gran parte al hecho de que sus personajes y las situaciones en que se encuentran están tomadas de sus experiencias personales o de las proyecciones imaginarias de lo que pudiera haber sido. Lo que Unamuno denomina sus "yo ex-futuros".
El padre de Unamuno fue a México de joven y regresó a España y a la tierra vasca con una pequeña fortuna y una pequeña biblioteca. Se casó con una sobrina suya y el matrimonio tuvo seis hijos. El padre murió cuando Unamuno tenía sólo seis años. Se crió en una casa matriarcal y austera, unida con algunos lazos al mundo exterior, especialmente a Hispanoamérica, por medio de la biblioteca de su padre. Recordemos que Augusto Pérez de Niebla pierde también a su padre de joven y es criado en un ambiente dominado por su madre. También Ángela y Lázaro Carballino pierden a su padre muy jóvenes y viven su niñez en un ambiente de matriarcado, y recordemos que la biblioteca de Ángela, la única en la aldea, era la que había llevado su padre, el forastero, al casarse y establecerse en Valverde de Lucerna.
El joven Unamuno
Unamuno se educó en escuelas laicas en Bilbao, y a los dieciséis años ingresó en la Universidad de Madrid, donde se licenció en Filosofía y Letras. En 1884, antes de cumplir los veinte años, se doctoró. Su tesis fue sobre los orígenes y prehistoria del pueblo vasco. Los años que siguen al doctorado son muy difíciles. Es una época de intensa preparación para oposiciones a cátedras de instituto. Son semanas de lectura y estudio, devorando libros y formando esquemas de materias tan distintas como psicología, metafísica, latín y, finalmente, griego. En estos años (1884-1891), subsiste de trabajos ocasionales, clases particulares y colaboraciones en los periódicos bilbaínos. Escribe sus primeros cuentos y empieza a publicar ensayos sobre los problemas sociales del día. Ésta es la época socialista de Unamuno. Se une con los jóvenes socialistas para publicar el semanario La lucha de las clases. Buscan una reforma política, social y económica para la España de María Cristina, con sus gobiernos alternados por acuerdos entre Cánovas y Sagasta. En 1889, Unamuno sale por primera vez de España en un breve viaje a Italia y a París.
En 1891, cambios notables llegan a la vida del joven Unamuno. Se casa el 31 de enero con Concha Lizárraga, su novia de años. En mayo gana la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca. El primero de octubre, el joven matrimonio se traslada a Salamanca, donde vivirán el resto de su vida y donde nacerán sus ocho hijos. Llegará Unamuno, el bilbaíno, a identificarse entrañablemente con Salamanca, ciudad que llegará a ser mucho más que su residencia. Unamuno penetra en el pueblo español, dentro de su cotidianeidad, principalmente por su experiencia de Salamanca.
La catástrofe nacional de 1898 da ocasión a que se oiga su voz al denunciar la indiferencia de los españoles ante las derrotas militares y la irresponsabilidad del gobierno. Pocos años antes, en Paz en la guerra (1888-1897), Pachico, el primer personaje desarrollado de Unamuno, declara al bajar del monte que se dedicará a despertar al pueblo español. El ensayo En torno al casticismo se publica en 1895, y con este libro tenemos el principio de una literatura autobiográfica, en el doble sentido de que se nutre de las experiencias de su autor y que está escrita de una manera tan singular que las diversas voces del autor entablan un diálogo recreador con el lector. Los artículos cortos y cuentos salen de su pluma como un río de pensamientos y de fuerza de personalidad. Escribe sobre el pan de cada día, pero también sobre filosofía y educación: De la enseñanza superior en España y Nicodemo el Fariseo son de 1899.
El reconocimiento académico y nacional no tarda en llegar. En 1901 es nombrado rector de la Universidad de Salamanca. Unamuno, lejos de servir en el puesto como administrador, transforma el puesto de rector en un símbolo nacional de jefatura intelectual. El nombramiento fue hecho durante la regencia, pero es destituido por el ministro Bergamín, de Alfonso XIII, en 1914. Los motivos para destituirlo fueron siempre los mismos: la independencia intelectual y política de Unamuno molestaba profundamente a las autoridades de Madrid. Otra vez, durante la Segunda República, se le nombra rector sólo para destituirlo a los pocos años, al darse cuenta de que no se podía contar con Unamuno como partidario y que en cualquier momento hablaba con vehemencia sobre los asuntos del día. Por tercera vez en su vida, bajo el mando de Franco, es nombrado rector sólo para ser destituido pocos meses antes de su muerte. Nadie ha podido explicar la recia independencia intelectual de Unamuno mejor que él mismo en Cómo se hace una novela:

 A todo esto, las gentes que aquí me preguntan si es que puedo volver a España, si hay alguna ley o disposición del poder público que me impida la vuelta, y me es difícil explicarles, sobre todo a extranjeros, por qué no puedo ni debo volver mientras haya Directorio, mientras el general Martínez Anido esté en el poder, porque no podría callarme ni dejar de acusarles, y si vuelvo a España y acuso y grito en las calles y plazas la verdad, mi verdad, entonces mi libertad y hasta mi vida estarían en peligro, y si las perdiera no harían nada los que se dicen mis amigos y amigos de la libertad y de la vida.

Se ha hecho mucho hincapié sobre las contradicciones y paradojas de Unamuno, tratando de crear una imagen de un hombre vanidoso, cambiable, sólo interesado en su perfil público. Unamuno pensó por medio de una dialéctica y escribió en una forma de diálogo continuo con el lector. Si en los textos de Unamuno encontramos una larga serie de contradicciones y de paradojas, no perdemos de vista su carácter, de completa integridad, en la que se mantiene hasta su muerte:

Vivir en la historia y vivir la historia, hacerme en la historia en mi España, y hacer mi historia, mi España, y con ella mi universo, y mi eternidad.

La contradicción es para Unamuno una parte esencial del debate con su lector y, por tanto, de su continuidad como dialogante del texto.
Nos hemos desviado un poco de la trayectoria que llevábamos de la vida de Unamuno para insistir en su actuación política, pero regresemos adonde quedamos. Como decíamos, en 1901 es nombrado rector de la Universidad de Salamanca. El éxito de Unamuno le convierte en voz intelectual de España y crece en importancia con todo lo que escribe; sin embargo, escondido dentro del escritor brillante, arrogante y confiado, hay un hombre de carne y hueso que sufre enormes dudas íntimas. Unamuno pasa por una crisis psicológica en estos años y nos deja testimonio de la enormidad de su sufrimiento en el Diario íntimo (1897-1902), publicado por primera vez en 1970.
Unamuno publica en 1902 Amor y pedagogía, y en 1907, su primer libro de poesías, muchas de las cuales venía escribiendo desde sus años de preparación para las oposiciones. Con nuevas fuerzas y renovado sentido de dedicación, introduce una antropología existencialista en España; primero, con la publicación de Mi religión y otros ensayos (1910), seguido de Del sentimiento trágico de la vida (1912) y Rosario de sonetos líricos (1911).
La actuación pública de Unamuno se acrecentó marcadamente después de 1914. Estaba en todo y, especialmente, contra todo lo que fuera embuste y mentira. Cuanto más crecían los esfuerzos por silenciarlo, más vehemente se expresaba Unamuno. Durante la guerra mundial, Unamuno destacó como persona no grata a los germanófilos, cuya cabeza era el rey mismo. Con este fondo de oposición entre Unamuno y el gobierno no es de sorprender que, al saberse los detalles del desastre militar de Annual, en que murieron miles de soldados españoles por errores comentidos en Palacio, Unamuno se lanzara en un ataque personal y sin tregua contra Alfonso XIII. Unamuno insistió en la responsabilidad total de Alfonso XIII por el desastre. La culminación de esta batalla vino en 1924 con su destierro a Fuerteventura, en las Islas Canarias. Durante estos años de actividad pública tan intensa, Unamuno publicaba más de un artículo al día en los diarios de España e Hispanoamérica. También encontró suficiente paz en la guerra para publicar Niebla (1914), Abel Sánchez (1917), La tía Tula (1921) y Teresa (1924).
En 1923 toma el poder el capitán general Primo de Rivera, y los procesos jurídicos contra Unamuno, por sus supuestas injurias al rey en sus artículos de El mercantil valenciano, se transforman en licencia para que el dictador tome medidas mayores contra "el sabio de Salamanca". El 20 de febrero de 1924, recordando a Fray Luis de León, Unamuno también se despide de sus estudiantes hasta el día próximo. La orden de destierro ha llegado. Permaneció en Fuerteventura del 10 de marzo hasta el 9 de julio, cuando fue rescatado por el director de Le Quotidien, periódico de París. Vive en París un año, del 24 de julio de 1924 al 25 de agosto de 1925. Este año es uno de desolación para Unamuno y de introspección feroz. Pero deja testimonio vital de este año en sus escritos: De Fuerteventura a París (1926), Romancero del destierro (1927), Cómo se hace una novela (1927) y La agonía del cristianismo (ensayo escrito en 1924, publicado en francés en 1927 y en castellano en 1931).  Unamuno explica en el prólogo a la edición española:

Este libro fue escrito en París hallándome yo emigrado, refugiado allí, a fines de 1924, en plena dictadura pretoriana y cesariana española y en singulares condiciones de mi ánimo, presa de una verdadera fiebre espiritual y de una pesadilla de aguardo, condiciones que he tratado de narrar en mi libro Cómo se hace una novela. Y fue escrita por encargo, como lo expongo en su introducción.

En 1926 encontramos a Unamuno en Hendaya, pueblo francés en la frontera con España. Unamuno se ha recobrado, y con sus cartas políticas, transmitidas a través de la pequeña revista Hojas libres, empezó de nuevo a oírse de él en España. Tanto molestó la proximidad de Unamuno a la dictadura, que oficialmente pidieron al gobierno francés que alejase a Unamuno de la frontera. Toda tentativa ante los franceses fracasó, y siguió en su sitio aquel hombre que con su pluma y su actitud podía crear un símbolo de independencia visto por toda España. Al ver las autoridades de Madrid que no podían hacer nada por caminos diplomáticos probaron otro. Cuando Unamuno llegó a Francia recibió el indulto, pero entonces el gobierno de Madrid afirmó que no quedaba ninguna condena contra él y que era completamente libre de regresar a España cuando él quisiera. Pero no contaban con la firmeza de Unamuno, que declaró que no pondría pie en tierra española hasta que ésta estuviera libre de la dictadura. De estos cuatro años en Hendaya tenemos el extraordinario diario poético de Unamuno Cancionero (1928-36), que quedó inédito hasta 1953, cuando lo publicó Manuel García Blanco. También de esta época extraordinaria es la obra dramática El hermano Juan (1929). Aunque Unamuno llevaba un cuarto de siglo escribiendo obras para el teatro, éste es uno de sus dramas más logrados y las razones son varias. Por primera vez tiene un vehículo suficiente para las ideas estéticas que buscar crear en su público. Unamuno, en su agonía del destierro, regresa al tema elaborado en cuentos y novelas anteriores -el tema del yo público que domino y destierra al yo íntimo. En esta obra, intensamente dramática, tenemos al personaje teatral condenado a ser careta todos sus días y nunca encontrar su ser. No es demasiado especulativo pensar por qué le interesó de nuevo este tema a Unamuno.
Regresa Unamuno, en 1929, a España como símbolo nacional de resistencia a la dictadura, pero algunos vuelven a cometer el error de creer que Unamuno se guiaba por ideologías en vez de por principios. Después de 1931, cuando se proclama la Segunda República española y Unamuno vuelve a alzar su voz para protestar por la violación de los derechos del ciudadano, se le acusa de haberse vuelto contra los suyos. Mal conocían a Don Miguel de Unamuno, cuya única ideología era despertar en todos los españoles una nacionalidad vigente. Unamuno, de vuelta en España, escribe sus últimas narraciones: La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, Un pobre hombre rico o el sentimiento cómico de la vida, y su obra maestra, San Manuel Bueno, mártir. En 1933 se publican las tres juntas, con un cuento escrito en 1911, Una historia de amor. Con este último libro se cierra una obra de dimensiones que no tienen límites de historia o de personalidad, porque enriquece la vida de todos y de todos los tiempos.
El año 1934 es trágico para Unamuno: muere su mujer, su costumbre, como la llamaba. Doña Concepción Lizárraga fue la estabilidad y la fuerzo emocional del batallador. Escribe Unamuno en su cancionero estos versos:

"Después de la muerte de mi Concha"

Me llega desde el olvido
tierna canción de ultra-cuna,
que callandito al oído
me briza eterna fortuna.
Es el perdido recuerdo
de mi otra vida perdida;
me dice, por si me pierdo,
vuelve a tu primer partida.

Los honores caen sobre Unamuno. Se le nombra doctor honoris causa en Grenoble y luego en Oxford; la República le nombra primer ciudadano de la nación. Pero a Unamuno no le interesan los títulos, le sige "doliendo España", como solía decir, y comprende que España va hacia un desastre. Cuando comienza la guerra civil, en el verano de 1936, Unamuno se declara en latín partidario del levantamiento y contra la barbarie a que había llegado el entusiasmo de la libertad. Pero al tomar poder de Salamanca las fuerzas del levantamiento, se oyó el "Mueran los intelectuales" del general Millán Astray. Unamuno contesta directamente al general, con su vehemencia acostumbrada:

Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis.  

Los amigos y admiradores de ayer le insultan y hasta hay quien pide a Franco que se fusile a Unamuno. Al día siguiente del incidente, el 13 de octubre de 1936, es puesto bajo arresto en su propio domicilio. Unamuno no intenta salir, tal y como no regresó a España hasta el fin de la dictadura de Primo de Rivera. Es la única forma de protesta que le queda.

Salida de Unamuno del Paraninfo de la Universidad de Salamanca, tras los incidentes con Millán Astray

Muere Unamuno a las cuatro de la tarde del día 31 de diciembre de 1936. Antonio Machado bien dijo lo que significaba esta muerte:

De quienes ignoran que el haberse apagado la voz de Unamuno es algo con proporciones de catástrofe nacional, habría que decir: Perdónales, Señor, porque no saben lo que han perdido.

Miguel de Unamuno murió en batalla, como vivió la mayor parte de su vida. Si entonces la admiración superficial supo convertirse en desprecio, el lector de Unamuno no está a la merced de superficialidades, pues tiene la obligación de profundizar que le imponen los textos de Unamuno. Unamuno, en su vida histórica, como en sus textos, se mantiene íntegro, insobornable e independiente.

domingo, 15 de marzo de 2015

Obra destacada de Unamuno: San Manuel Bueno, mártir

San Manuel Bueno, mártir es una novela corta, considerada por algunos críticos como la obra más característica y más perfecta de la narrativa de Miguel de Unamuno. En su prólogo, dijo el autor:

Tengo la conciencia de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida cotidiana.

Por su fecha (1930), recoge las reflexiones del Unamuno viejo ante los problemas que no habían dejado de atenazarle.
San Manuel Bueno, mártir se inspira muy de cerca en Il Santo (1905), novela del italiano A. Fogazzaro. Ambas desarrollan el mismo problema; los paralelismos entre personajes, ambientes, episodios, etc., son notables. La obra italiana fue para Unamuno, sin duda, una incitación irreprimible a tratar un tema muy suyo, aunque las dos obras son, estéticamente consideradas, muy diferentes.
He aquí el argumento. Ángela Carballino cuenta la historia del párroco de su aldea, Don Manuel Bueno. Es "un santo de carne y hueso", abnegado y consolador de todas las amarguras. Y, sin embargo, parece embargado por "una infinita tristeza que con heroica santidad recataba a los ojos y los oídos de los demás". Un día vuelve al pueblo Lázaro, hermano de Ángela, hombre de ideas progresistas y anticlericales. Y es a él precisamente a quien el sacerdote confiará su terrible secreto: no tiene fe, no puede creer en Dios ni en la resurrección de la carne, pese a sus vivísimos anhelos. Si sigue ejerciendo su ministerio, es por mantener en sus fieles la paz que da la creencia en la otra vida, esa paz que él no tiene. Tal actitud acaba por arrastrar al mismo Lázaro, quien finge convertirse y colabora en la labor de Don Manuel. Y así pasará el tiempo hasta que el sacerdote muere sin recobrar la fe, pero considerado un santo por todos, y sin que nadie -aparte Lázaro y Ángela- haya advertido su íntima tortura. También sin fe, muere más tarde Lázaro. Y Ángela se interrogará acerca de la salvación de aquellos seres queridos.
Como podrá verse, la novela gira en torno a las grandes obsesiones de Unamuno: la eternidad y la fe. Pero se plantean ahora con un enfoque nuevo para él: la alternativa entre una verdad trágica y una felicidad ilusoria. Unamuno opta ahora por la segunda (todo lo contrario de lo que harán existencialistas como Sartre o Camus). Así, cuando Lázaro dice: "La verdad ante todo", Don Manuel contesta: "Con mi verdad no vivirían". Y sólo las religiones -dice- "consuelan de haber tenido que nacer para morir".
Incluso disuade a Lázaro de trabajar por una mejora social del pueblo, arguyéndole:

¿Y no crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio a la vida? Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio... Opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe.


Como puede verse, el autor de San Manuel Bueno, mártir está polarmente alejado no sólo de los ideales sociales de su juventud, sino también de aquel Unamuno que quería "despertar conciencias", diciendo que "la paz es mentira", que "la verdad es antes que la paz".
Pero, por otra parte, San Manuel Bueno, mártir es también, en último término, la novela de la abnegación y el amor. Paradoja muy unamuniana: es precisamente un hombre sin fe y sin esperanza quien se convierte en ejemplo de caridad.
Queda, en fin, el problema de la salvación. Su enfoque es complejo, por la ambigüedad que introduce el desdoblamiento entre autor (Unamuno) y narrador (Ángela). Según Ángela, Don Manuel y Lázaro "se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa; pero, sin creer creerlo, creyéndolo". ¿Compartiría Unamuno esta reflexión de su personaje-narrador? El interrogante queda abierto al final de la lectura.
Aparte del contenido, el relato es de una absoluta maestría. La figura del protagonista va adquiriendo progresivamente su fuerza inolvidable, a través de unas anécdotas sutilmente engarzadas. Y con certera habilidad, Unamuno va sugiriendo su problema íntimo, hasta que éste se descubre de súbito, para irse precisando después en diálogos, en referencias simbólicas al paisaje, etc. Éstas y otras cualidades justifican el alto lugar que San Manuel Bueno, mártir ocupa dentro de la obra unamuniana.      

lunes, 2 de marzo de 2015

El sentimiento trágico de la vida en Unamuno

Miguel de Unamuno nació en Bilbao (1864). Estudió Filosofía y Letras en Madrid. Tras varios fracasos, ganó la cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca, de la que sería nombrado rector en 1901. En ella permaneció toda su vida, salvo de 1924 a 1930, en que estuvo desterrado (Fuerteventura y Francia) por su oposición a la dictadura de Primo de Rivera. Fue diputado durante la República. Al triunfar el alzamiento en Salamanca, fue confinado en su casa, donde murió repentinamente el último día de 1936.


Unamuno se definió a sí mismo como "un hombre de contradicción y de pelea [...]; uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida". Vivió, en efecto, en una perpetua lucha, sin encontrar nunca la paz: "la paz es mentira", solía decir.
Una crisis juvenil le había hecho perder la fe. Siguen los años en que orientó sus anhelos hacia la revolución social. Pero una nueva crisis, en 1897, lo aparta de tal línea y, cada vez más, había de volver los ojos hacia los problemas espirituales. De la fecha citada son estas significativas palabras:

Del problema social resuelto (¿se resolverá alguna vez?), surgirá el religioso: la vida ¿merece la pena ser vivida?

Desde entonces, he aquí las cuestiones que se entretejen en su obra: la condición humana, la inmortalidad, la existencia de Dios, el Cristianismo como fórmula de salvación...
Advirtamos previamente que Unamuno no es un pensador sistemático: sus reflexiones se esparcen en ensayos, poemas, novelas o dramas. Es lo propio de una filosofía vitalista, en la línea de Kierkegaard, de un "pensamiento vivo", frente a los que él llamó la "ideocracia" racionalista.
El libro Del sentimiento trágico de la vida (1913) contiene algunas de las formulaciones más intensas de tal pensamiento. Arranca de la realidad del "hombre de carne y hueso" y de sus anhelos. Ante todo, los anhelos contradictorios de serse y de serlo todo. A estas ansias voraces de plenitud su opone la amenaza de la nada: el posible "anonadamiento" tras la muerte. Y surge entonces la angustia, como un despertar a la condición trágica del hombre.
La inmortalidad es la gran cuestión de que depende el sentido de nuestra existencia: "si el alma no es inmortal [...], nada vale nada, ni hay esfuerzo que merezca la pena". Tal es su "idea fija, monomaníaca", como dirá en el prólogo a Niebla (1914).
De ahí su "hambre de Dios", necesidad de un Dios "garantizador de nuestra inmortalidad personal". Pero la razón, por un lado, le niega la esperanza, aunque su corazón, por otro, se la imponga desesperadamente. Tales son los anhelos y los conflictos que le arrancan gritos tan angustiados como éstos:

¡Ser, ser siempre, ser sin término, sed de ser...! [...] ¡Ser siempre! ¡Ser Dios!

Años más tarde, Unamuno escribe La agonía del Cristianismo (1925). La palabra "agonía" está tomada en su sentido etimológico de "lucha":

Mi agonía, mi lucha por el Cristianismo, la agonía del Cristianismo en mí, su muerte y su resurrección en cada momento de mi vida íntima.

Tras estas palabras está su personal y heterodoxo Cristianismo: su apasionado amor por Cristo y su "querer creer".
Los mismos temas nutren buena parte de su extensa obra poética, que constituye una biografía de su espíritu, con sus anhelos y sus tormentas. Así es desde las Poesías de 1907 hasta el Cancionero póstumo, pasando por El Cristo de Velázquez (1920), en donde vuelca su pasión por Jesús. Su vigoroso temperamento explica el ritmo áspero de su lírica y su índole irreductible a cualquier moda del momento, por lo que no sería apreciada hasta años más tarde.
También le atrajo el teatro como género que le permitía la presentación directa de los conflictos íntimos. Es lo que intentó, con limitado acierto, en obras como Fedra, Sombras de otoño, El otro, etc.
Más interés ofrece su novela, género que Unamuno consideró idóneo para la expresión de los problemas existenciales. Por eso, tras una primera novela histórica o intrahistórica sobre la última guerra carlista (Paz en la guerra, 1897), se orienta hacia la presentación de conflictos íntimos (Amor y pedagogía, 1902). Desde entonces, y dejando ahora aparte las novedades formales que presentan sus "nivolas", los protagonistas unamunianos serán exactamente "agonistas", esto es, hombres anhelosos de "serse", que se debaten contra la muerte y la disolución de su personalidad. Así, en Niebla (1914), Agustín, el "ente de ficción", se enfrenta con el propio autor para gritarle: "¡Quiero vivir, quiero ser yo!", actitud paralela a los gritos que Unamuno lanzaba hacia su Creador.
Citemos otras novelas suyas, como Abel Sánchez (1917), Tres novelas ejemplares y un prólogo (1920), La tía Tula (1921), etc. Párrafo aparte merece, por su especial interés, San Manuel Bueno, mártir (1930).

miércoles, 25 de febrero de 2015

El jilguero

El jilguero, de Donna Tartt, fue el regalo de mi pasado cumpleaños. Con él he ocupado mis lecturas de la noche desde finales de agosto hasta ahora, y tanto tiempo lo que muestra es el poco entusiasmo que me ha despertado. No resulta una historia atractiva en su desarrollo, sino más bien monótona, e incluso confusa. Sí es verdad que los personajes son atractivos y la novela está elaborada con un lenguaje poderoso, pero esto no es suficiente para darle agilidad o ritmo en la lectura.

lunes, 9 de febrero de 2015

La lectura y sus funciones

La lengua escrita supone un mecanismo de gran importancia en la formación y adaptación social de los seres humanos. En la actualidad, el número de analfabetos en el mundo es un indicador fiel de las desigualdades económicas y sociales entre los distintos países. Los estados desarrollados, conscientes de la importancia de la formación social, han puesto en práctica desde el siglo pasado sistemas de enseñanza gratuita para garantizar la escolarización de todos los ciudadanos. Esto ha permitido que, a finales del siglo XX y en países como España, las tasas de analfabetismo sean insignificantes.
Sin embargo, estas medidas benefactoras no garantizan la evolución cultural igualitaria de una sociedad. Las desigualdades económicas se mantienen, y las clases desfavorecidas se ven obligadas a desenvolverse en un medio poco propicio para el desarrollo intelectual. Paralelamente a los planes de instrucción pública, ha aparecido la figura del analfabeto funcional, individuo que ha sido escolarizado en su infancia y que ha asimilado, entre otros, los rudimentos de la lengua escrita; pero que, por desuso, ha perdido la capacidad de leer y escribir.
Leer y escribir son destrezas que hay que ejercitar y, en cierto sentido, se puede decir que su aprendizaje nunca concluye. De ahí que insistamos sobre la importancia de adquirir hábitos de lectura y de escritura durante las etapas de formación escolar.

1. Ventajas de la lectura
Leer es un acto de la recepción del mensaje escrito; la lectura, por tanto, implica el dominio de un código que permite al lector descifrar la escritura. Esta facultad capacita al individuo para acceder al vastísimo mundo de los textos escritos que representan en su mente un sinnúmero de experiencias, emociones, informaciones, opiniones, etc., cuyo conocimiento lo enriquecen como ser humano.
Pero, ¿en qué sentido la lectura enriquece al lector? Con la lectura se pueden adquirir directamente conocimientos, destrezas, técnicas; de forma simultánea, e indirectamente, la lectura amplía nuestro vocabulario, por lo que se incrementa nuestra capacidad de referencia a la realidad. Además, nos proporciona diferentes puntos de vista, nos acerca a suficientes aspectos del mundo y de su complejidad como para hacernos más tolerantes y, aunque sólo sea por tomar consciencia de nuestra ignorancia, más sabios.
Simultáneamente, la lectura -si bien en las fases de iniciación requiere esfuerzo- con el tiempo se convierte en un placer. Puede llegar a ser una actividad lúdica, que proporciona la enorme ventaja de enseñar deleitando.
La amplísima variedad de textos escritos ofrece a los lectores muchos tipos de lectura: científica o técnica, informativa, literaria... Dependiendo de las necesidades o de las preferencias personales, podrá llevarse a cabo la elección de un tipo determinado de lectura.

2. La lectura literaria
Cuando leemos un poema, una novela o una obra de teatro, mediante la palabra nos es sugerido un mundo de objetos, de sucesos, de personajes, de emociones, de sensaciones que estimulan nuestra imaginación y nos hacen rescatar del recuerdo experiencias de vida útiles para decorar el mundo que se nos representa. La obra literaria, en realidad, es un esquema que los lectores rellenan al interpretarlo, aunque siempre sometiendo la imaginación a la disciplina del texto.
A veces, el lector busca en el texto literario aspectos parciales; sin embargo, en otras ocasiones, el lector asimila parcialmente la obra a causa de una deficiente preparación. La lectura exige un cuidadoso entrenamiento, una fase de iniciación. Dado que no todos los textos presentan el mismo grado de dificultad, resulta conveniente empezar con lecturas sencillas y paulatinamente ir elevando el nivel de exigencia. Poco a poco, la meta del lector consiste en llegar a ser razonablemente exigente y conseguir captar los aspectos significativos de cualquier obra literaria, para así gozar de las emociones que con ella se experimentan. Las obras literarias que se han escrito en otras épocas y en tradiciones literarias antiguas suelen ofrecer enormes dificultades de interpretación. Se hace preciso en estas obras que se esclarezcan las circunstancias personales, generacionales, sociales y culturales en las que se ha producido el texto. Se requiere en estos casos una lectura especializada que descifre las claves de interpretación de la obra literaria.

3. La lectura especializada
Los críticos de la literatura se dedican al estudio del fenómeno literario desde todos los puntos de vista posibles (histórico, social, lingüístico...). Bajo esta perspectiva, la lectura de la obra literaria requiere un trabajo de investigación profundo, que pasa principalmente por la fijación y la interpretación del texto literario. Sin este trabajo previo sería imposible, en numerosos casos, acceder a obras (las medievales, por ejemplo) escritas en circunstancias culturales muy alejadas de nuestra mentalidad. Sólo poseyendo las claves de interpretación del público medieval castellano se pueden entender plenamente obras como El Libro del Buen Amor o La Celestina.
Por otra parte, toda obra se produce dentro de una tradición literaria y se relaciona con textos escritos anteriormente. El autor, en ocasiones, imita, parodia, plagia, interpreta otros textos; o simplemente se inspira en ellos cuando escribe su obra. Se trata de una suerte de diálogo intertextual, cuya interpretación sería imposible sin la ayuda de la crítica especializada.
Por último, la crítica participa de forma destacada en la valoración artística de la obra literaria. El especialista interpreta el gusto de los lectores, la sensibilidad literaria y estética de su tiempo y, apoyándose en su experiencia lectora, clasifica los textos, selecciona los más notables para, finalmente, destacar los rasgos relevantes y definidores que justifican su valor artístico.

lunes, 2 de febrero de 2015

Los problemas religiosos y existenciales en la literatura española de principios de siglo

España no escapó a las corrientes irracionalistas ni las angustias vitales que tajo consigo la crisis de fin de siglo, de la que fueron fruto el Modernismo y el 98.
En el Modernismo había un malestar vital, una desazón romántica y una angustia que encuentra expresión hondísima, por ejemplo, en el Rubén Darío de Cantos de vida y esperanza (1905); muy existenciales son versos como éstos, de Lo fatal:

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido, y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto...
[...] ¡Y no saber adónde vamos
ni de dónde venimos...!

Igualmente, la poesía inicial de Antonio Machado (Soledades, 1903) gira en torno a temas como el destino del hombre, el tiempo, la muerte, y expresa la vieja angustia de quien camina perdido, "siempre buscando a Dios entre la niebla".
Pero, a la vez que en Machado, es en los escritores del 98 en quienes alcanzan un copioso e intenso desarrollo los problemas existenciales. El lugar que éstos ocupan en la madurez de los noventayochistas ha hecho que se vea en ellos un precedente del existencialismo europeo. Shaw llega a afirmar que fueron los primeros en plantearse las cuestiones existenciales en términos que después serían desarrollados por la literatura y el pensamiento europeos.
Como primeras muestras de ello, véanse las tres novelas que se publican en 1902, cuando ya los hombres del 98 van dejando atrás sus ideales juveniles. Son Caminos de perfección de Baroja, La voluntad de Azorín y Amor y pedagogía de Unamuno. Rasgo común a los tres es una introspección angustiada. Fernando Ossorio, el personaje barojiano, busca en vano algo que dé sentido a la vida. A Antonio Azorín, el protagonista de La voluntad, le domina "la inexorable marcha de todo nuestro ser y de las cosas que nos rodean hacia el océano misterioso de la Nada". En la desesperación y en la nada desemboca también el Apolodoro de Amor y pedagogía. En todos ellos, pues, se ve el mismo hastío de vivir, el mismo dolor y ese estado de ánimo al que nuestros autores dan ya el nombre de "angustia vital" o "angustia metafísica".
Estrechamente ligadas a este talante se hallan sus actitudes ante lo religioso. Los noventayochistas habían caído de jóvenes en un total agnosticismo y en un anticlericalismo virulento. Laín Entralgo explicó su alejamiento de la religión recordando el catolicismo insustancial de la España del momento y la alianza del clero con los sectores políticamente más conservadores. Con el tiempo, algunos de ellos modificarían más o menos sus actitudes.
Azorín, a partir de 1902, pasa primero a un sereno escepticismo, a la manera de su admirado Montaigne; más tarde, a un vago deísmo. La duda no parece ausente de su obra más granada; más aún, buena parte de ella tiene en su centro la incertidumbre sobre el sentido de la existencia. Pero la angustia deja paso a una suave melancolía con la que contempla el fluir del tiempo e intenta apresarlo literalmente en el paisaje, en las viejas ciudades... Eso será lo que le defina hasta que, en su vejez confiese un "catolicismo firme, limpio, tranquilo".


Ramiro de Maeztu 1874 - 1936
Más temprano y más radical fue el cambio de actitud religiosa en Maeztu, quien hacia 1920 ha pasado ya a posiciones católicas tradicionales, coherentes con sus nuevas ideas políticas.
Baroja, en cambio, había de seguir manteniendo durante toda su vida un radical escepticismo y una incurable "dogmatofagia", como él diría.
Y es preciso destacar a Unamuno, en quien los conflictos existenciales y religiosos se presentan con la máxima agudeza y dramatismo.